Vida exterior domingo, 24 de octubre de 2010

Un relato un poco malo, obscenamente exacto pero que tenía que ser escrito. A veces hay que sacar algo que tienes atrancado en la cabeza, simplemente para dejar sitio a lo que viene detrás. Yo sólo digo que es lo primero que escribo en dos años. Curioso como todo encaja, ¿eh?



Le vino la inspiración mientras todo el mundo bailaba en las gradas. El estadio estaba abarrotado de gente que alucinaba con la guiri que se agitaba espasmódicamente en el escenario, mientras cantaba himnos generacionales de diez años atrás. Y él se paró de repente, la cabeza ladeada en mitad de la monótona oscilación a lado a lado que adoptan todos los tíos que aún están sobrios y son demasiado conscientes como para bailar de verdad. Había sido un destello instantáneo, una revelación súbita, y de un segundo a otro todas las conexiones estaban claras en su mente. Tema, personajes, puntos de giro, hasta diálogo del que sentencia, la típica escena chula digna de ser citada. Toda la historia delante de sus ojos.
—Cari, ¿te pasa algo? Te has quedado muy serio… —dijo ella a su lado, un poco ausente, sin dejar de mirar de reojo el espectáculo.
—No, no, estoy bien, no te preocupes —le dio un beso en el pelo y la dejó disfrutar.
Porque, ¿para qué distraerla del que era el concierto de su vida? Llevaba meses dando la lata, estudiándose las canciones, rogándole a él que fuera a hacer cola a la puerta de la FNAC para comprar las entradas, aunque fuera invierno y estuvieran bajo cero, porque ella no estaba en Madrid esos días. Los nervios que tenía en el Metro camino de Villaverde, las anécdotas que le contó en el bar mientras hacían tiempo hasta que abrieran las puertas, sobre el grupo y sus canciones y su adolescencia en el pueblo, cuando se hizo fan absoluta de ellos. Era el concierto de su vida y él era feliz viendo cómo se le iluminaba la expresión apenas el primer músico salió de camerinos y empezó a afinar el bajo. Déjala disfrutar y no le des la lata con tus cosas justo ahora…
Porque, además, ¿cómo explicárselas? ¿Cómo podría entender ella lo que es ser escritor? O incluso aspirante a escritor, de los que nunca han llegado a nada. Esa maraña de argumentos a medias, retazos de personajes, situaciones absurdas y diálogos tartamudeantes que tenía siempre en la cabeza. Bocetos de historias que se pasean por la mente de tanto en tanto, cuando estás medio adormilado en el Cercanías camino del curro, y que repentinamente se combinan con una anécdota del periódico que tienes sobre las piernas y se convierten en otra cosa más definida, más concreta, mejor. Ella no sabía de esas cosas y la conversación la aburriría. Una vez él trató de explicarle después del cine por qué la peli la había cagado con la estructura en tres actos. Ella empezó a meterse con él por friki en apenas tres frases. Le duró el enfado lo menos tres días.
Así que no salió en busca de una libreta, ni arrancó la aplicación de tomar notas del móvil, nada que pudiera hacerla ver que tenía la cabeza en otra cosa, nada que la disgustara. Pasó hora y media moviendo el pie distraídamente y sonriéndola cuando tocaba, mientras sus pensamientos zumbaban como las balas. Era un milagro del subconsciente pero estaba todo allí, todo encajaba. Una historia vaga con la que jugaba desde hacía años: un laboratorio, adolescentes que construían robots para defender a la Humanidad de a saber qué, presentar al grupo desde el punto de vista de alguien que lo abandonaba, por dar una vuelta de tuerca al tópico de que se hiciera mediante el consabido novato. Y ahora todo tenía otro sentido. Por qué hacían lo que hacían, qué sacaban de ello. El arco de los personajes. El tema de la historia. El traidor que volvía a ellos y les ayudaba justo en el clímax. La moraleja. La última frase. Y todo giraba sobre un concepto universal, la aceptación por parte de los demás. Eran putos superhéroes manga metiéndole hostias al fantasma de tu abuela y era una historia con sentimientos. Cuarenta y ocho páginas, un dibujante jovencillo, con influencia de animación, y salía un álbum de historieta, perfecto para el mercado francés. Si triunfaba incluso podía convertirse en el inicio de una franquicia. Sin duda, era lo mejor que nunca hubiera casi escrito.
En el concierto todos flipaban, pero ninguno lo hacía por el mismo motivo que él.

—Media hora —pensó, ya en la calle—, le pediré sólo media hora.
Ella estaba en éxtasis, cogida de su brazo, camino del Metro, ligeros antes de que cerrara. En la otra mano llevaba en una bolsa la camiseta oficial de la gira, un regalo espontáneo de él que la había hecho hasta llorar delante de los tíos del merchandising. Ahora tocaba disfrutar del paseo a la luz de las farolas, volver a casa, sacar una botella y un par de copas de vino y luego que ella le demostrara toda su gratitud en la cama. Un par de polvazos de los que se recuerdan con una sonrisa. Pero él antes necesitaba media hora.
—Ya sé que mañana se vuelve a su ciudad —seguía razonando en silencio, mientras ella quizás le hablaba—, pero para cuando se largue se me habrá olvidado la mitad. Sólo necesito media hora, que se entretenga con cualquier cosa en mi piso mientras vuelo al ordenador y tomo apuntes de todo. No me fío de irme a dormir, que ya me ha pasado otras veces, y las putas ideas parece que se ofenden. Ya puedes haber estado rumiándolas diez años, si las pierdes un día no vuelven jamás. Más orgullosas que las tías.
—Oye, ¿me estás escuchando? —interrumpió ella su hilo de pensamientos.
—Sí, claro, perdona…
—Estás un poco raro esta noche, pero hoy no se te puede tener en cuenta nada—ella sonreía exultante mientras rebuscaba algo en su bolso—. Ya verás cuando vaya el lunes a la facultad con la camiseta del concierto, se van a morir de envidia…
—Perdona, ¿qué haces? —ella se paralizó con un cigarro aún sin encender en los labios— ¿Pero tú no lo habías dejado? Tanto infierno que pasamos con la leche del mono para esto, para que te pongas a fumar ahora en mi puta cara, como si no pasara nada.
De esa forma tan tonta, todo se fue a la mierda.

Hubo lágrimas en la calle. Hubo lágrimas en el metro. Hubo malas caras que no se cambiaron a regulares ni cuando estuvieron a solas. Reproches, silencios, cagadas pasadas que tomaron nueva vida, munición para una nueva guerra. Y tabaco. Para bien, para mal, que si adicción, que si respeto. Sabes que yo no lo soporto. Lo que sé es que eres gilipollas. Si me quisieras no volverías. Si me quisieras tú no te importaría una mierda. Gritos, cabreos, espaldas frías. Una relación a distancia es tensa por definición, y cada discusión parece que puede ser la última cuando hay una cuenta atrás para resolverla. Tic, toc, mi autobús sale en quince horas. ¿Tendremos cojones a entendernos para entonces?
Cuando el tiempo es tan escaso, ¿cómo iba él a pedir media hora para sus cosas?

No cortaron por semejante gilipollez, claro. En mitad de la noche él se sintió menos furioso y la abrazó por la espalda, y la despertó a base de besitos en la nuca. Lloraron un poco más, se pidieron perdón e hicieron el amor lentamente ateridos de frío bajo el edredón a las cinco de la mañana. Al día siguiente, él la sacó a pasear, y la invitó a almorzar en un restaurante de barrio que les gustaba. Cuando se despedían en la estación, minutos antes de que se fuera, ella volvía a decir que había sido el mejor concierto de toda su vida. Pero ambos sentían un sabor amargo debajo de la lengua cuando se pronunciaba esa frase. Sabor a ceniza. Recuerdos de un día que debería haber sido genial pero se había unido a la colección de veces que casi terminaban. Una Historia reescrita que nadie se creía. 1984 ocurriendo en medio de su relación.
Por la tarde volvió solo a su piso. Ya no se acordaba del guión que le había explotado en la cabeza el día anterior. Nada, ni una página. Sólo quedaban palabras que se deshacían cuando las examinaba, restos de pensamientos que ya no tenían ningún sentido. Jamás volvería a saber por qué esos chavales vivían en una isla y le tiraban bolas de energía a constructos de ectoplasma ni por qué le tenía que importar una mierda eso a nadie. Así que se sacó una cerveza de la nevera y pasó el resto del día a Play y pajas.

Al final cortaron por otra gilipollez, claro. O igual no fue por eso. Una relación a distancia es tremendamente absorbente, y trabajar, colgarse de la novia por teléfono, llevar una casa y andar todos los fines de semana en una ciudad u otra no deja tiempo para mucho. No deja tiempo para mantener muchos amigos, no deja tiempo para hobbies, no deja tiempo para escribir, no deja tiempo para ser persona. No deja tiempo para hacer mucho más que intentar hacer feliz a tu pareja. Quizás sea ésa una receta segura para el desastre. Quizás nadie hubiera podido hacer bien todas las cosas que él hizo mal.
Pero después de unos meses de pulular apenado por la vida, de emborracharse y ser rechazado por tipas absurdas en cualquier bar, de encontrarse a sí mismo y perderse dos veces a la semana, un día abrió el procesador de textos y, tras horas resistiéndose a dejar de hacerle caso a todas las tonterías con las que le distraía Internet, se enfrentó a la hoja virtual en blanco. Iba a sacar una historia de aquella puta noche. Por sus santísimos cojones.

Madrid, 23/10/10

Un paréntesis en la programación habitual lunes, 22 de septiembre de 2008

Sé que esto se supone que está para subir lo que yo escribo y, no os confundáis, a mí la poesía me toca los huevos como a cualquiera. Pero me he encontrado ésta de Gil de Biedma en un blog que hablaba de telebasura, niños inútiles y Gran Hermano y me ha encantado. Será por el contraste...

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.


Y, no, no estoy de mal rollo en absoluto. Listos.

Sindiós martes, 2 de septiembre de 2008

Una idea antigua, que acabó siendo algo casi por completo distinto de su germen habitual, unida a un puñado de cosas que no tenían nada que ver con ella. Un argentino con complejo de Dios, una gótica tierna y una selección de lo que podéis encontrar en mi Ipod.




—Vaya bosta de discos que me ponés, rubia —solía protestar Dios, repantingado en mi cama, cada vez que sonaba un nuevo grupo por los altavoces de mi cuarto—, no sé cómo podés aguantar semejante bola de antiguallas.
—Green Day no son viejos, son clásicos —y si no era Green Day eran los White Stripes, o Kannon, el caso era dejar bien claro que su gusto en música era mejor que el mío—, y haz el favor de quitar las botas de encima de mi almohada.
Era un tipo extraño. Si le insistías lo bastante como para que accediese a hablarte, en el recreo del instituto, o en las mesas del fondo de la clase, se refería a sí mismo como Dios. Argentino tenía que ser. Para los demás, los pocos que le tratábamos, o sea, prácticamente los profesores, sus padres y yo, en realidad se llamaba Gerardo. Su familia emigró cuando la segunda crisis económica, y aunque llevaba un montón de años ya aquí, los bastantes como para que su acento y su vocabulario fueran una mezcla extraña e incoherente, jamás había hecho amigos. Era un manojo de angustia adolescente, envuelto en su largo abrigo negro para disimular unos kilos de más, una maraña de pelo enredado tapándole la cara y el acné y rímel en los ojos. Sus curiosas atribuciones teológicas tampoco le ayudaban a caer simpático, claro. Yo a mis quince años no es que fuera la imagen de la estabilidad emocional, y también era lo suficiente pintas como para haber cogido fama de rara y siniestra, pero a su lado parecía tan sociable como la jefa de las animadoras la semana antes de la elección de la reina del baile. Si esas cosas se hicieran fuera de las películas, quiero decir. Y, llevada por la ternura de encontrarme a alguien aún más marginado que yo, me tomé como proyecto personal el hacerme su amiga y trabajar en arrancarle un poco de su costra. Pronto quedó claro que era un proyecto a largo plazo.

