La dura historia de la familia Rocaforte jueves, 3 de julio de 2008

Este relato es la expresión suprema del gafapastismo más asqueroso. No por el relato en sí, que de pretencioso tiene poco, sino porque lo escribí casi entero tumbado en el césped del Retiro, con mi MacBook encima de las piernas y mirando como un par de guiris rubias se tostaban muslos y escotes.

¿La historia en sí? Un intento de hacer algo anticómico, con protagonistas que no fueran unos listillos, y mezclar unas vagas referencias de mi historia familiar con un poco de fantasía contemporánea. Por variar un poco, en vez de fantasía urbana tiré por la fantasía rural. Con dos huevos.




La dura historia de la familia Rocaforte

Mi bisabuelo era un trasgo de las rocas. De hecho, si nos creemos la historia tal y como me la contaron de pequeña igual todavía sigue siéndolo, en a saber qué oscuro reino subterráneo. Así lo dice una tradición familiar que, por supuesto, no le contamos jamás a los extraños. Cuando cumplí siete años, después de la tarta, los juegos y los regalos, la abuela Juana me llamó con ella y, echándose su sempiterno chal negro sobre los hombros, me pidió que la acompañara a dar una vuelta por la huerta. Estábamos en el cortijo del campo, sobre una colina desde la cual se veían todas nuestras tierras de labranza, la huerta, la viña, los invernaderos que estaba colocando el tío Paco para cultivar flores, los bancales en los cuales se alineaban los árboles frutales, guardando formación, situados a intervalos regulares. Me encantaba pasar los fines de semana en el campo, donde nos juntábamos todos los primos a jugar y yo podía correr y pegarme con ellos pese a ser la única chica, donde nos hinchábamos a comer chuletas a la barbacoa y ocasionalmente echábamos una mano recogiendo aceitunas, almendras o lo que estuviera de temporada. Desde que el coche de papá salía de la carretera principal para recorrer traqueteando la media hora que se tardaba en llegar, pasando por carriles polvorientos y a ratos hasta por el lecho seco del río, yo apenas podía parar quieta en el asiento de atrás; enseguida bajaba la ventanilla y me encaramaba a oler infinidad de plantas de las que no sabía el nombre. Durante aquel paseo con la abuela, la fragancia que predominaba era la de los jazmines y las damas de noche, y la luna llena le daba a todo un tono casi de cuento.

–Un buen momento para contar historias, ¿verdad, pequeña? –dijo la abuelita lentamente con voz queda– Escucha con atención porque esto no sólo es una fábula, sino que es verdad. La verdad que llevas en tus venas. Y hay que tener claro de donde venimos para saber cuál es nuestro lugar en el mundo.

Petra, la madre de tu abuelo, era una mujer muy guapa pero no tuvo una vida fácil. Su familia era razonablemente acomodada, no rica pero con bastante terreno, incluyendo éste en el que estamos, y eran trabajadores, así que salían adelante sin pasar penurias. Pero en este valle de lágrimas, como decían las monjas, las cosas buenas no duran eternamente y, cuando ella apenas tenía dieciséis años, sus padres y sus hermanos fallecieron en una epidemia de tifus. Antes estas cosas eran así, no siempre había medicinas y no siempre llegaban a tiempo. Así que se encontró sola en el mundo, sin saber qué hacer. Había tenido la suerte de sobrevivir al desastre pero si no conseguía salvar las cosechas del año no podría pasar el invierno. No eran tiempos como los de ahora, que las mujeres se separan cuando sus maridos las tratan mal y trabajan para sacar su casa adelante, ni como los aún mejores que sin duda vendrán en tu época, cariño. Por aquel entonces nadie respetaba a una mujer sola, pocos querían trabajar para ella y menos aún obedecían lo que ésta mandara. En cualquier momento podría aparecer unos bandidos por el camino de los montes y hacer con tu bisabuela lo que quisieran. Sólo le quedaba una solución: casarse.

¿Ves la viña que tenemos detrás de la loma? Cuando te digo no era nuestra sino de la gente de los Patachula, que los llamaron así desde que el viejo se cayó de la mula, se rompió una pierna y ya no se le quedó bien. Pero a nadie le daba pena si desde entonces apenas podía moverse con muletas, porque todo lo que tenía de inválido lo tenía de cabrón y de malnacido, y vio en esa niña sola la oportunidad de juntar sus lindes con las de ella y apropiarse de todas estas tierras, que eran más grandes y más fértiles que las suyas. Así que empezó a decir en el bar que Petra se iba a casar con su chico, el Basilio, para disuadir a cualquier otro pretendiente que le pudiera surgir y se presentó una noche en este cortijo, arrastrando detrás de sí un par de bueyes y al Basilio, igual de sometido que las bestias. No sé cómo se lo plantearon pero tu bisabuela sabía que iba a tener necesidad por delante, así que se dejó convencer y cuatro meses después se casó en la ermita de Santa Bárbara.

