Una historia que nunca confesaré si está basada en hechos reales (nos ha jodido) y que provocó reacciones variopintas. Un par de compañeros del taller se sonrieron, una rió abiertamente (te has ganado el cielo, reina) y el profesor hizo ese sentido comentario de "si siempre te digo las mismas cuatro cosas y tú sigues repitiendo esos mismos cuatro errores, ¿para qué sigues viniendo a clase?".
Vale, igual el efecto de la acumulación de referencias pop (no todas de la época, un par he colado de rondón para los fans de QVMT) se hace cansino. En su momento me pareció entrañable. Yo qué sé.
No es fácil dejar de ser un hipotético magnífico escritor para convertirse en un juntaletras constatadamente mediocre.
La corta carrera criminal de Sergio Peña Según los documentales de la Segunda Cadena, en lo más profundo del África negra los zulúes reunían una vez al año a todos los niños que ya empezaban a tener pelos en lugares hasta entonces imberbes, les daban una lanza y una calabaza llena de agua y los echaban a la sabana entre gritos de “ea, a cazar un leopardo”. A los que volvían a la tribu, con la piel del bicho sobre sus hombros, ya les dejaban construir su propia cabaña por el día y colarse en la de las mujeres por las noches, puesto que se habían convertido en guerreros, hombres de pleno derecho. En la Málaga de finales de los ochenta el rito iniciático consistía en mangar en El Corte Inglés. Diferentes culturas, el mismo concepto.
La culpa era de la sociedad, obviamente. En la tele, el Último Guerrero hostiaba a Rick Flair por el Cinturón Intercontinental de la WWF, Goku recogía con los brazos en alto la fuerza vital de todos los habitantes del planeta Namek para cargarse a Freezer de un bolazo de energía y Remington Steele resolvía los casos más rebuscados todos los días después del almuerzo mientras seducía a su compañera detective, Laura Holtz. Mientras tanto, nosotros pasábamos el día haciendo como que no se nos cerraban los ojos en clase, memorizando uno detrás de otro no sólo los ríos de España sino también sus puñeteros afluentes, haciendo interminables deberes de Historia por la tarde y yendo a la bulla a comprar huevos y pan a la tienda de la Juani, rapidito que ya mismo es la hora de cenar. Muchas veces, mientras todos los compañeros corríamos pesadamente una enésima vuelta al patio del instituto, respirando por la boca, apenas levantando los pies, aguantando los gritos de la histérica de Gimnasia con la cabeza gacha, como animales, me daba por pensar en el tema.
—Estoy sudando hasta las ganas de vivir, macho —resollaba Juanma cuando la profesora no miraba.
—Es que esto no es vida. Se supone que en la vida hay aventura, riesgo, diversión, y alguien nos está robando la parte que nos tocaba. Como descubra quien es, lo hostio.
Nos reíamos entre dientes como si fuera una tontería pero en el fondo todos sabíamos que era cierto. Nuestros padres nunca nos dejaban hacer cosas realmente divertidas, como ir a la discoteca el sábado noche en plan Toni Manero, coger las bicis y pirarnos a Nerja como los de Verano Azul o bajarnos de madrugada con nuestros pasamontañas y un palo a patrullar las calles del barrio y limpiarlas de gitanos, a lo Harry el Sucio. Necesitábamos emociones fuertes y, aunque no sabíamos donde encontrarlas, el dolor de barriga justo antes de un examen de Matemáticas no era precisamente un buen sustituto.