Éramos compañeros desde principios de curso pero no me tomé la molestia de conocerle hasta una mañana aburrida en clase de Educación Sexual. Curioso cómo se puede coger la materia más interesante para un grupo de chavales hasta las orejas de hormonas y convertirla en la asignatura más soporífera de todo el año. Era la última hora antes del almuerzo y el grupo de graciosos de la tercera fila estaba demasiado aburrido y hambriento hasta para hacer chistes cerdos, como de costumbre. La profesora desgranaba pesadamente las características de la última pandemia del siglo XXI, el síndrome de Inactividad Cerebral Neonatal. Que el grupo de riesgo fueran los fetos durante el embarazo en lugar de gays, drogadictos o negros, y por lo tanto no se pudiera dudar de la inocencia de sus víctimas, le daba un halo de tragedia mediática que había llevado al Primer Mundo poco menos que a la histeria. A los países subdesarrollados supongo que les daría más igual, si algo sobraba allí eran niños que se muriesen.
—El cuadro sintomático es bastante uniforme en todos los casos. Las funciones corticales superiores, causantes de todos los movimientos voluntarios, de las capacidades intelectuales, etc. empiezan a desarrollarse normalmente durante el cuarto o el quinto mes del embarazo, donde el feto ya es capaz de cerrar los puños, agitarse si la madre está en una postura que le molesta, dar patadas, etc.
El tono de la profesora era tan tedioso como el tema para unos chavales que estaban a muchos años de pensar en tener niños y a los que solo les interesaba la forma de hacerlos. En la mesa que tenía a mi lado había murmullo, un par de empollones apuntaban en un folio cada vez que la maestra repetía una de sus coletillas y se jugaban los deberes de esa tarde a una de ellas. Parecía que el que apostaba por "etcétera" iba ganando.
-Como iba diciendo, Gutiérrez que le veo, en los niños afectados se detecta un subdesarrollo de las regiones cerebrales implicadas, principalmente la corteza prefrontal, que según sigue su crecimiento se traduce en una falta de actividad cerebral casi completa en todas las regiones, salvo las asociadas al sistema nervioso autónomo, tanto el subsistema simpático como el parasimpático. Por eso los niños no sufren disfunciones en sus capacidades vegetativas, como la respiración, la digestión, regulación de temperatura, etc., y son capaces de alcanzar satisfactoriamente el momento del parto. Sin embargo, y por eso la Inactividad Cerebral Neonatal es llamada a veces con el sobrenombre de síndrome de Nenuco, son incapaces de ningún otro tipo de actividad. No lloran, no se mueven y si los acuestan bocabajo morirán antes que intentar girarse. A todos los efectos son el equivalente de un paciente en estado de coma profundo y a pesar de todas las investigaciones al respecto, aún no se ha conseguido estimular a ninguno de los afectados.
Los niños de Primero ya corrían por el patio camino del comedor. Yo dibujaba calaveras sonrientes en el cuaderno, para que me ayudaran a matar el tiempo. Dentro del aula todos miraban con disimulo el reloj, capaces de golpear hasta a la muerte a aquel que se atreviera a hacer alguna pregunta y prolongar nuestra agonía unos minutos más.
—Los síntomas, efectivamente, están claros pero distamos mucho de poder decir lo mismo respecto a la causa. Al principio se especuló con un desorden de tipo genético, aunque fue rápidamente descartado dada la forma repentina en que se dieron los primeros casos registrados hace aproximadamente veinte años y el ritmo creciente de propagación, si podemos llamarlo así, con la cual sigue apareciendo. Un hecho realmente desconcertante es la capacidad de contagio transespecie, ya que actualmente se han detectado casos en toda clase de animales de cierto nivel de complejidad cerebral, principalmente mamíferos. Esto hace que sea necesario un catalizador de eficacia y capacidad de adaptación desconocidos hasta ahora. Los últimos estudios teorizan sobre la intervención de un vector infeccioso basado en priones, que son unos organismos que...
—No tenés ni idea, gil —rezongó Gerardo, sentado un par de mesas por delante de mí, en el mismo tono con el que yo me quitaba de encima al típico ligón que pretendía impresionarme con cuatro datos sobre los Clash que había mirado en la red diez minutos antes. O sea, como si él supiera algo que nadie más conocía. Y, qué puedo decir, mi curiosidad innata hizo el resto.

Al principio, cuando le abordé en los pasillos a la salida del almuerzo, no hacía más que mirar detrás de mí buscando a mis cómplices, los que se estarían partiendo el culo al verle tartamudear hablando con una chica mona. Cuando se convenció de que nadie nos estaba grabando para colgarlo por ahí y vio que nuestro paseo nos llevaba a las gradas de la cancha de baloncesto, en lugar de a un rincón solitario donde cuatro macarras pudieran estar esperando para pegarle una paliza, se relajó un poco. Tras media hora de forzar una charla trivial, más monólogo por mi parte que otra cosa, y dedicarle mis mejores sonrisas de inocente lolita en celo se decidió a contarme su historia.
—Al principio sólo estaba yo. Esa parte sí la habéis pillado bacán —me explicó observando atentamente mi reacción—. No sabría decir cuánto tiempo, ni creo que tenga sentido ese concepto, lo que seguro que no sé es cómo empezó todo ni por qué. Es difícil poner límites a las cosas si no existe ninguna aparte de vos. Así que para contrastar, creé el universo.
—Ajá —me moría de ganas de comentar que si lo hizo en siete días eso explicaba la chapuza pero me mordí la lengua. Una leche iba a quedarme sin el resto del relato por hacer un chiste a destiempo.
—El problema es que al principio era lindo, sí, pero predecible. Como un reloj de cuerda, ¿comprendés? Lo diseñás y lo ponés en marcha, os maravillás un tiempo de lo bien que funciona y se acabó. A partir de ahí es retedioso. Así que le di un poquito de caos de la mejor manera que se me ocurrió. O sea, sólo había algo que no podía pronosticar de antemano y ése era yo mismo. Así que hice la vida e hice que buscara siempre crecer y multiplicarse y le insuflé una minúscula porción de mi misma esencia. Eso le daba el libre albedrío que os hace tan especiales a mis ojos. La recagué, por supuesto.
Porque cada nuevo ser viviente se apoderaba de un pedacito de mí y eso no me preocupaba, me creía un pozo insondable. Y según os hicisteis más complejos necesitabais un poco más de espíritu pero me fascinabais demasiado para sopesar las consecuencias. Para cuando apareció el hombre, ¡oh, pucha!, me podría haber quedado viéndoos millones de años. Que es lo que hice. Regil de mí.
Hacíais tantas cosas. Civilizaciones subían y bajaban. ¡Descubrimientos de las leyes naturales, algunas buscadas por mí y otras en las que ni había reparado! Y el fútbol... qué decir del fútbol. Me quedé pasmado mientras crecíais y crecíais, y fuisteis millones y luego cientos de millones y miles de millones, todos escarbando en mi alma, robando vuestro pedazo de divinidad para colocároslo dentro del pecho. Para cuando me di cuenta de que yo no era infinito ya fue demasiado tarde. Las almas de los fallecidos volvían a mí con sus historias, pero nacéis muchos más que morís todos los días, el balance cada vez andaba más descompensado, más al carajo. Traté de evitar la transferencia pero erais muchos y mis facultades andaban ya muy mermadas. Era como espantar con las manos una plaga de langostas. Y empezaron a nacer los primeros de vosotros sin alma, porque no pudieron quitármela o porque simplemente en ese momento no había para ellos. Ésos son vuestros famosos bebitos Nenucos. Quise exterminaros con un meteorito o girando unos grados el eje de la Tierra pero no tuve las fuerzas suficientes para vencer la inercia de tanta vida, y sólo me quedó la huida para evitar la aniquilación. Así que escondí la mayor parte de mis potestades y conocimientos donde espero que no las habréis podido encontrar, no podrían caber todas en un cerebro de los vuestros, y me encarné en el siguiente niño que se estaba formando en el vientre de su mamá. Y aquí estoy. Entre vosotros. Con cuerpo de animal. Humillado por los que me lo deben todo.
Pero tengo un plan, ¿sabés? Pretendo laburar en una central nuclear, la más grande que haya, y apretaré el botón rojo y la haré reventar. Moriréis cientos de millones y absorberé todas vuestras almas y, antes de que me las volváis a robar, con ellas fundiré los polos o algo así y nos aniquilaré a todos. Ya me preocuparé de no repetir los mismos errores con lo próximo que cree.
—Es un plan horroroso —interrumpí al fin—. Dudo mucho de que pudiera morir tanta gente ni mucho menos y, además, estoy bastante segura de que se necesitan buenas notas para entrar en una universidad que tenga la carrera que sea que te deje trabajar de eso. Y no vas por buen camino, la verdad.

Creo que fue el hecho de que criticara su estrategia en vez de dudar de su fábula lo que hizo que aceptara mi compañía y, con el tiempo, la buscara incluso. Nos pasábamos horas en mi habitación escuchando rock de la época de mis padres, él tirado en cualquier sitio mientras yo ocupaba mi tiempo haciendo cualquier cosa, pintando unas cajas para guardar mis cosas o tejiendo unos patucos para el niño que iba a tener mi hermana. Y filosofábamos durante horas.
—¿Cuál es el sentido de la vida, Gerardo?
—¿La mía o la de vos?
—Me da igual, la tuya mismo.
—Ah, ni idea, linda. Nunca lo supe.
—¿Y la nuestra?
—Pues tener historias, vivir cosas y unirlas en relatos, y luego moriros y contármelos, a ver si así me ayudáis a comprender por qué existo yo.
—Eres un gilipollas, ¿de verdad me dices que sólo servimos para hacerte de teatrillo?
—Bueno —sonreía malicioso—, tampoco es que sirváis para hacer ninguna otra cosa bien.
—Tú tampoco eres tan perfecto. Podrías haber creado el color negro un poco más oscuro, que esas camisetas que llevas disimulan un poco que estás gordo, pero no lo suficiente.
Entonces es cuando él se enfurruñaba y se cruzaba de brazos mirando al techo. Pero no hacía ademán de irse. Sólo se callaba y esperaba a que yo volviera a hablarle, arrepentida.
—Gerard...
—¿Qué?
—Tu problema es que no tienes sentido del humor.
—Pucha que no —y con un chiste ya volvía a congraciarse conmigo—, ¿vos viste lo que hice con el ornitorrinco? Tu problema sin embargo, mina, es que vas de rebelde y luego no lo sos. ¿Qué hacés ahí tricotando?
—Ser rebelde consiste en protestar por lo que no te gusta, no por todo —respondí encogiéndome ligeramente de hombros—. A mí se me da bien esto, me hace mazo de ilusión tener un sobrinete y, además —sonreí mostrándole unas pequeñas botas de punto con ataúdes y murciélagos bordados—, ¿alguna vez habías visto algo tan mono?

Divertirnos en casa era una cosa. Sacarlo a la calle, sin embargo, me costaba bastante más esfuerzo. Pillé el truco para que dejara de remolonear cuando me di cuenta de que si le ofrecía compartir los auriculares de mi reproductor de música, un casco en su oído y el otro en el mío, eso nos obligaba a caminar tan juntos que nuestras caderas se rozaban de vez en cuando. Entonces fruncía el ceño, en gesto de concentración, y podía caminar en silencio durante horas, con los brazos cruzados. Y ya no protestaba ni aunque le pusiera a Billy Bragg. Era realmente entrañable.
—Se me ha ocurrido otra idea —me dijo la última vez que me acompañó al centro comercial, a mirar cosas para mi sobrino—, a ver qué te parece. Un virus de diseño. Propagado por el aire. Que mute constantemente. ¿Cómo lo ves?
—Lo veo factible pero caro —respondí—. Porque a alguien tendrás que contratar para que te lo haga. Y que esté tan zumbado como tú.
—Bah —movió la mano como apartando a un lado mis pegas—, siempre hay algún empollón deprimido por ahí porque la gente no le hace caso. En lo de la plata sigo trabajando, eso sí es verdad.
—¿Por qué lo haces?
—¿El qué?
—Lo de querer el exterminio. Porque también me matarías a mí —giré bruscamente mientras le obligaba a pararse, mirándole directamente a los ojos, segura de que le impresionaría mi mirada azul, de que estaría pensando en ese momento lo largas que eran mis pestañas—. ¿Serías capaz de matarme a mí también, Gerardo?
—Euh... esto... che... —se sonrojó mientras apartaba la vista, para mi satisfacción—, sabés que no me queda otro remedio. A saber qué pasaría si me muriese mientras tanto y vosotros siguieseis aquí, ni siquiera yo tengo idea. Pero no te debes preocupar, vos vendrías conmigo, te tendría dentro de mí para siempre, tu historia no se olvidaría jamás.
Satisfecha, dejé flotar la frase en la tensión del ambiente volviendo repentinamente mi atención hacia los escaparates y acercándome a mirar, como si no hubiera pasado nada.
—No entiendo por qué tenemos que hacer estas boludeces —resopló molesto lanzándome el auricular que llevaba—, que venga la gil de tu hermana a mirar cunitas, lerda.
—Sabes que no la dejan casi tiempo en su oficina, con todo lo que tiene que terminar antes de cogerse la baja, y mi cuñado sigue en Laussanne hasta dentro de dos semanas. Pero no te quejes, que no voy a hacer que nos acompañes a la clínica para las pruebas mañana.
Por el reflejo en el cristal pude ver claramente como la perspectiva de librarse de mi agobio por un día lo enfurruñaba aún más.