No te digo que ella no quisiera a su marido, a su manera. Basilio era un muchacho guapo, quizá algo afectado, pero alto, de pelo negro y de facciones lindas. Desgraciadamente, en una casa donde nadie sabía escribir más allá de su firma ni hacer cuentas más que para evitar que les dieran gato por liebre al comprar y vender en el mercado, él era un ilustrado. Le enseñó a leer un maestro que apareció un día en el camino, huyendo de a saber qué obligación o delito, y le llenó la cabeza de novelas y cuentos chinos. Fue un niño que ahorraba las pocas perras que le sacaba a su padre para comprar folletines usados al buhonero y pasarse las horas releyéndolos en el pajar, así que creció débil y fantasioso, pálido y ojeroso, melancólico y retraído. No estaba hecho para trabajar con las manos y menos para mediar entre las presiones de su padre y los intereses de su esposa así que se fue hundiendo más y más en un humor malsano, siempre triste y callado, que en pocos inviernos lo llevó a la tumba. Tu bisuabuela tenía veintiún años pero Basilio no le había dado todavía ningún hijo.

Los que la conocieron en aquella época dicen que se pasaba las horas llorando, vagando desolada loma arriba y loma abajo, la cara escondida en el delantal, rehuyendo la compañía de todo aquel con el que cruzara el paso. Ya había intentado antes valerse por sí misma y sabía que era una tarea prácticamente imposible. Peor aún, ahora era una viuda y las malas lenguas de las comadres decían que era ella la que le había chupado el alma a su difunto marido, que en gloria estuviera, puesto que con ella mantenía su belleza pero que sus entrañas estaban muertas y secas, y que sus malas artes, a saber cuáles, eran las que habían llevado a Basilio al camposanto. A pesar de su buena planta y de su buena dote, dada su edad y con semejante sambenito a cuestas, ¿qué mozo del pueblo iba a poner sus ojos en ella? Además estaba el asunto de su suegro, que ardía de rabia al pensar que una parte de sus tierras ahora estaba en manos de tu bisabuela, y andaba decidido a recuperarlas, casándola de nuevo con otro de sus hijos. Pero ella se resistía, harta de tener que aguantar los tejemanejes del viejo, que mandaba en los capataces como si fuera él el que les pagaba los jornales y llenaba alforjas y alforjas de todas las cosechas para venderlas por su cuenta y no dar luego ni un real. Romperse el lomo para engordar a otros no es manera de vivir, solía decir ella, y no dejó que esta vez el Patachula la llevara por donde él quería.

Eso no detuvo al viejo, que se sentía con derechos sobre toda esta propiedad, y una noche en que se reunieron toda la reata en la casa de abajo para cenar después de haber estado desde el salir del sol de matanza, le dio al aguardiente más de lo debido. Con la nariz llena de venas aún más colorada que de costumbre y la lengua pastosa por el licor, llegó a la conclusión con el resto de sus hijos de que si Petra muriese sin haber tenido niños, dado que no le quedaba nadie más, la herencia pasaría por ley a la familia de su marido, y que entonces recuperarían lo que era suyo, con los intereses pertinentes además. No escucharon a las mujeres, que se escandalizaron por su avaricia, y azuzados por el viejo, que con su pierna no podía dedicarse a dar grandes caminatas, todos los demás machos reunidos cogieron un par de faroles, despertaron a los perros perdigueros y con sus escopetas de caza se vinieron a este mismo cortijo, dispuestos a zanjar de una vez por todas sus problemas con tu bisabuela.