El momento de iluminación me vino una tarde cualquiera en forma de prenda de vestir. La llevaba mi colega Pelayo, con quien había quedado en nuestra oficina, o sea, los recreativos del barrio, para realizar una sencilla operación comercial. Eran tiempos más simples, donde nuestros padres aún podían creerse que los ordenadores que nos acababan de comprar, al precio del sueldo de un par de meses, nos servirían para estudiar mejor y sacar buenas notas, y donde la piratería no era cuestión de legalidad o moralidad sino simplemente de tener la oportunidad de copiarte algo. Nadie imaginaba siquiera lo que acabarían suponiendo Internet y las descargas pero ya habíamos diseñado nuestra propia red telemática de intercambio de información: tú me grabas un juego que yo no tenga, yo a ti otro y quedamos en un sitio a hacer el trueque. Incluso habíamos esbozado un sistema de créditos, ya que aceptábamos cualquier otro tipo de programa, de dibujo o para hacer carteles, pero entonces por cada disco mío me tienes que dar dos, y el ancho de banda del que disponíamos era el número máximo de cajas que podíamos llevar en una bolsa del Pryca sin que la abuela preguntara con suspicacia que qué llevábamos ahí y adónde íbamos con ello.
El recreativo era terreno neutral para este tipo de negocios y podíamos matar el rato mientras que llegaba el otro calentando en la mano la única moneda de cinco duros que nos podíamos permitir gastarnos ese día. Yo vagaba de máquina en máquina, mirando por encima del hombro al que jugaba, intentando decidir si me apetecía más ser el cachas del Fatal Fury que intentaba rescatar a su hija de una banda de pandilleros a guantazo limpio o si intentar ganar el Mundial de fútbol con la selección española, cómo no. Todavía andaba sopesando qué partida me iba a durar más tiempo cuando vi al fondo la cabeza del Pelayo sobresaliendo entre la multitud. Venía sudoroso, la cara enrojecida incluso en las pocas partes que no estaban sembradas de granos, muerto de calor pero aún así con un enorme chaquetón burdeos abrochado hasta el cuello.
—Te va a dar un nardo, tío —le saludé.
—Calla y disimula. ¿Traes mi Monkey Island?
—Claro.
—Vale, pues sácalo de la bolsa y mete esto.
Entonces abrió un poco la cremallera del abrigo y extrajo el Space Ace que me tenía prometido, escondiéndolo rápidamente en la bolsa. No era una copia de una copia de una copia, guardada en una caja de disquetes azules de tres y medio sin etiqueta ni marca ni nada, sino el juego original. Con su embalaje grande, de colores, con el dibujo del prota rodeado de tías en la tapa y pantallazos por la parte de atrás. Manuales, instrucciones de instalación e incluso un folleto para registrarte y que te mandaran publicidad de nuevos juegos al buzón. La leche. Sabía que los originales existían, y había babeado sosteniéndolos en mis manos en alguna tienda, pero nunca pensé que nadie pudiera gastarse las cinco mil pelas que costaba un programa de ésos. Y ahí tenía uno el Pelayo, el que nunca compraba pipas en el quiosco y teníamos que acabar dándole puñados de las nuestras cuando nos sentábamos a charlar en algún banco, porque gritaba a quien le quisiera oír que gastarse el dinero en chucherías era de ricos y que él era pobre como las ratas. Pero bien que se zampaba las de los demás el cabrón.
—¿Es un regalo de tu familia, Pelayo?
—Sí, de mi madre, ¿te gusta?
—¿El Space Ace? ¡Cómo no me va a gustar!
—No, gilipollas, el plumón.
Levanté la vista de la bolsa donde estaba el Santo Grial de la diversión y vi que Pelayo se cogía las solapas del chaquetón, permitiéndose abrirlo del todo por fin, girándose a los dos lados para que pudiera verlo por delante y por detrás. Era grueso, muy grueso, y más largo de lo normal, llegando casi hasta las rodillas. Si se hubiera puesto la capucha que le colgaba en la espalda, mi colega hubiera parecido el esquimal más alto y espinilloso del mundo.
—No está mal pero no comprendo…
—¿Cuando llegué viste el bulto de la caja que tenía dentro?
—No.
—Pues los de El Corte Inglés tampoco.
Y entre gritos de gol, disparos de láser y la música del Tetris me puse al día de los conceptos básicos en el mundo del robo de guante blanco en grandes superficies.
—¡Es la polla, es la puta caña! —exclamé eufórico a mis amigos levantando con las dos manos la caja sobre mi cabeza, incapaz de estarme quieto.