La siguiente vez que hablé con él yo no podía dejar de llorar. Le colgué el teléfono entre sollozos y le esperé temblando de rabia en un banco del parque mientras anochecía, agarrando un cigarrillo con las dos manos para que no se me cayera y la música a todo volumen para intentar no escuchar mis pensamientos.
Vino corriendo, la preocupación dibujada en su cara. En cuanto llegó se arrodilló enfrente de mí, con una mano en mi pierna y su frente tocando la mía, sin darse cuenta de lo íntimo de nuestra postura. Me quitó la música suavemente y preguntó en voz baja:
—¿Está todo bien?
Pero era obvio que no. Intenté decirle lo que pasaba pero no podía pronunciar palabra, sólo negar con la cabeza y llorar y sorber mocos y dejar que el rímel bajara por mis mejillas.
—¿Es la hermana? —insistió Gerardo— ¿Ha salido todo bien?
Un pellizco helado me agarró las tripas y en un solo movimiento me levanté del banco y me refugié en sus brazos, sollozando, tiritando, buscando consuelo. Su melena me cubría la cabeza y el olor a cuero y a humo de su gabardina me envolvía.
—Es mi sobrino —susurré protegida en su mundo, aislada del exterior por un instante—, han salido los tests... Es un Nenuco.
Se me quebró la voz pero no hacía falta decir nada más. Noté como el abrazo de Gerardo se hizo más fuerte, sus manos en mi espalda, su cabeza sobre la mía, protegiéndome.
-Oh, pobrecita mía —me consoló—, pobrecita... Lo siento tanto.
Los segundos pasaban con ritmo geológico, un momento caliente y húmedo detenido en el tiempo, nuestra postura inmóvil salvo por los sutiles ademanes con los que mi cuerpo se acoplaba aún más al suyo, ocupando cada recoveco entre nosotros, huyendo de lo que había fuera, frío, soledad y miseria.
Y entre dos latidos de mi corazón Gerardo se movió. Su respiración se aceleró, su mano se deslizó bajando lentamente por mi espalda y giró levemente sus caderas, dejándome sentir en mi cintura su erección palpitando apretada contra su muslo. Levanté la cara mirándole con la que debió de ser la expresión más desvalida del mundo y pude apreciar sus pupilas dilatadas, sus labios entreabiertos, la punta de su lengua descansando contra sus dientes. Su mano se movió aún más, abandonando la espalda para reposar en mi culo. Cerré los ojos mientras nuestras bocas se acercaban y pude sentir su aliento tibio mezclándose con el mío cuando susurró:
—Lo siento mucho, es todo culpa mía.
—¿Qué?
—Es culpa mía, nunca quise que pasara esto, lo arreglaré cuando vuelva a ser Dios...
—¡Vete a la mierda! -estallé apartándole de un empujón— ¡Vete a la puta mierda!
Gerardo me miró confundido, ni siquiera se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Pero eso sólo logró enfurecerme aún más.
—¿No puedes dejar tus gilipolleces ni por un momento? —le seguí gritando con todas mis fuerzas sin importarme quién nos pudiera escuchar— Creía que eras distinto pero no... Eres como todos. Chorradas en la cabeza, mentiras estúpidas en la boca y la polla siempre tiesa. No es momento para seguir haciéndote el importante y compensar tus complejos, hostia, vamos a matar a un niño, ¿no lo ves? No es momento, hostia...
—Pero, rubia, yo no quería... —intentó disculparse, rozándome el hombro con sus dedos, sin atreverse a acercarse más— Si me escuchás...
—No quiero volver a escucharte nunca —siseé entre dientes apartándole de un manotazo y dándole la espalda para irme y no volver a verle más—, ni te atrevas a intentarlo...

Lo que pasó entonces lo sentisteis todos, aunque nadie sepa qué fue exactamente. Nadie salvo yo. Gerardo se fue en silencio y yo seguí llorando de vuelta a casa, la pena por lo ocurrido con mi hermana mezclada con la ira que sentía hacia él, la decepción que me había causado, el enfado por mi propia estupidez, por haber llegado a eso con la persona que más se preocupaba por mí en el mundo. Apenas había entrado al portal cuando lo sentí en mis tripas, como si me arrancaran lo que tengo dentro y me llenaran de agua helada, todo el calor huyendo de mi cuerpo, dándome cuenta de repente de que estaba sola, siempre sola, de que siempre lo estaría, aunque me rodease de gente, que moriría sola. Y supe qué es lo que estaba pasando antes de que llegara el día siguiente, las llamadas, los rumores en el instituto, las preguntas en comisaría. Supe que Gerardo se había matado, que lo encontraría alguien desnudo en la bañera, el agua roja de tanta sangre, las venas de las muñecas cortadas a lo largo, no a lo ancho, “bajando la calle, no cruzando el paso de cebra”, como habíamos dicho en broma tantas veces antes.

Dios se mató porque no quise follármelo.

No es mi culpa y jamás lo sentiré así. Fue él el estúpido, fue él el que no comprendió, el que fue torpe y no soportó mi reacción, no pudo vivir con mi rechazo ni siquiera una tarde, hasta que volviera a llamarle. Puto niñato emo. Supongo que con esto se confirman mis sospechas de que vivíamos en un universo machista, pobrecillo. Vosotros echaréis de menos ese trozo de vuestra alma que no sabíais ni que existía hasta que os faltó, la parte que os unía a los demás, que os hacía tener ganas de inventar fantasías, de crear cosas bonitas, que os permitía tener empatía por quién teníais al lado, sentiros felices, amar a los demás. Esa parte que murió con Dios, que nos seguía uniendo a todos, que os ha dejado vacíos, apáticos, que ha convertido vuestra vida en simple supervivencia insulsa. Pero yo echaré de menos también a ese tipo estúpido y malhumorado con ese acento tan horrible que hizo una tontería sin llegar a saber jamás lo mucho que le quería.
La sociedad ha tropezado pero aún no ha caído. Muchos padres han abandonado a sus hijos, muchas parejas han dejado de verse sin decirse siquiera adiós, los hospitales y las iglesias están vacíos, millones de personas han muerto de hambre en sus camas por no encontrar una razón para levantarse de ellas por la mañana. Pero algunos sobrevivimos. Las radios están calladas, nadie ha sido capaz de volver a cantar desde que Dios murió. Pero yo no me rindo. Nos hemos quedado sin metas, sin sentido para nuestras vidas, vagamos sin rumbo. Pero es sólo cuestión de encontrar un nuevo destino. No hace falta que nos lo imponga un ser superior, podemos hacerlo crecer desde dentro de nosotros. Somos adultos. Y yo tengo mi música y no dejaré de escucharla hasta que sea capaz de crear algo nuevo yo también, de tararear un nuevo tema, de ayudar a volver a sentirnos humanos. Y, como chilla Sid Vicious en mis auriculares, lo haré a mi manera.


Madrid, 29/02/2008




¿Hubiéseis preferido la versión donde, simplemente, todo era mentira? ¿Os gusta ese rollo novela rosa de la erección en el muslo? ¿No son los calcetines de calaveritas la cosa más mona del mundo?

La dura historia de la familia Rocaforte jueves, 3 de julio de 2008

Este relato es la expresión suprema del gafapastismo más asqueroso. No por el relato en sí, que de pretencioso tiene poco, sino porque lo escribí casi entero tumbado en el césped del Retiro, con mi MacBook encima de las piernas y mirando como un par de guiris rubias se tostaban muslos y escotes.

¿La historia en sí? Un intento de hacer algo anticómico, con protagonistas que no fueran unos listillos, y mezclar unas vagas referencias de mi historia familiar con un poco de fantasía contemporánea. Por variar un poco, en vez de fantasía urbana tiré por la fantasía rural. Con dos huevos.




La dura historia de la familia Rocaforte

Mi bisabuelo era un trasgo de las rocas. De hecho, si nos creemos la historia tal y como me la contaron de pequeña igual todavía sigue siéndolo, en a saber qué oscuro reino subterráneo. Así lo dice una tradición familiar que, por supuesto, no le contamos jamás a los extraños. Cuando cumplí siete años, después de la tarta, los juegos y los regalos, la abuela Juana me llamó con ella y, echándose su sempiterno chal negro sobre los hombros, me pidió que la acompañara a dar una vuelta por la huerta. Estábamos en el cortijo del campo, sobre una colina desde la cual se veían todas nuestras tierras de labranza, la huerta, la viña, los invernaderos que estaba colocando el tío Paco para cultivar flores, los bancales en los cuales se alineaban los árboles frutales, guardando formación, situados a intervalos regulares. Me encantaba pasar los fines de semana en el campo, donde nos juntábamos todos los primos a jugar y yo podía correr y pegarme con ellos pese a ser la única chica, donde nos hinchábamos a comer chuletas a la barbacoa y ocasionalmente echábamos una mano recogiendo aceitunas, almendras o lo que estuviera de temporada. Desde que el coche de papá salía de la carretera principal para recorrer traqueteando la media hora que se tardaba en llegar, pasando por carriles polvorientos y a ratos hasta por el lecho seco del río, yo apenas podía parar quieta en el asiento de atrás; enseguida bajaba la ventanilla y me encaramaba a oler infinidad de plantas de las que no sabía el nombre. Durante aquel paseo con la abuela, la fragancia que predominaba era la de los jazmines y las damas de noche, y la luna llena le daba a todo un tono casi de cuento.

–Un buen momento para contar historias, ¿verdad, pequeña? –dijo la abuelita lentamente con voz queda– Escucha con atención porque esto no sólo es una fábula, sino que es verdad. La verdad que llevas en tus venas. Y hay que tener claro de donde venimos para saber cuál es nuestro lugar en el mundo.

Petra, la madre de tu abuelo, era una mujer muy guapa pero no tuvo una vida fácil. Su familia era razonablemente acomodada, no rica pero con bastante terreno, incluyendo éste en el que estamos, y eran trabajadores, así que salían adelante sin pasar penurias. Pero en este valle de lágrimas, como decían las monjas, las cosas buenas no duran eternamente y, cuando ella apenas tenía dieciséis años, sus padres y sus hermanos fallecieron en una epidemia de tifus. Antes estas cosas eran así, no siempre había medicinas y no siempre llegaban a tiempo. Así que se encontró sola en el mundo, sin saber qué hacer. Había tenido la suerte de sobrevivir al desastre pero si no conseguía salvar las cosechas del año no podría pasar el invierno. No eran tiempos como los de ahora, que las mujeres se separan cuando sus maridos las tratan mal y trabajan para sacar su casa adelante, ni como los aún mejores que sin duda vendrán en tu época, cariño. Por aquel entonces nadie respetaba a una mujer sola, pocos querían trabajar para ella y menos aún obedecían lo que ésta mandara. En cualquier momento podría aparecer unos bandidos por el camino de los montes y hacer con tu bisabuela lo que quisieran. Sólo le quedaba una solución: casarse.

¿Ves la viña que tenemos detrás de la loma? Cuando te digo no era nuestra sino de la gente de los Patachula, que los llamaron así desde que el viejo se cayó de la mula, se rompió una pierna y ya no se le quedó bien. Pero a nadie le daba pena si desde entonces apenas podía moverse con muletas, porque todo lo que tenía de inválido lo tenía de cabrón y de malnacido, y vio en esa niña sola la oportunidad de juntar sus lindes con las de ella y apropiarse de todas estas tierras, que eran más grandes y más fértiles que las suyas. Así que empezó a decir en el bar que Petra se iba a casar con su chico, el Basilio, para disuadir a cualquier otro pretendiente que le pudiera surgir y se presentó una noche en este cortijo, arrastrando detrás de sí un par de bueyes y al Basilio, igual de sometido que las bestias. No sé cómo se lo plantearon pero tu bisabuela sabía que iba a tener necesidad por delante, así que se dejó convencer y cuatro meses después se casó en la ermita de Santa Bárbara.

No te digo que ella no quisiera a su marido, a su manera. Basilio era un muchacho guapo, quizá algo afectado, pero alto, de pelo negro y de facciones lindas. Desgraciadamente, en una casa donde nadie sabía escribir más allá de su firma ni hacer cuentas más que para evitar que les dieran gato por liebre al comprar y vender en el mercado, él era un ilustrado. Le enseñó a leer un maestro que apareció un día en el camino, huyendo de a saber qué obligación o delito, y le llenó la cabeza de novelas y cuentos chinos. Fue un niño que ahorraba las pocas perras que le sacaba a su padre para comprar folletines usados al buhonero y pasarse las horas releyéndolos en el pajar, así que creció débil y fantasioso, pálido y ojeroso, melancólico y retraído. No estaba hecho para trabajar con las manos y menos para mediar entre las presiones de su padre y los intereses de su esposa así que se fue hundiendo más y más en un humor malsano, siempre triste y callado, que en pocos inviernos lo llevó a la tumba. Tu bisuabuela tenía veintiún años pero Basilio no le había dado todavía ningún hijo.