Ella tuvo la suerte de que la ventana de la cocina, donde estaba antes de acostarse preparando la ración del día siguiente para los obreros, daba justo por ahí, por donde está ahora el cuartillo de los aperos. Desde el pollete de fregar se distinguía el sendero de la loma y vio la luz de las linternas, y escuchó a los perros ladrando y a los Patachula voceando dándose ánimos de borracho. En ese mismo instante comprendió que corría peligro y soltó lo que tenía entre manos para salir corriendo de la casa, por el camino del huerto. Corría en silencio, sujetándose las faldas con las manos y tratando de no hacer el mínimo escándalo pero los chuchos la olieron en la brisa y oyeron el traqueteo de sus alpargatas, así que los hombres los soltaron para que fueran a cazarla. Ella debió de asustarse tremendamente, porque no cabía duda de que si la cogían no iba a tener una buena muerte, así que intentó apretar el paso pero no es nada fácil andar por aquí en la oscuridad, menos aún con los perros pisándote los talones. Así que tropezó allí, justo por aquel repecho, y cuando los animales se la echaron encima dispuestos a dejarla en el sitio se revolvió como pudo, con tan mala fortuna que salió rodando cuesta abajo hasta que terminó allí en lo hondo, en las peñas que hay junto al arroyo.

–¡No! –exclamé tapándome la boca con las manos, horrorizada, la primera palabra que decía en todo ese rato.
–Sí, niña, me temo que sí, y por poco no fue ése el final de Petra, malherida como quedó. Pero ahora es cuando viene la parte que quiero que recuerdes con atención, puesto que no te la volveré a contar y alguna vez se la deberás relatar tú a tus niños, cuando te llegue el momento.

Tu bisabuela estaba tirada en las rocas, escuchando como los Patachulas bajaban torpemente la pendiente, mareados como estaban. Apenas se veía nada bajo la poca luz que daban los faroles que traían y estaba a punto de cerrar los ojos y descansar para siempre cuando vio un nuevo resplandor en la penumbra. Saliendo de detrás de una gran peña brillaba débilmente una figura recia, como de más de dos metros y unas espaldas lo menos de la mitad de eso. Tenía un brillo mortecino, como el de esos hongos que crecen en el interior de los troncos secos o a veces debajo de las rocas. Se acercó lentamente a contemplarla y Petra pudo ver que debajo de una mata de pelo rijoso del color de la arena y casi oculto tras unas barbas igual de descuidadas había un rostro oscuro de piel recia y lleno de arrugas, pero no el de un viejo, sino el de alguien que ha trabajado incansablemente noche y día, dejando que el viento y la lluvia hicieran surcos en su cara. Sus profundos ojos, negros como el granito, la observaban severos pero no amenazantes y cuando ella creía que el extraño iba a volverse y dejarla a su suerte, articuló lentamente unas palabras que sonaron bastas y rasposas, como por la falta de costumbre, pero firmes.

–¿Y qué le dijo, abuela?
–Pues no lo sé exactamente, bonita, pero algo me contó y el resto nos lo podemos imaginar, ¿verdad?

La abuela se irguió alzando la cabeza con dificultad y enderezando la espalda, imitando lo mejor que pudo la postura de un hombre con fuerza suficiente como para arar un sembrado con sus propios dedos.

–”Tú eres la viuda de la casa de la colina, te he visto muchas veces”, le diría probablemente. Tu bisabuela asentiría, puesto ¿qué otra cosa podría decir? “Si te dejo aquí morirás sin duda, a manos de los que te persiguen, pero yo te ofrezco otra posibilidad”.

Entonces ella trató de apoyarse en él para alzarse y se dio cuenta de que lo que había tomado por un recio gabán no era sino el puro pellejo del extraño, duro, peludo y áspero al tacto, y que éste se hayaba desnudo en plena noche.

“Cultivas la tierra con respeto, no destruyendo nada que no te sea necesario, no allanando las cuestas, no volando las piedras del camino, no construyendo más allá del techo que te hace falta para el invierno y las cuadras para las bestias y los aperos. Eso me gusta. Yo llevo cientos de años gobernando solo y, aunque no he nacido de mujer, siento el deseo de yacer junto a una y fundar mi propia estirpe. Cásate conmigo, dame hijos y yo cuidaré de ti y de tu tierra para siempre.”