—¿Y cómo dices que se llama? —preguntó el Gutiérrez mirando la mercancía con veneración, como si les estuviera enseñando las llaves del Coche Fantástico. Hiperventilando, incapaz de hablar, les alargué la caja en la que se podía leer en un rótulo plateado “Barcode Battler”. Sacaron lo que había dentro, una maquinita negra, más grande que las que teníamos todos, las típicas de payasos saltando sobre trampolines que vendían los moros en los bazares, con una pantalla de cristal líquido en el centro.
—El Barcode Battler, tío, escaneas códigos de barras y te salen luchadores en el juego que los echas luego a pelear unos contra otros. Ocho mil pelas que cuesta —pude proseguir al fin entre jadeos—. ¡Ocho mil pelas! ¿Tú sabes lo que yo tardaría en sisar todo eso?
En pleno subidón, sin llegar a subir todavía a casa, me había llevado a mis dos colegas a los soportales de los bloques de arriba, lejos de la plaza, de miradas indiscretas y del ángulo de visión de mi madre desde la ventana de la cocina, para contarles la fechoría que acababa de cometer. No era ajeno al crimen, puesto que llevaba dos años diciendo a mi familia que desayunaba un bocata en el recreo y todavía no me había comido el primero, ya que con los diez duros de todas las mañanas iba el sábado a la tienda y me compraba algún juego de rol o el tebeo de Lobezno del mes. Pero eso era más como un trámite, una mentirijilla dicha con la cara seria, nada que ver con la descarga de adrenalina que sentía en esos momentos, el corazón latiéndome en el cuello y el hormigueo casi insoportable en los dedos de las manos. Tenía que contarlo, no podría dormirme esa noche si no se lo contaba antes a alguien.
—Queremos saberlo todo —insistió el Gutiérrez, las pupilas dilatadas ante la mención del dinero.
—Es actitud, ¿vale? Como en la serie de Misión Imposible, es todo actitud, igual que cuando se disfrazan de fontaneros y se cuelan en todos sitios. Que parezca que estás haciendo algo totalmente legal. Ésa es la clave. Si andas escondiéndote, mirando a los lados y metiéndote las cosas debajo del jersey la has cagado, macho. Ya sé que eso es lo que hace el Pelayo, por eso me lo he montado por mi cuenta. Le van a acabar pillando antes o después, recuerda mis palabras. Lo que hay que hacer es ir a tu bola, ¿vale? —asintieron— Te vas a la planta de juguetes, dando un paseo. Tienes que ir mirando las cosas como si fueras a comprar un regalo o algo, pero tampoco te puedes entretener mucho en un sitio y dar el cante. Pero peor aún sería ir corriendo a por lo que quieres, ahí, a lo loco. Tú pasea. Y mira los precios, como si fueras a comprar. Eso es importante.
—Ajá. Mirar los precios.
—Eso es. Vas mirando, te acercas a lo que te vas a llevar y lo coges, como mirando el precio. Entonces te lo llevas en la mano, con toda naturalidad, como si fueras a la caja, ¿vale? Lo has cogido para comprarlo y vas a pagarlo. Pero no te puedes acercar a la caja, que entonces te van a ver los dependientes, que están ahí para eso. Lo que haces es que a mitad de camino te vas yendo hacia la puerta. Lo sigues teniendo en la mano, como si lo hubieras comprado ya y te fueras a tu casa. ¡Y ya está! No te escondes, no evitas los sitios donde hay guardias, simplemente sales tan tranquilamente. Me dieron ganas de llevarlo a que me lo envolvieran para regalo, pero no sé si me iban a pedir el ticket, así que me fui tal cual. Tenemos que enterarnos, si lo tienes ya envuelto nadie va a pensar que es mangado. Es un plan cojonudo.
—Entonces, ¿te lo has llevado sin pagar? —dijo Sergio Peña soltando enseguida el cacharro, como si de repente quemara.
—Que sí, joder, pero como me lo rompas me debes ocho mil pelas.
—Pero robar es pecado… —de acuerdo, el Peña no encajaba mucho con nosotros, pero hay veces en el colegio en que te haces amigo de alguien por las razones más peregrinas, como que tiene tu mismo nombre. Y era útil tener un inocente a veces como coartada, ninguna madre sospechaba del Peña.