Los que la conocieron en aquella época dicen que se pasaba las horas llorando, vagando desolada loma arriba y loma abajo, la cara escondida en el delantal, rehuyendo la compañía de todo aquel con el que cruzara el paso. Ya había intentado antes valerse por sí misma y sabía que era una tarea prácticamente imposible. Peor aún, ahora era una viuda y las malas lenguas de las comadres decían que era ella la que le había chupado el alma a su difunto marido, que en gloria estuviera, puesto que con ella mantenía su belleza pero que sus entrañas estaban muertas y secas, y que sus malas artes, a saber cuáles, eran las que habían llevado a Basilio al camposanto. A pesar de su buena planta y de su buena dote, dada su edad y con semejante sambenito a cuestas, ¿qué mozo del pueblo iba a poner sus ojos en ella? Además estaba el asunto de su suegro, que ardía de rabia al pensar que una parte de sus tierras ahora estaba en manos de tu bisabuela, y andaba decidido a recuperarlas, casándola de nuevo con otro de sus hijos. Pero ella se resistía, harta de tener que aguantar los tejemanejes del viejo, que mandaba en los capataces como si fuera él el que les pagaba los jornales y llenaba alforjas y alforjas de todas las cosechas para venderlas por su cuenta y no dar luego ni un real. Romperse el lomo para engordar a otros no es manera de vivir, solía decir ella, y no dejó que esta vez el Patachula la llevara por donde él quería.

Eso no detuvo al viejo, que se sentía con derechos sobre toda esta propiedad, y una noche en que se reunieron toda la reata en la casa de abajo para cenar después de haber estado desde el salir del sol de matanza, le dio al aguardiente más de lo debido. Con la nariz llena de venas aún más colorada que de costumbre y la lengua pastosa por el licor, llegó a la conclusión con el resto de sus hijos de que si Petra muriese sin haber tenido niños, dado que no le quedaba nadie más, la herencia pasaría por ley a la familia de su marido, y que entonces recuperarían lo que era suyo, con los intereses pertinentes además. No escucharon a las mujeres, que se escandalizaron por su avaricia, y azuzados por el viejo, que con su pierna no podía dedicarse a dar grandes caminatas, todos los demás machos reunidos cogieron un par de faroles, despertaron a los perros perdigueros y con sus escopetas de caza se vinieron a este mismo cortijo, dispuestos a zanjar de una vez por todas sus problemas con tu bisabuela.

Ella tuvo la suerte de que la ventana de la cocina, donde estaba antes de acostarse preparando la ración del día siguiente para los obreros, daba justo por ahí, por donde está ahora el cuartillo de los aperos. Desde el pollete de fregar se distinguía el sendero de la loma y vio la luz de las linternas, y escuchó a los perros ladrando y a los Patachula voceando dándose ánimos de borracho. En ese mismo instante comprendió que corría peligro y soltó lo que tenía entre manos para salir corriendo de la casa, por el camino del huerto. Corría en silencio, sujetándose las faldas con las manos y tratando de no hacer el mínimo escándalo pero los chuchos la olieron en la brisa y oyeron el traqueteo de sus alpargatas, así que los hombres los soltaron para que fueran a cazarla. Ella debió de asustarse tremendamente, porque no cabía duda de que si la cogían no iba a tener una buena muerte, así que intentó apretar el paso pero no es nada fácil andar por aquí en la oscuridad, menos aún con los perros pisándote los talones. Así que tropezó allí, justo por aquel repecho, y cuando los animales se la echaron encima dispuestos a dejarla en el sitio se revolvió como pudo, con tan mala fortuna que salió rodando cuesta abajo hasta que terminó allí en lo hondo, en las peñas que hay junto al arroyo.

–¡No! –exclamé tapándome la boca con las manos, horrorizada, la primera palabra que decía en todo ese rato.
–Sí, niña, me temo que sí, y por poco no fue ése el final de Petra, malherida como quedó. Pero ahora es cuando viene la parte que quiero que recuerdes con atención, puesto que no te la volveré a contar y alguna vez se la deberás relatar tú a tus niños, cuando te llegue el momento.

Tu bisabuela estaba tirada en las rocas, escuchando como los Patachulas bajaban torpemente la pendiente, mareados como estaban. Apenas se veía nada bajo la poca luz que daban los faroles que traían y estaba a punto de cerrar los ojos y descansar para siempre cuando vio un nuevo resplandor en la penumbra. Saliendo de detrás de una gran peña brillaba débilmente una figura recia, como de más de dos metros y unas espaldas lo menos de la mitad de eso. Tenía un brillo mortecino, como el de esos hongos que crecen en el interior de los troncos secos o a veces debajo de las rocas. Se acercó lentamente a contemplarla y Petra pudo ver que debajo de una mata de pelo rijoso del color de la arena y casi oculto tras unas barbas igual de descuidadas había un rostro oscuro de piel recia y lleno de arrugas, pero no el de un viejo, sino el de alguien que ha trabajado incansablemente noche y día, dejando que el viento y la lluvia hicieran surcos en su cara. Sus profundos ojos, negros como el granito, la observaban severos pero no amenazantes y cuando ella creía que el extraño iba a volverse y dejarla a su suerte, articuló lentamente unas palabras que sonaron bastas y rasposas, como por la falta de costumbre, pero firmes.

–¿Y qué le dijo, abuela?
–Pues no lo sé exactamente, bonita, pero algo me contó y el resto nos lo podemos imaginar, ¿verdad?

La abuela se irguió alzando la cabeza con dificultad y enderezando la espalda, imitando lo mejor que pudo la postura de un hombre con fuerza suficiente como para arar un sembrado con sus propios dedos.

–”Tú eres la viuda de la casa de la colina, te he visto muchas veces”, le diría probablemente. Tu bisabuela asentiría, puesto ¿qué otra cosa podría decir? “Si te dejo aquí morirás sin duda, a manos de los que te persiguen, pero yo te ofrezco otra posibilidad”.

Entonces ella trató de apoyarse en él para alzarse y se dio cuenta de que lo que había tomado por un recio gabán no era sino el puro pellejo del extraño, duro, peludo y áspero al tacto, y que éste se hayaba desnudo en plena noche.

“Cultivas la tierra con respeto, no destruyendo nada que no te sea necesario, no allanando las cuestas, no volando las piedras del camino, no construyendo más allá del techo que te hace falta para el invierno y las cuadras para las bestias y los aperos. Eso me gusta. Yo llevo cientos de años gobernando solo y, aunque no he nacido de mujer, siento el deseo de yacer junto a una y fundar mi propia estirpe. Cásate conmigo, dame hijos y yo cuidaré de ti y de tu tierra para siempre.”

Igual te suena extraño a ti que todavía no has empezado ni a ensanchar las caderas, pequeña, pero en ese momento de desesperación una de las cosas en que se fijó tu bisabuela fue en la virilidad del desconocido que tenía junto a ella, un órgano que aún colgante entre las piernas superaba ampliamente en tamaño al que ella había conocido en su matrimonio y se parecía más a la de los burros que a veces había visto montarse en las cuadras… Ni se te ocurra fingir que no sabes de lo que te estoy hablando –la abuela rió entre dientes mientras yo pensaba sonrojándome en quién se lo podría haber contado–. Ten en cuenta que ella era una mujer guapa en la edad de estar disfrutando de la vida, y que este tipo de disfrute es justo lo contrario de la muerte, su otra opción. No debía de haber disfrutado mucho de su marido, al que yo supongo que hoy en día igual se le podría llamar marica, y quizá por eso se le pasó dicha idea por la cabeza cuando tenía que decidir si unía su futuro una vez más a un forastero. Sea como sea, ella dijo que sí y él se agachó a su lado besándola toscamente en la cabeza y, tras decirle que pronto volvería a por ella, empezó a subir rápidamente la cuesta con potentes zancadas.

Lo que pasó a continuación ella no lo vió, pero pudo oír los gañidos de los perros y los lamentos de los mozos de Patachula, ahogados por estruendos como de bloques de piedra despeñándose desde lo alto, que hacían temblar la tierra a su alrededor. Y pronto, silencio. De los siete hombres que fueron a buscarla sólo regresó uno con su padre, y pocas semanas después los Patachulas vendieron toda su hacienda a otra familia del pueblo y se marcharon, nadie sabe adonde.

El hombre misterioso cumplió su promesa y volvió a por Petra en pocos minutos. Alzándola en brazos como si no pesara más que una gavilla de trigo la llevó a casa, donde cuidó de ella hasta que recuperó la salud. Pronto se casaron, no en ninguna iglesia, sino que hicieron que el cura oficiara la ceremonia en un claro del bosque, y cuando él empezó a acudir de vez en cuando al pueblo a hacer negocios no andaba desnudo, por supuesto, aunque nunca dio la impresión de ser una persona normal y se hacía llamar Paco Rocaforte, para la confusión de las viejas, que no fueron capaces de sacarle de quién era hijo, sobrino o nieto, asunto que ya sabes que es el tema principal en las tertulias que montan cuando se sientan al fresco en la calle. Tu bisabuela y él parecían muy felices y ella decía que estaban hechos el uno para el otro.

–Claro, con ese nombre no me extraña –interrumpí a la abuela.
–¿Qué nombre?
–Petra.
La abuela volvió a reír con ganas.
–Sí, el nombre no pudo estorbar, eso está claro.

El caso es que se amaron, un amor como el que toda persona debería conocer al menos una vez en su vida pero que muchos no encuentran. Y él cumplió en el matrimonio tanto como su aspecto daba a entender, con lo que tu bisabuela parió trece hijos, nada menos, tu abuelo y sus hermanos, todos machos sanos y recios. Los trece ayudaron a cultivar el suelo, criar a los animales y recoger unas cosechas más abundantes y de mejor calidad de las que nunca se hayan visto por aquí y jamás se volverán a ver, y nunca hubo penurias. Claro que el que esta casa fuera como una madriguera de conejos también tiene su parte mala, y es que cuando me casé con tu abuelo sólo trajo consigo una parte de catorce de las tierras, como todos los demás hermanos, y por eso hoy ninguno hemos podido vender nuestro trozo y hacernos ricos –volvió a reír la abuela, agitándose las borlas del chal sobre sus hombros–, pero no puedo quejarme. Unos zagales altos y fuertes, anchos de espaldas y trabajadores, nunca ninguno de ellos dejó un trabajo a medias y ni yo ni mis cuñadas pudimos decir nunca que nos quedáramos a medias tampoco en la cama. Incansables, en todos los sentidos. Y sanos, jamás vi a ninguno coger un mísero enfriamiento.

–Como yo, abuelita, que mi madre dice que tengo una salud de hierro.
–O mejor dicho es que eran duros como rocas. Un poco extraños, eso sí, de pocas palabras, no especialmente astutos pero imposibles de convencer una vez tienen una idea en el entrecejo y tremendamente leales con todo el que se ganaba su respeto y su cariño. Los vecinos seguían teniéndoles miedo, por todas las historias que se contaban, como cuando estalló el conflicto. ¿Sabías que los bombardeos arrasaron muchos de los campos de los alrededores pero jamás cayó un solo obús donde los Rocafortes? O cuando luego vinieron los rojos, que entraban en todas las haciendas grandes porque decían que eran de ricos y fachas, y arrasaban con todo lo que podían, comportándose como los legítimos dueños y humillando al que de verdad lo era, por placer, llevándose o quemando lo que no pudieran comerse y beberse en el momento. ¡Y ay si aparecían de sopetón y no había dado tiempo a mandar lejos a las mujeres de la casa! Hicieron mucho daño aquí los rojos pero yo escuché de chica, más chica que tú incluso, que no fueron capaces de entrar a robar en las tierras de mi suegro, porque se decía que cuando se arrimaron a la linde se encontraron con una muralla, toda de piedra basta, alta como una torre e igual de resistente, que ni se veía lo que quedaba al otro lado. Los que la intentaban trepar caían al suelo cuando estaban a punto de llegar a lo más alto, con muchos descalabros y piernas torcidas. La rodearon dos y tres veces pero no encontraron apertura, y cuando la intentaban echar abajo, con las palas o con dinamita, el muro resistía como la casa que el lobo quería echar abajo a soplidos. Se fueron como vinieron o peor aún, con el rabo entre las piernas, y ni un grano de los Rocafortes comieron. Pero cuando los paisanos escucharon esas leyendas, los más valientes vinieron a comprobarlas y ni un solo peñasco encontraron, nada fuera de su sitio. Les tuvieron miedo, mucho miedo, pero nadie se atrevió a decirles nada a la cara. Cuchicheaban y barruntaban, muchos desconfiaban, y no ayudaba el que tu abuelo, como los demás hermanos, tuviera tanto en invierno como en verano un cierto tono parduzco en la piel, algo así como si fuera en parte de sangre morena, y eso estaba tan mal visto por aquí como cualquiera de las otras explicaciones que se murmuraban. Mira, tú misma puedes verlo –dijo rebuscando en un bolsillo de su falda gris de donde sacó una foto borrosa y cuarteada de un montón de jóvenes con aceite en el pelo y camisas recién planchadas mirando muy serios a la cámara, pero era una foto tan vieja que en ella todo tenía color sepia y no terminó de convencerme.