Igual te suena extraño a ti que todavía no has empezado ni a ensanchar las caderas, pequeña, pero en ese momento de desesperación una de las cosas en que se fijó tu bisabuela fue en la virilidad del desconocido que tenía junto a ella, un órgano que aún colgante entre las piernas superaba ampliamente en tamaño al que ella había conocido en su matrimonio y se parecía más a la de los burros que a veces había visto montarse en las cuadras… Ni se te ocurra fingir que no sabes de lo que te estoy hablando –la abuela rió entre dientes mientras yo pensaba sonrojándome en quién se lo podría haber contado–. Ten en cuenta que ella era una mujer guapa en la edad de estar disfrutando de la vida, y que este tipo de disfrute es justo lo contrario de la muerte, su otra opción. No debía de haber disfrutado mucho de su marido, al que yo supongo que hoy en día igual se le podría llamar marica, y quizá por eso se le pasó dicha idea por la cabeza cuando tenía que decidir si unía su futuro una vez más a un forastero. Sea como sea, ella dijo que sí y él se agachó a su lado besándola toscamente en la cabeza y, tras decirle que pronto volvería a por ella, empezó a subir rápidamente la cuesta con potentes zancadas.

Lo que pasó a continuación ella no lo vió, pero pudo oír los gañidos de los perros y los lamentos de los mozos de Patachula, ahogados por estruendos como de bloques de piedra despeñándose desde lo alto, que hacían temblar la tierra a su alrededor. Y pronto, silencio. De los siete hombres que fueron a buscarla sólo regresó uno con su padre, y pocas semanas después los Patachulas vendieron toda su hacienda a otra familia del pueblo y se marcharon, nadie sabe adonde.

El hombre misterioso cumplió su promesa y volvió a por Petra en pocos minutos. Alzándola en brazos como si no pesara más que una gavilla de trigo la llevó a casa, donde cuidó de ella hasta que recuperó la salud. Pronto se casaron, no en ninguna iglesia, sino que hicieron que el cura oficiara la ceremonia en un claro del bosque, y cuando él empezó a acudir de vez en cuando al pueblo a hacer negocios no andaba desnudo, por supuesto, aunque nunca dio la impresión de ser una persona normal y se hacía llamar Paco Rocaforte, para la confusión de las viejas, que no fueron capaces de sacarle de quién era hijo, sobrino o nieto, asunto que ya sabes que es el tema principal en las tertulias que montan cuando se sientan al fresco en la calle. Tu bisabuela y él parecían muy felices y ella decía que estaban hechos el uno para el otro.

–Claro, con ese nombre no me extraña –interrumpí a la abuela.
–¿Qué nombre?
–Petra.
La abuela volvió a reír con ganas.
–Sí, el nombre no pudo estorbar, eso está claro.

El caso es que se amaron, un amor como el que toda persona debería conocer al menos una vez en su vida pero que muchos no encuentran. Y él cumplió en el matrimonio tanto como su aspecto daba a entender, con lo que tu bisabuela parió trece hijos, nada menos, tu abuelo y sus hermanos, todos machos sanos y recios. Los trece ayudaron a cultivar el suelo, criar a los animales y recoger unas cosechas más abundantes y de mejor calidad de las que nunca se hayan visto por aquí y jamás se volverán a ver, y nunca hubo penurias. Claro que el que esta casa fuera como una madriguera de conejos también tiene su parte mala, y es que cuando me casé con tu abuelo sólo trajo consigo una parte de catorce de las tierras, como todos los demás hermanos, y por eso hoy ninguno hemos podido vender nuestro trozo y hacernos ricos –volvió a reír la abuela, agitándose las borlas del chal sobre sus hombros–, pero no puedo quejarme. Unos zagales altos y fuertes, anchos de espaldas y trabajadores, nunca ninguno de ellos dejó un trabajo a medias y ni yo ni mis cuñadas pudimos decir nunca que nos quedáramos a medias tampoco en la cama. Incansables, en todos los sentidos. Y sanos, jamás vi a ninguno coger un mísero enfriamiento.