—Ni puto caso a éste —interrumpió el Gutiérrez—. A mí me interesa pero lo de las máquinas no me va mucho. Tenemos que llevarnos porno, tío. Vídeos porno.
—No tienes ni puta idea —contesté—, precisamente el porno es de lo que está más vigilado, coño, si es que es de cajón. ¿Tú crees que nos iban a dejar acercarnos a manosear las cintas de tetas al aire? Piensa un poco, joder, la oportunidad está con los juegos y la música. Para el porno ya tenemos a Mario, el hijo del del quiosco, que me ha dicho que puede mangarse un vídeo de la tienda y nos los cambia por cuatro juegos de Spectrum. Yo podría hacerlo por mi cuenta, pero la putada de hacerse el inocente es que no puedes estar mirando a lado y lado por si alguien te controla, hay que tener mucho cuidado y me tendría que llevar cosas muy poco a poco. Necesito gente que haga vigilancia y montar un plan. Os aseguro que en dos semanas desplumamos la planta entera. ¿Estáis conmigo?
Sonreímos los tres, de oreja a oreja. No hay nada que una más a unos adolescentes que la promesa de nuevo material para las pajas.
La primera semana nos la pasamos de reconocimiento. Teníamos que conocernos El Corte Inglés de cabo a rabo, qué había en qué estantería, de qué lado estaban las escaleras mecánicas que subían y de qué otro las que bajaban. Cuáles llegaban al sótano y cuáles se quedaban en la planta baja y el camino más corto para llegar de una a otra. Cuántas puertas había de salida a la calle y cuál quedaba más cerca de cada uno de los departamentos. Incluso llegamos a dibujar algunos mapas a boli en una libreta de cuadritos, ya a posteriori cuando volvíamos al barrio, que no era cuestión de parecer sospechosos. Lo que no se nos llegó a ocurrir es que tres chicos que se pasaban las tardes zanganeando de estantería en estantería igual sí que eran sospechosos por definición. Tampoco es que nos hubiera detenido el sentido común a esas alturas.
A Sergio Peña sí que había que convencerlo de tanto en tanto. Como con M.A. cuando había que subirlo en avión, el Gutiérrez y yo usábamos cada truco que sabíamos para liar al Peña. Apelábamos a su lealtad, a su codicia, le dejábamos gratis revistas guarras, lo que fuera. Pronto se rendía a nuestra presión incansable pero por la noche rezaba antes de ir a la cama y su Pepito Grillo volvía a despertarse ante la cercanía de Dios. El rifirafe duró hasta que al Gutiérrez se le ocurrió amenazarle con decirle a su madre lo de la vez que se había fumado un porro. Yo no había caído en ello porque cuando le habíamos contado que los porros se hacían de chocolate no le habíamos especificado de QUÉ chocolate, y al día siguiente él nos juraba y perjuraba que, como no quedaba Nestlé en casa, se había tenido que colocar fumándose media barrita rallada de Milkibar. Pero que menudo pelotazo. Yo a duras penas pude contener las risas cuando el Gutiérrez le recordó su pasado de drogadicción pero, aunque era una gilipollez, lo importante es que el Peña no sabía que lo era, y con ese chantaje compramos su colaboración incondicional.
Tras unos diez días de cartografiar cada rincón de los grandes almacenes estábamos impacientes por dar nuestro primer golpe. Sentados en un escalón con un paquete de gusanitos para los tres, repasé con ellos los últimos detalles de nuestra estrategia.
—Recordad, no hay que temer a los guardias de la puerta ni a la gente de las chaquetas rojas. Las chaquetas rojas no están ahí para pillaros. Las chaquetas rojas son simplemente un aviso, como un cartel que pone “eh, sabemos que hay gente que roba, vamos a por vosotros”. Están para llamar nuestra atención y meternos el miedo en el cuerpo. Pero ni caso. Los chungos son los vigilantes secretos. Ésos van con ropa normal dando vueltas y como te vean haciendo algo llaman a Seguridad. Si veis a alguien fijándose mucho en vosotros no os confiéis y a despistarlo. Si no se puede, abortamos y nos encontramos en la calle. Mejor vivir para volver otro día, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo! —asintieron los dos.