–Estoy pensando una cosa, abuela.
–A ver, dime.
–Si el abuelo y los demás tenían todos tan buena salud ¿cómo es que están todos muertos? No me acuerdo de haber conocido a ninguno y no deberían de ser muy mayores.
–Ay, nena, ésa es la vergüenza de tu familia, y uno de los motivos por el que te estoy contando esto. Todo empezó con Paco. Cuidó de Petra muy bien, en vida nunca le faltó de nada, como le prometió. Pero después de trece partos su cuerpo se resintió y no volvió a recuperarse del todo, estaba dañada por dentro. Aún no era muy mayor y fue capaz de ver cumplir diez años al más chico pero cada vez se encontraba más tiempo enferma y un día simplemente se apagó, como un candil. Tenía gesto de haberse ido durmiendo tranquilamente y murió con una sonrisa en los labios. Pero tu bisabuelo cuando descubrió el cuerpo no fue capaz de soportarlo, aulló y gritó y lloró por primera vez que nadie supiera, el mismo suelo tembló con él. Dicen que así se abrió la cañada que hay detrás de las vides, que el arroyo se salió de su cauce e incluso que el mismo cielo se puso oscuro a mediodía compartiendo el luto. La casa se movía como si también se fuera a echar abajo y cayeron los techos de todos los cuartillos de atrás y se resquebrajaron la mitad de los muros, pero por suerte sus hijos corrieron a consolarlo y le tranquilizaron antes de que todo fuera a mayores. Lo hicieron a duras penas pero simplemente consiguieron eso, tranquilizarlo, no que lo aceptara. Era una persona muy dura, el viejo Paco, pero sólo por fuera, ¿me entiendes?, tenía el corazón tierno por dentro de la corteza, no pudo comprender que todos acabamos perdiendo a la gente a la que queremos y unos días después simplemente se perdió. Salió una noche y no volvió y nadie de la familia volvió a hablar del tema en muchos años. Así de sufridos sois los Rocaforte con los vuestros.

Desde entonces todas sabemos lo que antes o después nos acabará pasando. Nos casamos con uno de vosotros y encontramos al compañero más fiel que hubiéramos podido pedir. Pero nosotras nos hacemos viejas y nuestros maridos no tanto, y cuando estamos mayores y la enfermedad nos pueda venir a buscar cualquier día, ellos simplemente cogen un día y se vienen al campo, dejan toda su ropa y lo que llevaran en los bolsillos recogido y doblado junto al escalón y sus pisadas sobre la tierra apuntan al monte. Prefieren huir por donde vinieron antes de enfrentarse al dolor de vernos morir. Lo que en el resto de los asuntos tienen de valientes ahí lo pecan de cobardes.

–¿Y mi papá? ¿También se irá? –lloriqueé angustiada.
–Puede, aún no se sabe –me contestó posando suavemente su mano arrugada sobre mi cabeza– pero haz recuento de todos tus tíos y verás como muchos ya han cogido el mismo camino.
–¿Entonces por qué las mujeres se siguen casando con ellos? ¿Por qué no las avisáis?
–Porque los quieren. Te digan lo que te digan, incluso aunque te lo creas, que es difícil que ocurra, cuando se quiere a una persona ya toda razón llega tarde. Siempre está la esperanza, por pequeña que a los demás pueda parecer, de que contigo no va a pasar, que tú lo harás distinto. Ahora no lo comprendes pero lo harás. Te lo prometo.
–No lo entiendo, abuela –sollozé–, ¿y con las hijas qué pasa? ¿Qué hacen cuando crecen?
–Nadie lo sabe, cariño –y en las arrugas que se apretaron alrededor de sus ojos pude ver la infinita pena que sentía en esos momentos por mí–, fíjate bien, los hermanos de tu abuelo fueron varones y cada uno tuvo muchos hijos, todos machos también. Y tus primos son todos niños, ¿nunca has pensado en ello?. Eres la primera hembra Rocaforte en las tres generaciones y espero que ahora entiendas por qué tu madre se preocupa tanto cuando tiras las muñecas por la ventana, te escapas a jugar al fútbol o a apostarte canicas o cuando la llaman del colegio porque peleándoos a pedradas le has abierto una brecha en la cabeza a tres. Y a ti nunca te dan, ¿no es cierto?

Negué con la cabeza, incapaz de parar de llorar.

–Ya no te preocupes más –me consoló con un abrazo que olía a lavanda, como toda su ropa, mientras me volvía a llevar hacia la casa–. Llora hasta que te hartes y no te vuelvas a preocupar por el tema. Pero recuerda siempre esta historia, recuérdala y cuando te llegue el momento cuéntasela a quien venga detrás de ti. Es todo lo que podemos hacer.

Hace más de veinte años de esa noche pero cumplí la promesa silenciosa que le hice a mi abuela, que en gloria esté, y recuerdo su relato como si fuera ayer mismo. Me obsesionó mucho de pequeña, y hubo un tiempo en que me esforcé por llevar más lazos en el pelo y más faldas de flores que nadie, rehuía a los chicos con los que antes tanto me juntaba y devoraba todos los cuentos de mitología y fábulas que caían en mis manos. Pero empecé a crecer, a desarrollarme, y lo vi todo desde otro ángulo, mis compañeros adquirieron poco a poco otro tipo de atractivo y me burlé de lo crédula que había sido con todo este asunto. Aunque mi risa igual no fue nunca del todo sincera. Pero después de cumplir los veintidós y a punto de terminar la carrera una tarde mi padre cogió el coche para ir a hacer un recado y nunca volví a verlo. El coche sí, mi madre cuando anocheció llamó a una de mis tías y lo encontraron aparcado junto a la casa del campo, con los vaqueros de mi padre y la camisa blanca que llevaba bien doblados en el asiento del pasajero y las deportivas alineadas sobre la alfombrilla. Cuidé de mi madre y de mis tres hermanos pequeños, todos varones, y salimos adelante sin excesiva dificultad pero nunca volví a sentirme del todo tranquila. Le saco una cabeza a la mayoría de los tíos, jamás me pongo enferma, nunca me he partido nada y tengo los pechos del tamaño de un balón medicinal y el culo alto y bien lleno, pero llevo desde la edad del pavo esperando a que la gravedad haga su trabajo y ahí están, no han caído ni un milímetro, firmes como piedras. Tengo miedo de pensar en qué me convertiré dentro de veinte años pero, sobre todo, me aterra enamorarme. Para luego un día tirarme al monte.

Dura herencia la de la familia Rocaforte.

Madrid, 09/05/2008




Creo que no me salió mal, ¿verdad? La crítica fue por los derroteros de la falta de conflicto al inicio. Que si el motivo por el que la narradora está preocupada motivase la historia de la abuela ésta ganaría fuerza. No es mal consejo. También me dijeron algo sobre que los diálogos son demasiado exactos para ser recordados o inventados, pese a que explícitamente un personaje reconoce que se los está medio imaginando. Francamente, no creo que ése sea un punto muy flaco del relato.

¿Vosotros qué pensáis?

La corta carrera criminal de Sergio Peña martes, 20 de mayo de 2008

Una historia que nunca confesaré si está basada en hechos reales (nos ha jodido) y que provocó reacciones variopintas. Un par de compañeros del taller se sonrieron, una rió abiertamente (te has ganado el cielo, reina) y el profesor hizo ese sentido comentario de "si siempre te digo las mismas cuatro cosas y tú sigues repitiendo esos mismos cuatro errores, ¿para qué sigues viniendo a clase?".

Vale, igual el efecto de la acumulación de referencias pop (no todas de la época, un par he colado de rondón para los fans de QVMT) se hace cansino. En su momento me pareció entrañable. Yo qué sé.

No es fácil dejar de ser un hipotético magnífico escritor para convertirse en un juntaletras constatadamente mediocre.



La corta carrera criminal de Sergio Peña

Según los documentales de la Segunda Cadena, en lo más profundo del África negra los zulúes reunían una vez al año a todos los niños que ya empezaban a tener pelos en lugares hasta entonces imberbes, les daban una lanza y una calabaza llena de agua y los echaban a la sabana entre gritos de “ea, a cazar un leopardo”. A los que volvían a la tribu, con la piel del bicho sobre sus hombros, ya les dejaban construir su propia cabaña por el día y colarse en la de las mujeres por las noches, puesto que se habían convertido en guerreros, hombres de pleno derecho. En la Málaga de finales de los ochenta el rito iniciático consistía en mangar en El Corte Inglés. Diferentes culturas, el mismo concepto.

La culpa era de la sociedad, obviamente. En la tele, el Último Guerrero hostiaba a Rick Flair por el Cinturón Intercontinental de la WWF, Goku recogía con los brazos en alto la fuerza vital de todos los habitantes del planeta Namek para cargarse a Freezer de un bolazo de energía y Remington Steele resolvía los casos más rebuscados todos los días después del almuerzo mientras seducía a su compañera detective, Laura Holtz. Mientras tanto, nosotros pasábamos el día haciendo como que no se nos cerraban los ojos en clase, memorizando uno detrás de otro no sólo los ríos de España sino también sus puñeteros afluentes, haciendo interminables deberes de Historia por la tarde y yendo a la bulla a comprar huevos y pan a la tienda de la Juani, rapidito que ya mismo es la hora de cenar. Muchas veces, mientras todos los compañeros corríamos pesadamente una enésima vuelta al patio del instituto, respirando por la boca, apenas levantando los pies, aguantando los gritos de la histérica de Gimnasia con la cabeza gacha, como animales, me daba por pensar en el tema.
—Estoy sudando hasta las ganas de vivir, macho —resollaba Juanma cuando la profesora no miraba.
—Es que esto no es vida. Se supone que en la vida hay aventura, riesgo, diversión, y alguien nos está robando la parte que nos tocaba. Como descubra quien es, lo hostio.
Nos reíamos entre dientes como si fuera una tontería pero en el fondo todos sabíamos que era cierto. Nuestros padres nunca nos dejaban hacer cosas realmente divertidas, como ir a la discoteca el sábado noche en plan Toni Manero, coger las bicis y pirarnos a Nerja como los de Verano Azul o bajarnos de madrugada con nuestros pasamontañas y un palo a patrullar las calles del barrio y limpiarlas de gitanos, a lo Harry el Sucio. Necesitábamos emociones fuertes y, aunque no sabíamos donde encontrarlas, el dolor de barriga justo antes de un examen de Matemáticas no era precisamente un buen sustituto.

El momento de iluminación me vino una tarde cualquiera en forma de prenda de vestir. La llevaba mi colega Pelayo, con quien había quedado en nuestra oficina, o sea, los recreativos del barrio, para realizar una sencilla operación comercial. Eran tiempos más simples, donde nuestros padres aún podían creerse que los ordenadores que nos acababan de comprar, al precio del sueldo de un par de meses, nos servirían para estudiar mejor y sacar buenas notas, y donde la piratería no era cuestión de legalidad o moralidad sino simplemente de tener la oportunidad de copiarte algo. Nadie imaginaba siquiera lo que acabarían suponiendo Internet y las descargas pero ya habíamos diseñado nuestra propia red telemática de intercambio de información: tú me grabas un juego que yo no tenga, yo a ti otro y quedamos en un sitio a hacer el trueque. Incluso habíamos esbozado un sistema de créditos, ya que aceptábamos cualquier otro tipo de programa, de dibujo o para hacer carteles, pero entonces por cada disco mío me tienes que dar dos, y el ancho de banda del que disponíamos era el número máximo de cajas que podíamos llevar en una bolsa del Pryca sin que la abuela preguntara con suspicacia que qué llevábamos ahí y adónde íbamos con ello.
El recreativo era terreno neutral para este tipo de negocios y podíamos matar el rato mientras que llegaba el otro calentando en la mano la única moneda de cinco duros que nos podíamos permitir gastarnos ese día. Yo vagaba de máquina en máquina, mirando por encima del hombro al que jugaba, intentando decidir si me apetecía más ser el cachas del Fatal Fury que intentaba rescatar a su hija de una banda de pandilleros a guantazo limpio o si intentar ganar el Mundial de fútbol con la selección española, cómo no. Todavía andaba sopesando qué partida me iba a durar más tiempo cuando vi al fondo la cabeza del Pelayo sobresaliendo entre la multitud. Venía sudoroso, la cara enrojecida incluso en las pocas partes que no estaban sembradas de granos, muerto de calor pero aún así con un enorme chaquetón burdeos abrochado hasta el cuello.
—Te va a dar un nardo, tío —le saludé.
—Calla y disimula. ¿Traes mi Monkey Island?
—Claro.
—Vale, pues sácalo de la bolsa y mete esto.
Entonces abrió un poco la cremallera del abrigo y extrajo el Space Ace que me tenía prometido, escondiéndolo rápidamente en la bolsa. No era una copia de una copia de una copia, guardada en una caja de disquetes azules de tres y medio sin etiqueta ni marca ni nada, sino el juego original. Con su embalaje grande, de colores, con el dibujo del prota rodeado de tías en la tapa y pantallazos por la parte de atrás. Manuales, instrucciones de instalación e incluso un folleto para registrarte y que te mandaran publicidad de nuevos juegos al buzón. La leche. Sabía que los originales existían, y había babeado sosteniéndolos en mis manos en alguna tienda, pero nunca pensé que nadie pudiera gastarse las cinco mil pelas que costaba un programa de ésos. Y ahí tenía uno el Pelayo, el que nunca compraba pipas en el quiosco y teníamos que acabar dándole puñados de las nuestras cuando nos sentábamos a charlar en algún banco, porque gritaba a quien le quisiera oír que gastarse el dinero en chucherías era de ricos y que él era pobre como las ratas. Pero bien que se zampaba las de los demás el cabrón.
—¿Es un regalo de tu familia, Pelayo?
—Sí, de mi madre, ¿te gusta?
—¿El Space Ace? ¡Cómo no me va a gustar!
—No, gilipollas, el plumón.
Levanté la vista de la bolsa donde estaba el Santo Grial de la diversión y vi que Pelayo se cogía las solapas del chaquetón, permitiéndose abrirlo del todo por fin, girándose a los dos lados para que pudiera verlo por delante y por detrás. Era grueso, muy grueso, y más largo de lo normal, llegando casi hasta las rodillas. Si se hubiera puesto la capucha que le colgaba en la espalda, mi colega hubiera parecido el esquimal más alto y espinilloso del mundo.
—No está mal pero no comprendo…
—¿Cuando llegué viste el bulto de la caja que tenía dentro?
—No.
—Pues los de El Corte Inglés tampoco.
Y entre gritos de gol, disparos de láser y la música del Tetris me puse al día de los conceptos básicos en el mundo del robo de guante blanco en grandes superficies.