–Como yo, abuelita, que mi madre dice que tengo una salud de hierro.
–O mejor dicho es que eran duros como rocas. Un poco extraños, eso sí, de pocas palabras, no especialmente astutos pero imposibles de convencer una vez tienen una idea en el entrecejo y tremendamente leales con todo el que se ganaba su respeto y su cariño. Los vecinos seguían teniéndoles miedo, por todas las historias que se contaban, como cuando estalló el conflicto. ¿Sabías que los bombardeos arrasaron muchos de los campos de los alrededores pero jamás cayó un solo obús donde los Rocafortes? O cuando luego vinieron los rojos, que entraban en todas las haciendas grandes porque decían que eran de ricos y fachas, y arrasaban con todo lo que podían, comportándose como los legítimos dueños y humillando al que de verdad lo era, por placer, llevándose o quemando lo que no pudieran comerse y beberse en el momento. ¡Y ay si aparecían de sopetón y no había dado tiempo a mandar lejos a las mujeres de la casa! Hicieron mucho daño aquí los rojos pero yo escuché de chica, más chica que tú incluso, que no fueron capaces de entrar a robar en las tierras de mi suegro, porque se decía que cuando se arrimaron a la linde se encontraron con una muralla, toda de piedra basta, alta como una torre e igual de resistente, que ni se veía lo que quedaba al otro lado. Los que la intentaban trepar caían al suelo cuando estaban a punto de llegar a lo más alto, con muchos descalabros y piernas torcidas. La rodearon dos y tres veces pero no encontraron apertura, y cuando la intentaban echar abajo, con las palas o con dinamita, el muro resistía como la casa que el lobo quería echar abajo a soplidos. Se fueron como vinieron o peor aún, con el rabo entre las piernas, y ni un grano de los Rocafortes comieron. Pero cuando los paisanos escucharon esas leyendas, los más valientes vinieron a comprobarlas y ni un solo peñasco encontraron, nada fuera de su sitio. Les tuvieron miedo, mucho miedo, pero nadie se atrevió a decirles nada a la cara. Cuchicheaban y barruntaban, muchos desconfiaban, y no ayudaba el que tu abuelo, como los demás hermanos, tuviera tanto en invierno como en verano un cierto tono parduzco en la piel, algo así como si fuera en parte de sangre morena, y eso estaba tan mal visto por aquí como cualquiera de las otras explicaciones que se murmuraban. Mira, tú misma puedes verlo –dijo rebuscando en un bolsillo de su falda gris de donde sacó una foto borrosa y cuarteada de un montón de jóvenes con aceite en el pelo y camisas recién planchadas mirando muy serios a la cámara, pero era una foto tan vieja que en ella todo tenía color sepia y no terminó de convencerme.

–Estoy pensando una cosa, abuela.
–A ver, dime.
–Si el abuelo y los demás tenían todos tan buena salud ¿cómo es que están todos muertos? No me acuerdo de haber conocido a ninguno y no deberían de ser muy mayores.
–Ay, nena, ésa es la vergüenza de tu familia, y uno de los motivos por el que te estoy contando esto. Todo empezó con Paco. Cuidó de Petra muy bien, en vida nunca le faltó de nada, como le prometió. Pero después de trece partos su cuerpo se resintió y no volvió a recuperarse del todo, estaba dañada por dentro. Aún no era muy mayor y fue capaz de ver cumplir diez años al más chico pero cada vez se encontraba más tiempo enferma y un día simplemente se apagó, como un candil. Tenía gesto de haberse ido durmiendo tranquilamente y murió con una sonrisa en los labios. Pero tu bisabuelo cuando descubrió el cuerpo no fue capaz de soportarlo, aulló y gritó y lloró por primera vez que nadie supiera, el mismo suelo tembló con él. Dicen que así se abrió la cañada que hay detrás de las vides, que el arroyo se salió de su cauce e incluso que el mismo cielo se puso oscuro a mediodía compartiendo el luto. La casa se movía como si también se fuera a echar abajo y cayeron los techos de todos los cuartillos de atrás y se resquebrajaron la mitad de los muros, pero por suerte sus hijos corrieron a consolarlo y le tranquilizaron antes de que todo fuera a mayores. Lo hicieron a duras penas pero simplemente consiguieron eso, tranquilizarlo, no que lo aceptara. Era una persona muy dura, el viejo Paco, pero sólo por fuera, ¿me entiendes?, tenía el corazón tierno por dentro de la corteza, no pudo comprender que todos acabamos perdiendo a la gente a la que queremos y unos días después simplemente se perdió. Salió una noche y no volvió y nadie de la familia volvió a hablar del tema en muchos años. Así de sufridos sois los Rocaforte con los vuestros.

Desde entonces todas sabemos lo que antes o después nos acabará pasando. Nos casamos con uno de vosotros y encontramos al compañero más fiel que hubiéramos podido pedir. Pero nosotras nos hacemos viejas y nuestros maridos no tanto, y cuando estamos mayores y la enfermedad nos pueda venir a buscar cualquier día, ellos simplemente cogen un día y se vienen al campo, dejan toda su ropa y lo que llevaran en los bolsillos recogido y doblado junto al escalón y sus pisadas sobre la tierra apuntan al monte. Prefieren huir por donde vinieron antes de enfrentarse al dolor de vernos morir. Lo que en el resto de los asuntos tienen de valientes ahí lo pecan de cobardes.