—¡Es la polla, es la puta caña! —exclamé eufórico a mis amigos levantando con las dos manos la caja sobre mi cabeza, incapaz de estarme quieto.
—¿Y cómo dices que se llama? —preguntó el Gutiérrez mirando la mercancía con veneración, como si les estuviera enseñando las llaves del Coche Fantástico. Hiperventilando, incapaz de hablar, les alargué la caja en la que se podía leer en un rótulo plateado “Barcode Battler”. Sacaron lo que había dentro, una maquinita negra, más grande que las que teníamos todos, las típicas de payasos saltando sobre trampolines que vendían los moros en los bazares, con una pantalla de cristal líquido en el centro.
—El Barcode Battler, tío, escaneas códigos de barras y te salen luchadores en el juego que los echas luego a pelear unos contra otros. Ocho mil pelas que cuesta —pude proseguir al fin entre jadeos—. ¡Ocho mil pelas! ¿Tú sabes lo que yo tardaría en sisar todo eso?
En pleno subidón, sin llegar a subir todavía a casa, me había llevado a mis dos colegas a los soportales de los bloques de arriba, lejos de la plaza, de miradas indiscretas y del ángulo de visión de mi madre desde la ventana de la cocina, para contarles la fechoría que acababa de cometer. No era ajeno al crimen, puesto que llevaba dos años diciendo a mi familia que desayunaba un bocata en el recreo y todavía no me había comido el primero, ya que con los diez duros de todas las mañanas iba el sábado a la tienda y me compraba algún juego de rol o el tebeo de Lobezno del mes. Pero eso era más como un trámite, una mentirijilla dicha con la cara seria, nada que ver con la descarga de adrenalina que sentía en esos momentos, el corazón latiéndome en el cuello y el hormigueo casi insoportable en los dedos de las manos. Tenía que contarlo, no podría dormirme esa noche si no se lo contaba antes a alguien.
—Queremos saberlo todo —insistió el Gutiérrez, las pupilas dilatadas ante la mención del dinero.
—Es actitud, ¿vale? Como en la serie de Misión Imposible, es todo actitud, igual que cuando se disfrazan de fontaneros y se cuelan en todos sitios. Que parezca que estás haciendo algo totalmente legal. Ésa es la clave. Si andas escondiéndote, mirando a los lados y metiéndote las cosas debajo del jersey la has cagado, macho. Ya sé que eso es lo que hace el Pelayo, por eso me lo he montado por mi cuenta. Le van a acabar pillando antes o después, recuerda mis palabras. Lo que hay que hacer es ir a tu bola, ¿vale? —asintieron— Te vas a la planta de juguetes, dando un paseo. Tienes que ir mirando las cosas como si fueras a comprar un regalo o algo, pero tampoco te puedes entretener mucho en un sitio y dar el cante. Pero peor aún sería ir corriendo a por lo que quieres, ahí, a lo loco. Tú pasea. Y mira los precios, como si fueras a comprar. Eso es importante.
—Ajá. Mirar los precios.
—Eso es. Vas mirando, te acercas a lo que te vas a llevar y lo coges, como mirando el precio. Entonces te lo llevas en la mano, con toda naturalidad, como si fueras a la caja, ¿vale? Lo has cogido para comprarlo y vas a pagarlo. Pero no te puedes acercar a la caja, que entonces te van a ver los dependientes, que están ahí para eso. Lo que haces es que a mitad de camino te vas yendo hacia la puerta. Lo sigues teniendo en la mano, como si lo hubieras comprado ya y te fueras a tu casa. ¡Y ya está! No te escondes, no evitas los sitios donde hay guardias, simplemente sales tan tranquilamente. Me dieron ganas de llevarlo a que me lo envolvieran para regalo, pero no sé si me iban a pedir el ticket, así que me fui tal cual. Tenemos que enterarnos, si lo tienes ya envuelto nadie va a pensar que es mangado. Es un plan cojonudo.
—Entonces, ¿te lo has llevado sin pagar? —dijo Sergio Peña soltando enseguida el cacharro, como si de repente quemara.
—Que sí, joder, pero como me lo rompas me debes ocho mil pelas.
—Pero robar es pecado… —de acuerdo, el Peña no encajaba mucho con nosotros, pero hay veces en el colegio en que te haces amigo de alguien por las razones más peregrinas, como que tiene tu mismo nombre. Y era útil tener un inocente a veces como coartada, ninguna madre sospechaba del Peña.
—Ni puto caso a éste —interrumpió el Gutiérrez—. A mí me interesa pero lo de las máquinas no me va mucho. Tenemos que llevarnos porno, tío. Vídeos porno.
—No tienes ni puta idea —contesté—, precisamente el porno es de lo que está más vigilado, coño, si es que es de cajón. ¿Tú crees que nos iban a dejar acercarnos a manosear las cintas de tetas al aire? Piensa un poco, joder, la oportunidad está con los juegos y la música. Para el porno ya tenemos a Mario, el hijo del del quiosco, que me ha dicho que puede mangarse un vídeo de la tienda y nos los cambia por cuatro juegos de Spectrum. Yo podría hacerlo por mi cuenta, pero la putada de hacerse el inocente es que no puedes estar mirando a lado y lado por si alguien te controla, hay que tener mucho cuidado y me tendría que llevar cosas muy poco a poco. Necesito gente que haga vigilancia y montar un plan. Os aseguro que en dos semanas desplumamos la planta entera. ¿Estáis conmigo?
Sonreímos los tres, de oreja a oreja. No hay nada que una más a unos adolescentes que la promesa de nuevo material para las pajas.

La primera semana nos la pasamos de reconocimiento. Teníamos que conocernos El Corte Inglés de cabo a rabo, qué había en qué estantería, de qué lado estaban las escaleras mecánicas que subían y de qué otro las que bajaban. Cuáles llegaban al sótano y cuáles se quedaban en la planta baja y el camino más corto para llegar de una a otra. Cuántas puertas había de salida a la calle y cuál quedaba más cerca de cada uno de los departamentos. Incluso llegamos a dibujar algunos mapas a boli en una libreta de cuadritos, ya a posteriori cuando volvíamos al barrio, que no era cuestión de parecer sospechosos. Lo que no se nos llegó a ocurrir es que tres chicos que se pasaban las tardes zanganeando de estantería en estantería igual sí que eran sospechosos por definición. Tampoco es que nos hubiera detenido el sentido común a esas alturas.
A Sergio Peña sí que había que convencerlo de tanto en tanto. Como con M.A. cuando había que subirlo en avión, el Gutiérrez y yo usábamos cada truco que sabíamos para liar al Peña. Apelábamos a su lealtad, a su codicia, le dejábamos gratis revistas guarras, lo que fuera. Pronto se rendía a nuestra presión incansable pero por la noche rezaba antes de ir a la cama y su Pepito Grillo volvía a despertarse ante la cercanía de Dios. El rifirafe duró hasta que al Gutiérrez se le ocurrió amenazarle con decirle a su madre lo de la vez que se había fumado un porro. Yo no había caído en ello porque cuando le habíamos contado que los porros se hacían de chocolate no le habíamos especificado de QUÉ chocolate, y al día siguiente él nos juraba y perjuraba que, como no quedaba Nestlé en casa, se había tenido que colocar fumándose media barrita rallada de Milkibar. Pero que menudo pelotazo. Yo a duras penas pude contener las risas cuando el Gutiérrez le recordó su pasado de drogadicción pero, aunque era una gilipollez, lo importante es que el Peña no sabía que lo era, y con ese chantaje compramos su colaboración incondicional.
Tras unos diez días de cartografiar cada rincón de los grandes almacenes estábamos impacientes por dar nuestro primer golpe. Sentados en un escalón con un paquete de gusanitos para los tres, repasé con ellos los últimos detalles de nuestra estrategia.
—Recordad, no hay que temer a los guardias de la puerta ni a la gente de las chaquetas rojas. Las chaquetas rojas no están ahí para pillaros. Las chaquetas rojas son simplemente un aviso, como un cartel que pone “eh, sabemos que hay gente que roba, vamos a por vosotros”. Están para llamar nuestra atención y meternos el miedo en el cuerpo. Pero ni caso. Los chungos son los vigilantes secretos. Ésos van con ropa normal dando vueltas y como te vean haciendo algo llaman a Seguridad. Si veis a alguien fijándose mucho en vosotros no os confiéis y a despistarlo. Si no se puede, abortamos y nos encontramos en la calle. Mejor vivir para volver otro día, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo! —asintieron los dos.
—Vale. Pero, oye, que aunque sean sólo para llamar atención los de las chaquetas rojas también tienen ojos, ¿eh? Que porque se les vea venir no os vayáis a olvidar que están ahí, ¿eh? Bueno, decidme cada uno lo que tenéis que hacer.
—Yo voy a despistar —dijo el Gutiérrez con la voz firme y una media sonrisa—. Me pongo por la parte de los juegos de Amiga y miro mucho para los lados, que parezca que soy el que va a mangar y se fijen todos en mí.
—Yo espero un par de minutos y voy para los de Spectrum —siguió el Peña—, cojo el Mortadelo II y el nuevo de las Tortugas Ninja y me los llevo en la mano, leyendo la parte de atrás.
—Y yo estoy en el extremo del pasillo controlando, ¿vale? —concluí— Si escucháis que toso lo dejáis todo en su sitio o donde tengáis más a mano y para fuera, sin correr pero sin pararse. A las malas quedamos donde los helados.
—¿Por qué tengo que ser yo el que mangue? —se quejó Sergio Peña estudiándose cuidadosamente la mierda que tenía bajo las uñas— ¿Por qué no lo cambiamos y hago la parte del Gutiérrez?
—Porque él tiene cara de cabrón y tú de niño bueno. Ninguno de los dos sería creíble en el lugar del otro. Además —sentencié—, creo que ayudar a un ladrón es el mismo pecado que robar. Se lo vas a tener que confesar al padre Manolo igual.
Antes de que al Sergio se le fuera a ocurrir cómo seguir la discusión, y de que ninguno de los dos se fuera a dar cuenta de que llevaba diez minutos cogiéndome las manos para que no me temblaran, me levanté un poco una manga dejando el Casio que me habían regalado para la comunión al descubierto.
—¿Listos? Sincronicemos los relojes, caballeros.
Y después de tan crucial preparativo, entramos por la puerta principal, dispuestos a llevarnos todo lo que no estuviera clavado al suelo.

Teniendo en cuenta las circunstancias no nos salió nada mal. Nos desplegamos por el campo de juego como el equipo de Oliver y Benji, cada uno en su posición exacta. Gutiérrez cogía las cajas con los discos de cuatro en cuatro, exagerando un poco pero no demasiado, puesto que queríamos acabar volviendo unos días después y no convenía que nos ficharan en nuestra primera operación. Yo me coloqué cotilleando por donde las impresoras y aprovechando que por aquel entonces ya sobrepasaba el metro ochenta me dediqué a controlar al bando enemigo por encima de los mostradores. Los seguratas y las chaquetas andaban en puntos fijos, así que si no se movían no había posibilidad de que nos cazaran, puesto que habíamos tenido cuidado de situarnos fuera del ángulo de su campo de visión. Los dependientes sí que a veces se separaban de las cajas para ir a buscar algo o para comerles la cabeza a la típica familia que cometía el error de pedirles consejo a uno de ellos —invariablemente se los llevaban a los ordenadores más viejos y más caros, intentando endosárselos si veían que no tenían mucha idea—, era cuestión de vigilar que no se acercaran por los alrededores del Peña. La dificultad eran los secretas. Estaban descartados todos los compradores que no iban solos, aunque había que tener cuidado de que alguna señora con abrigo de pieles no viera ofendida su sensibilidad moral y saliera corriendo en busca de un vigilante a chivarse de nosotros. Pero por la parte de Informática había muchos tíos jóvenes dando vueltas solos, y nunca se sabía si un veinteañero llevaba media hora mirando videojuegos porque esperaba a que su novia se hartara de gastar dinero en la planta de Moda Joven o porque trabajaba allí, infiltrado. El Peña ya estaba junto al botín, mirando a todos lados bastante más de lo recomendable pero gracias a Dios sin hacer ningún tipo de ruidos raros. Tenía la misma cara de asco que cuando le retamos a comerse una cucharada sopera de Blandiblub, y temí que, como aquella vez, le diera por vomitar. No debí de ser el único que se dio cuenta, porque vi por el rabillo del ojo como una muchacha de pelo de estropajo y cazadora vaquera se iba aproximando disimuladamente, orbitando cada vez más en su dirección. Por el pasillo del otro lado también se acercaba un joven alto, vestido con traje como si llegara de trabajar. Triangulé sus dos trayectorias y, efectivamente, se cruzaban en la esquina donde mi tocayo ya estaba cogiendo los dos estuches a por los que habíamos venido. Nuestro señuelo no había funcionado así cogí aire para toser…
¡RRRRAASSSSSS!, sonó un estruendo de plástico rompiéndose como si el Barco Pirata de los Clicks hubiera decidido que la mejor forma de conquistar el Fuerte Playmobil fuera embestir contra la puerta, destrozar la empalizada y maricón el último. Si ambos juguetes estuvieran hechos a tamaño real. Así de exagerado me sonó a mí, al menos.
Toda la planta giró la cabeza para mirar más o menos hacia las estanterías del software de Amiga. Se me atravesó la bocanada de aire en la garganta cuando comprobé que, efectivamente, era el Gutiérrez arrancando envoltorios y abriendo cajas con las dos manos. Afortunadamente me dio un ataque de tos tal que me doblé en dos intentando recuperar el control del diafragma. Un par de dependientas vinieron a ver si estaba bien y en el consiguiente revuelo mis colegas aprovecharon para largarse ambos, mientras toda la gente me miraba haciendo apuestas mentales sobre si me iba a morir allí mismo, en la planta dos. Luego diría que todo había sido un truco para alejar la atención de mis amigos y que lo había hecho para salvarles el culo. Mis cojones. Por poco me quedo en el sitio.
—¿En qué coño estabas pensando? —le grité luego al Gutiérrez de vuelta al barrio— ¿Estás tonto o le escupes a los aviones?
—Que son juegos de Amiga, hostia, y el Guzmán me los paga a cuatrocientas pelas, ciento y pico para cada uno. Lo que pasa es que me di cuenta de que éstos, como son más caros, llevan unas pegatinas de las que pitan en la puerta, y se las tenía que quitar. Pero, mira, tres tengo.
Si el Gutiérrez decía que nos los pagaban a cuatrocientas pesetas quería decir que probablemente fuera a seiscientas y nos estuviera timando cuarenta duros, pero aún así ya era más dinero del que podía conseguir en semana y pico de pasar hambre en los recreos. Me mordí el labio inferior debatiéndome entre seguir con el puteo o darle un abrazo cuando me interrumpió el otro Sergio, temblando como un flan.
—Yo también la he cagado, quería seguir con el plan como tú nos habías dicho pero me he puesto nervioso y se me ha olvidado soltar mis juegos. Aquí tengo los dos, ¿intento volver a dejarlos?
Nuestras risas histéricas anunciaron la victoria de la avaricia sobre el sentido común.

El siguiente par de meses el precio de las blusas de señora debió de subir un tres por ciento para compensar las pérdidas de todo lo que nos mangábamos. Como no queríamos que se quedaran con nuestras caras decidimos ir rotando la planta en la cual trabajábamos y, como resultado, robamos cosas de lo más inútiles y variopintas. Como inútil se demostró el famoso Barcode Battler que me llevó por el camino del mal; jamás me aceptó código de barras alguno y acabó arrinconado en el armario, harto ya de los cuatro personajes que traía y los molestos ruiditos electrónicos en que se traducía el supuesto festival de hostias. Igual de absurdo fue un imán de herradura que tuve la mala idea de guardar en el mismo bolsillo que dos cintas de audio que se borraron al instante, pero que me llamó la atención porque era rojo y negro, superbonito. O una armónica que sonaba a uñas rascando una pizarra y sabía a herrumbre y a sangre, de tanto que me cortaba los labios al usarla. O un cactus pequeñito, aunque la gracia de éste fue el reto que me supuso sacarlo más o menos escondido en el bolsillo de atrás del pantalón sin pincharme el culo. Aunque tanto botín al azar también me expuso a estímulos que de otra forma jamás hubiera recibido. Como la cinta de Siniestro Total, que me enseñó lo que era el rock. O la de Modestia Aparte, que hizo que otro colega y yo nos acabáramos apuntando al Conservatorio, convencidos de que no había nada más mojabragas que un tío que tocara un solo de saxo en una azotea a la luz de la luna. Mangué tantos módulos de rol que no tuve que volver a inventarme una partida de La Guerra de las Galaxias en mi vida. Y aunque mis padres tardaron muchísimo en comprarnos un vídeo, me llevé con los cambios tantas revistas guarras que prácticamente dupliqué mi vocabulario a base de Climáx y Cartas Privadas de Pen que, por cierto, fueron una de mis primeras aproximaciones al relato corto. Estábamos desbocados, habíamos perdido el norte, éramos como unos yonkis que necesitan ir aumentando la dosis de adrenalina poco a poco para seguir sintiendo las cosquillas en la boca del estómago. Cosquillas que daban sentido a nuestros sábados por la tarde, cuando se nos aceleraba el pulso y adquiríamos visión de túnel, totalmente concentrados en la tarea a mano, en nosotros y en lo que nos rodeaba. Ese leve mareo que nos daba una razón para anticipar y maquinar y planear de lunes a viernes y esas carcajadas de puro nervio cuando hacíamos el recuento de nuestras ganancias el domingo. Éramos unos fugitivos, como el Equipo A, huyendo de la ley. Éramos unos genios de la improvisación, como McGyver. Éramos los putos amos.

Por supuesto, no tardamos en cagarla. Igual que Chicho Terremoto, que se retiró del baloncesto cuando vio que podía ganar cualquier partido sin dificultad y se dedicó al tenis o a la esgrima, nosotros también necesitábamos aumentar el peligro y cada vez nos llevábamos más cosas, vigilábamos menos y estábamos más convencidos de nuestra inteligencia e invulnerabilidad, los críos que se la dan con queso a todos los adultos, como el Club de los Cinco. Total, que nos descuidamos. No recuerdo qué andábamos haciendo aquel día en la última planta, la de los saldos y los muebles de jardín. Empezaba ya a hacer calor en la calle y en El Corte Inglés tenían el aire acondicionado siempre puesto, así que era ya nuestra opción por defecto para cualquier rato muerto, nos íbamos una planta más arriba que la última vez y a por lo que hubiera. Supuestamente le volvía a tocar pringar a Sergio Peña, que estaba rebuscando en un cajón lleno de discos de vinilo. Gutiérrez y yo cada uno a un lado de la sección, preparados por si alguien demostraba estar fijándose en nosotros. El Peña escogió un LP, a saber con qué criterio, y empezó a deslizarse con sonrisa bobalicona camino de los ascensores.
Podría muy bien haber sido culpa mía, que con un ojo controlaba quien venía por las escaleras pero con el otro me flipaba con una vidriera llena de instrumentos musicales que ni siquiera sé por qué estaban allí. Pero fue cosa de Gutiérrez, porque fue por su lado por donde escuché a una de las vigilantes, con su uniforme verde, su gorra de plato y su porra, gritar:
—¡Hey, chaval!
El Peña y yo alzamos la cabeza como el típico perrillo de las praderas, inmovilizados por un segundo. A lo lejos vi al Gutiérrez que miraba hacia atrás con cara de culpable y se iba pitando escaleras abajo. Cabrón traidor y avaricioso. A saber qué objeto brillante le habría llamado la atención por aquel lado de la planta. Sergio soltó el disco de clásica que llevaba en las manos y el estruendo que hizo al caer contra el suelo fue como el disparo que anuncia la salida de una carrera. Corrió como yo pensé que sólo podían correr el Correcaminos o Speedy Gonzales, con los pies hechos un borrón circular, levantando nubes de polvo del suelo. La de seguridad salió detrás suya mientras el resto de cajeros de las cercanías se daban cuenta de la situación y se colocaban entre los diversos mostradores dispuestos a cortarle el paso a mi amigo. Éste derrapaba, cambiaba de dirección, se agachó para esquivar el abrazo de uno de los enchaquetados que se creía que lo tenía ya a su alcance, esquivó a uno, dos, tres empleados y en el sprint final de su carrera, una carrera realmente criminal, pasó en primera posición por una especie de pórtico metálico y se perdió de mi vista tras unos setos artificiales que tenían como decoración.
Los dos guardias que aún lo perseguían se pararon junto a esa salida recuperando el aliento y uno de ellos dijo tranquilamente:
—Sabes que te has metido en el buffet del restaurante, ¿verdad?
—Ajá —respondió débilmente la voz del Peña desde dentro.
—Pues ven, anda, que no hay otra salida.
Apareció entre las risitas de los espectadores, arrastrando los pies y mirando a las baldosas mientras los vigilantes lo acompañaban hacia las oficinas. Yo me fui rápidamente, no porque pensara que me podía arrastrar en su caída sino por desaparecer antes de que alzara la cara y tuviera que sostener su mirada. En el cuartillo que usaban para estos menesteres le asustaron un poco, él se hartó a llorar y le dijeron que se lo contara todo a su madre, antes de que el jefe de seguridad fuera a llamarla en persona, que sería peor el puteo si ella no estaba enterada. El alma cándida les hizo caso y de vuelta a casa cantó como un mirlo. El domingo a primera hora corriendo a confesarse a la Iglesia, dos meses castigado, y de todo esto me tuve que enterar por los rumores, porque jamás volvió a juntarse con nosotros.
Rota la confianza y roto el grupo, no volví a usar cómplices para dar un golpe. El Gutiérrez se pasó a los porros de verdad y a las tías, que se veían atraídas por su pose de delincuente malote, así que no sé si siguió siendo un chorizo. Supongo que sí. Yo lo intenté unas cuantas veces más, pero como con desgana, y al final me enganchó uno de los guardias de la puerta con un suplemento de Robotech debajo del brazo. Como era un poco más listo que mi tocayo dejé que me ficharan pero no dije nada a mis padres, que me hubieran vuelto la cara del revés de una hostia, así que mi peor castigo fue simplemente la vergüenza que pasé. No pude volver a entrar a El Corte Inglés en años y pensé durante mucho mucho tiempo que jamás podría trabajar allí o ser elegido Presidente del Gobierno, porque un rival político podría airear mi historial delictivo y arruinar así mi reputación como cargo público. El Pelayo también dejó por esas fechas de cambiar juegos originales y venía con los mismos disquetes cutrongos que manejábamos los demás pero jamás me atreví a preguntarle. La primera vez que me dio uno de ésos me limité a mirarle a la cara y a girar levemente la cabeza, como esperando una explicación. Él se encogió de hombros y ahí lo dejamos estar. Al fin y al cabo seguía habiendo honor entre ladrones.

Madrid, 01/05/2008


Nombres cambiados para proteger a los culpables. :D

Datos Incómodos lunes, 12 de mayo de 2008

Haciendo balance de sus fallos y sus aciertos, uno de los relatos de los que estoy más orgulloso de todos los que he hecho para el taller de escritura, la primera vez que escuché una exclamación de uno de mis compañeros tras terminar de leer en voz alta. Espero que vuelva a pasar de vez en cuando.

Resulta que acababa de tragarme Fantasmas, de Palahniuk, y me tiré cada página del libro pensando "yo quiero hacer mi siguiente cuento como uno de éstos. Menos como el de los intestinos. Quedaría mal si vomito leyendo mi propio relato".


Datos Incómodos
 
    Mónica despierta en una habitación de hospital de la que han quitado todos los espejos, incluso el del baño. No reconoce donde está. El sol de primavera que entra por la ventana la ciega y la débil brisa que agita las cortinas de plástico hace que le escueza la cara bajo los vendajes.
    Una forma borrosa dice:
    –¡Hija, qué alegría!
    Mónica intenta contestar pero tiene tubos saliendo por la boca y apenas puede gruñir.
    La forma dice:
    –No trates de hablar, voy a por un médico –y se levanta de lo que podría ser un sillón para desaparecer del estrecho campo de visión que le queda a Mónica, tan imposible mover su cabeza como un bloque de granito. El cansancio que le produce el mero hecho de intentarlo pone fin a su primer día de vuelta en el reino de los vivos.