–¿Y mi papá? ¿También se irá? –lloriqueé angustiada.
–Puede, aún no se sabe –me contestó posando suavemente su mano arrugada sobre mi cabeza– pero haz recuento de todos tus tíos y verás como muchos ya han cogido el mismo camino.
–¿Entonces por qué las mujeres se siguen casando con ellos? ¿Por qué no las avisáis?
–Porque los quieren. Te digan lo que te digan, incluso aunque te lo creas, que es difícil que ocurra, cuando se quiere a una persona ya toda razón llega tarde. Siempre está la esperanza, por pequeña que a los demás pueda parecer, de que contigo no va a pasar, que tú lo harás distinto. Ahora no lo comprendes pero lo harás. Te lo prometo.
–No lo entiendo, abuela –sollozé–, ¿y con las hijas qué pasa? ¿Qué hacen cuando crecen?
–Nadie lo sabe, cariño –y en las arrugas que se apretaron alrededor de sus ojos pude ver la infinita pena que sentía en esos momentos por mí–, fíjate bien, los hermanos de tu abuelo fueron varones y cada uno tuvo muchos hijos, todos machos también. Y tus primos son todos niños, ¿nunca has pensado en ello?. Eres la primera hembra Rocaforte en las tres generaciones y espero que ahora entiendas por qué tu madre se preocupa tanto cuando tiras las muñecas por la ventana, te escapas a jugar al fútbol o a apostarte canicas o cuando la llaman del colegio porque peleándoos a pedradas le has abierto una brecha en la cabeza a tres. Y a ti nunca te dan, ¿no es cierto?

Negué con la cabeza, incapaz de parar de llorar.

–Ya no te preocupes más –me consoló con un abrazo que olía a lavanda, como toda su ropa, mientras me volvía a llevar hacia la casa–. Llora hasta que te hartes y no te vuelvas a preocupar por el tema. Pero recuerda siempre esta historia, recuérdala y cuando te llegue el momento cuéntasela a quien venga detrás de ti. Es todo lo que podemos hacer.

Hace más de veinte años de esa noche pero cumplí la promesa silenciosa que le hice a mi abuela, que en gloria esté, y recuerdo su relato como si fuera ayer mismo. Me obsesionó mucho de pequeña, y hubo un tiempo en que me esforcé por llevar más lazos en el pelo y más faldas de flores que nadie, rehuía a los chicos con los que antes tanto me juntaba y devoraba todos los cuentos de mitología y fábulas que caían en mis manos. Pero empecé a crecer, a desarrollarme, y lo vi todo desde otro ángulo, mis compañeros adquirieron poco a poco otro tipo de atractivo y me burlé de lo crédula que había sido con todo este asunto. Aunque mi risa igual no fue nunca del todo sincera. Pero después de cumplir los veintidós y a punto de terminar la carrera una tarde mi padre cogió el coche para ir a hacer un recado y nunca volví a verlo. El coche sí, mi madre cuando anocheció llamó a una de mis tías y lo encontraron aparcado junto a la casa del campo, con los vaqueros de mi padre y la camisa blanca que llevaba bien doblados en el asiento del pasajero y las deportivas alineadas sobre la alfombrilla. Cuidé de mi madre y de mis tres hermanos pequeños, todos varones, y salimos adelante sin excesiva dificultad pero nunca volví a sentirme del todo tranquila. Le saco una cabeza a la mayoría de los tíos, jamás me pongo enferma, nunca me he partido nada y tengo los pechos del tamaño de un balón medicinal y el culo alto y bien lleno, pero llevo desde la edad del pavo esperando a que la gravedad haga su trabajo y ahí están, no han caído ni un milímetro, firmes como piedras. Tengo miedo de pensar en qué me convertiré dentro de veinte años pero, sobre todo, me aterra enamorarme. Para luego un día tirarme al monte.

Dura herencia la de la familia Rocaforte.

Madrid, 09/05/2008




Creo que no me salió mal, ¿verdad? La crítica fue por los derroteros de la falta de conflicto al inicio. Que si el motivo por el que la narradora está preocupada motivase la historia de la abuela ésta ganaría fuerza. No es mal consejo. También me dijeron algo sobre que los diálogos son demasiado exactos para ser recordados o inventados, pese a que explícitamente un personaje reconoce que se los está medio imaginando. Francamente, no creo que ése sea un punto muy flaco del relato.

¿Vosotros qué pensáis?