    –Has tenido mucha suerte –el joven cirujano maxilofacial sonríe como si fuera a hacerle entrega de un talón de esos gigantes de la tele, el premio lleno de ceros de un concurso de máxima audiencia–. La reconstrucción ha sido difícil pero hemos conseguido salvarte el mentón y parte de la dentadura. Recuperarás casi toda la visión del ojo izquierdo. Conservas la movilidad en brazos y manos. La pérdida de memoria está limitada al accidente en sí y es perfectamente normal en esta clase de traumas. El ochenta y siete por ciento de las víctimas de un accidente de tráfico a esa velocidad mueren en el acto o en las primeras veinticuatro horas.
    –El doctor tiene razón, ha sido un milagro –le intenta reconfortar su madre, retorciéndose compulsivamente las manos–. La estadística estaba en tu contra.
    –Raúl jamás corre tanto –Mónica también sabe algo de estadísticas. Se encargaba, en un trabajo que ya no podrá volver a hacer, de presentarlas en interminables reuniones y ruedas de prensa, distraídos los asistentes por su cara de niña buena y su cuerpo de mujer mala, tras haber torturado implacablemente las cifras hasta que gritaran lo que se quisiera que dijeran. Un trece por ciento de probabilidades de vivir significaba casi nueve entre diez de no tener que sufrir el dolor de enterrar al amor de tu vida.

    Él era un buen chico, alto y vivaz, siempre observándolo todo con los ojos muy abiertos, sus gestos tan rápidos como su risa, sus palabras tan amables como su mirada. Siempre ayudaba a llevar los carritos de bebé de las señoras que se esforzaban en subir o bajar solas las escaleras del metro. El día cinco de cada mes le mandaba un SMS a su novia, celebrando el día en que empezaron a salir: a veces un chiste, a veces la letra de una canción, pero jamás se repetía. Siempre comprobaba dos veces si tenía las llaves en el bolsillo antes de salir de casa. Se ruborizaba cada vez que ella traía algún nuevo plan para darle picante a su vida sexual, rara vez se enfadaba por mucho que le insistiera en alguna práctica a la que se negara en principio y casi siempre acababa claudicando. Raúl era cariñoso. Era prudente. Y al volante jamás sobrepasaba el límite de velocidad, aún cuando Mónica se enfadaba porque les adelantaban todos los domingueros de la autovía.
    Ocho años contigo, mi amor, cómo podré soportar tu ausencia, piensa, pero dice:
    –¿Quién ha sido, madre? ¿Quién ha matado a mi novio?

    Al principio nadie sabe lo que decir. Mónica insiste, si el golpe ha sido tan brutal y el conductor no corría, es que algún otro vehículo les ha embestido. Ella lo intenta una y otra vez pero no puede recordar nada más allá de subir al coche y dirigirse a la carretera camino de Barcelona, un viaje de fin de semana como tantos otros.
    –No te esfuerces, hija, no merece la pena. Déjalo estar –le suplica su madre. Pero Mónica no es de ésas. El agente de policía que le toma declaración hace muchas preguntas pero no responde ninguna. En comisaría pronto aprenden a dejar sus llamadas en espera, sometiéndola a una cruel dosis de música de ascensor hasta que se desespera y cuelga.
    –Quiero saber quién chocó con nosotros –repite a su familia–, me han enseñado las fotos del siniestro, he visto nuestro coche reducido a un amasijo no más grande que mi maleta pequeña. Alguien mató a Raúl.
    –No sabemos quién fue –concede su madre, suspirando.
    –Se puede averiguar.
    –La policía no sabe nada, por lo que han deducido tuvo que ser un camión pero se dio a la fuga, cuando os encontraron ya no había nadie. No sabemos quién es y tú tampoco debes buscarlo. No vuelvas a preguntarnos, por favor.
    Y no lo hace. Tampoco parece necesario. El sesenta y tres por ciento de los accidentes que ocurren en autovías radiales quedan grabados en vídeo por cámaras de vigilancia de tráfico. Es sólo cuestión de conseguir las cintas. La policía directamente le cuelga ya el teléfono y han incluido los números desde los que suele llamar en una lista negra para que no logre pasar más allá de la centralita. En Tráfico son menos bruscos pero también le niegan cualquier tipo de acceso a las grabaciones. Mónica no tarda en darse cuenta de que consigue mejores resultados acudiendo en persona. Hay algo en las cicatrices que le atraviesan el rostro y en el agujero debajo de la nariz donde solía haber una boca que hace que los funcionarios con los que habla estén incómodos en su presencia y hagan lo que sea por no tener que seguir mirándola, tragando saliva y respirando por la boca como quien huele algo desagradable. Buscan y buscan en sus ordenadores pero no consiguen ningún vídeo. Una orden judicial no servirá de nada, sencillamente tuvieron la mala suerte de chocar en la única curva de la A-2 entre Madrid y Zaragoza que queda sin monitorizar.

    Pone anuncios en los diarios, manda correos electrónicos buscando testigos, se mete en todos los foros que se le ocurren de Internet buscando al elusivo conductor asesino. Todos los días comprueba su correo con la esperanza de obtener un dato fiable entre la montaña de bromas crueles y gente bienintencionada que se confunde de día, de coche o de carretera. Tras separar el polvo de la paja, día tras día, nadie sabe nada.

    –Hija, deberías buscar un novio nuevo –dice su madre–. Yo quería a Raúl y lo sabes, pero llevas meses encerrándote en ti misma. Lee estos folletos que nos dieron en el hospital. Dicen que sólo el catorce por ciento de los pacientes que pasan por una intervención de cirugía reconstructiva permanecen solteros tras el post-operatorio. Eres joven. No creas que no puedes encontrar a alguien que vea más allá de la superficie.
    Lo que Mónica descubre, tras un breve vistazo a las fuentes de dicha estadística, análisis para el que su familia carece de capacidad, es que el ochenta y dos por ciento de los sujetos con final feliz de la muestra mantenían una relación de más de tres años con la misma pareja con la que siguieron después. Y que, de todas las chicas que estaban solas y consiguieron empezar con alguien después de la operación, el noventa y dos por ciento sufrían deformidades de menor gravedad que la suya. Y ocho de cada diez monstruosidades como ella al final ligaron con ciegos.
    Los números no mienten. Pero hay que saber qué preguntarles.
    –Mamá, tienes razón, pero necesito que me ayuden a buscar –responde Mónica unos días después, antes de salir de casa por primera vez en semanas, una carpeta llena de recortes de periódico con direcciones de videntes bajo el brazo. Su madre no dice nada que pueda indicar rechazo, pero se lleva involuntariamente una mano al pecho, tocando a través de la camisa su pequeño crucifijo de plata.

    Cada vez que invariablemente ve sobresaltarse a uno de los adivinos cuando le abren la puerta de su consulta y le miran a la cara no puede evitar pensar que debería de ser más difícil sorprender a un vidente. La mayoría se recompone rápido, fingiendo pasar más tiempo del normal alisando arrugas imaginarias de sus túnicas, y casi todos dicen poder encontrar al conductor del camión. Cartas astrales llenas de líneas hechas a lápiz, péndulos bailando sobre mapas, oraciones a los ángeles o al diablo, pasa por todo. Para nada. La primera vez que obtiene una dirección, aún siendo imprecisa, hace uso del juego de llaves de la casa de Raúl que aún conserva, se cuela por la noche, un fin de semana que sabe que no hay nadie, y roba la pistola de su padre, Guardia Civil de toda la vida, aquella misma pistola que a veces le enseñaba su novio para impresionarla cuando eran mucho más jóvenes y aún se impresionaba con esas cosas. La décima vez que sigue una pista falsa ya casi ha perdido la esperanza de poder llegar a usarla.
    –Seré sincero contigo –le dice un chico flaco que se gana la vida escudriñando los reflejos del interior de una enorme bola de cristal–, ninguno de nosotros podemos encontrar a ése que buscas. Éste es tu camino y lo tendrás que recorrer tú sola o jamás hallarlo. No gastes más tu dinero –y empuja de vuelta los billetes que ella había puesto sobre la mesa– y simplemente acepta esta predicción: sal la Noche de los Muertos, disfrázate para que los espíritus no te reconozcan y deja que te ocurran cosas. Es una fecha poderosa. Y veo para ti un punto de inflexión, ahí ya divisarás a lo lejos dónde te lleva esto.
    La noche de Halloween está cerca y la ciudad se llena de fiestas. La familia de Mónica está encantada en volver a verla interesada por salir y divertirse y la ayudan a escoger un vestido bonito para la ocasión: lleno de encajes negros, vaporoso por unos sitios y ajustado donde debe serlo, conjuntado con una máscara que le cubre toda la cara. Cuando entra sola en las discotecas, casi oculta entre el humo del tabaco, arropada por el ruido de la música de moda, silueteada por fogonazos repentinos de luces de colores que no paran de moverse, se siente por un momento la chica que era. Nota las miradas de los chicos y, afortunadamente, todas ellas se dirigen a un punto dos palmos por debajo de su cabeza.
    Baila durante horas pero no acepta ninguna bebida; no quiere retirar su careta ni un segundo. Deja que la toquen un poco el culo pero no permite que intenten besarla. No fuma ni esnifa ni toma pastillas. Hoy no necesita ninguna sustancia para estar eufórica, un poco mareada, desinhibida. La misma vida la emborracha. Y en un solo instante su espíritu tropieza, repentinamente sobria, al ver, cambiada su bata azul por una cazadora de cuero y los pelos de punta, a su cirujano con unos amigos entre la multitud. Y se da cuenta de que pese todos los callejones sin salida a los que ha llegado en sus indagaciones, jamás se le ocurrió conseguir los resultados de la autopsia de su novio.

    Perdóname por hacer esto, Raúl, piensa mientras se acerca al orgasmo, aumentando la violencia de sus movimientos, haciendo crujir la camilla sobre la que cabalga a su médico, su máscara la única parte de su disfraz que no está tirada en el suelo de la morgue. Jamás te puse los cuernos, espero que lo supieras. Pero esto lo hago por vengarte, piensa, lo hago por ti. Tengo un plan, y funciona. 
    –Quiero saber quién eres –jadea el médico y ella sonríe. Pronto, piensa. No es difícil ligarse a un tío si sigues estando buena. No es difícil dejarle que hable de él y de su trabajo si haces como que te impresiona su salario. No es difícil darle morbo si le dices que tu cara está prohibida pero que puede hacer con tu cuerpo lo que quiera. No es difícil hacerte la gótica y susurrarle guarradas que le prometes practicar con él si os puede colar en el depósito de cadáveres, sitio en el que siempre has querido hacerlo. Nada de eso es difícil, las probabilidades de tirárselo eran de noventa y nueve entre cien, lo difícil es soportar su grito de horror cuando, después de que él se haya corrido dentro de ti, te apresuras a llegar a la puerta, con tu máscara en una mano y el preservativo rebosante en la otra.
    –Te has tirado a una paciente y lo puedo demostrar. Da igual si no crees que hayas hecho nada malo, sabes que el público lo verá de otra forma –no necesita amenazarle mucho para conseguir hacer un trato. Dos minutos con su usuario en el ordenador de su despacho y la impresora escupe una copia de la autopsia que se queda ella, los papeles por el condón, ése es el trato–. Esto es importante –dice Mónica golpeando los folios contra el marco de la puerta al marcharse–, me lo dijo la única persona que ha sido honesta conmigo en todo este tiempo. Lo vio en mi aura.

    El informe usa palabras técnicas pero en líneas generales es fácil de entender. Traumatismos masivos en cabeza, tórax y abdomen. Ésa parte era sencilla de suponer. El desgarro del pene es el inicio de la sorpresa. Hallado semen sobre el cuerpo, sobre su acompañante, en el salpicadero, en el asiento. Hallado el miembro en el suelo del vehículo con marcas de dientes correspondientes a la segunda víctima, M.E.P. Arrancado de cuajo de un mordisco, se horroriza Mónica, cerrada su mandíbula por la fuerza del impacto. Y entonces recuerda. Recuerda como siempre quiso hacerle sexo oral a su chico mientras conducía. Recuerda como él nunca se dejó, porque le daba miedo perder el control del coche. Y recuerda como al final ella siempre se salía con la suya.
    Mónica tiene en el cajón de su mesita de noche una pistola robada. El noventa y tres por ciento de las personas en circunstancias similares cometería suicidio.

Madrid, 01/02/2008


No intenté imitar a Chuck, entre otras cosas porque no puedo, pero sí que quise tomar algunos de los rasgos que más me impresionan de él. Un estilo a bocajarro. Algo de provocación fácil. Una historia que perturbe, para sostener la provocación. Mostrar partes poco amables de nosotros mismos. Una protagonista en busca de la verdad, que para su desgracia al final encuentra, y una serie de secundarios que se definen por su posición respecto a ésta, tanto los que mienten, por distintas razones, como el que paradójicamente resulta el único honesto. Alguna frase de las que sentencian. Y el acompañamiento constante de un contrapunto absurdo que intenté reforzara un poco el tema, en este caso las dichosas cifras y porcentajes, haciéndome eco de aquello que siempre creo que dijo Churchill aunque fuera Mark Twain, there are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics.

También se me colaron una lógica algo laxa y algún bloque de información torpemente confinado en su propio párrafo, para que se note, pero qué le vamos a hacer. ¡Seguimos trabajando en ello!