—Vale. Pero, oye, que aunque sean sólo para llamar atención los de las chaquetas rojas también tienen ojos, ¿eh? Que porque se les vea venir no os vayáis a olvidar que están ahí, ¿eh? Bueno, decidme cada uno lo que tenéis que hacer.
—Yo voy a despistar —dijo el Gutiérrez con la voz firme y una media sonrisa—. Me pongo por la parte de los juegos de Amiga y miro mucho para los lados, que parezca que soy el que va a mangar y se fijen todos en mí.
—Yo espero un par de minutos y voy para los de Spectrum —siguió el Peña—, cojo el Mortadelo II y el nuevo de las Tortugas Ninja y me los llevo en la mano, leyendo la parte de atrás.
—Y yo estoy en el extremo del pasillo controlando, ¿vale? —concluí— Si escucháis que toso lo dejáis todo en su sitio o donde tengáis más a mano y para fuera, sin correr pero sin pararse. A las malas quedamos donde los helados.
—¿Por qué tengo que ser yo el que mangue? —se quejó Sergio Peña estudiándose cuidadosamente la mierda que tenía bajo las uñas— ¿Por qué no lo cambiamos y hago la parte del Gutiérrez?
—Porque él tiene cara de cabrón y tú de niño bueno. Ninguno de los dos sería creíble en el lugar del otro. Además —sentencié—, creo que ayudar a un ladrón es el mismo pecado que robar. Se lo vas a tener que confesar al padre Manolo igual.
Antes de que al Sergio se le fuera a ocurrir cómo seguir la discusión, y de que ninguno de los dos se fuera a dar cuenta de que llevaba diez minutos cogiéndome las manos para que no me temblaran, me levanté un poco una manga dejando el Casio que me habían regalado para la comunión al descubierto.
—¿Listos? Sincronicemos los relojes, caballeros.
Y después de tan crucial preparativo, entramos por la puerta principal, dispuestos a llevarnos todo lo que no estuviera clavado al suelo.
Teniendo en cuenta las circunstancias no nos salió nada mal. Nos desplegamos por el campo de juego como el equipo de Oliver y Benji, cada uno en su posición exacta. Gutiérrez cogía las cajas con los discos de cuatro en cuatro, exagerando un poco pero no demasiado, puesto que queríamos acabar volviendo unos días después y no convenía que nos ficharan en nuestra primera operación. Yo me coloqué cotilleando por donde las impresoras y aprovechando que por aquel entonces ya sobrepasaba el metro ochenta me dediqué a controlar al bando enemigo por encima de los mostradores. Los seguratas y las chaquetas andaban en puntos fijos, así que si no se movían no había posibilidad de que nos cazaran, puesto que habíamos tenido cuidado de situarnos fuera del ángulo de su campo de visión. Los dependientes sí que a veces se separaban de las cajas para ir a buscar algo o para comerles la cabeza a la típica familia que cometía el error de pedirles consejo a uno de ellos —invariablemente se los llevaban a los ordenadores más viejos y más caros, intentando endosárselos si veían que no tenían mucha idea—, era cuestión de vigilar que no se acercaran por los alrededores del Peña. La dificultad eran los secretas. Estaban descartados todos los compradores que no iban solos, aunque había que tener cuidado de que alguna señora con abrigo de pieles no viera ofendida su sensibilidad moral y saliera corriendo en busca de un vigilante a chivarse de nosotros. Pero por la parte de Informática había muchos tíos jóvenes dando vueltas solos, y nunca se sabía si un veinteañero llevaba media hora mirando videojuegos porque esperaba a que su novia se hartara de gastar dinero en la planta de Moda Joven o porque trabajaba allí, infiltrado. El Peña ya estaba junto al botín, mirando a todos lados bastante más de lo recomendable pero gracias a Dios sin hacer ningún tipo de ruidos raros. Tenía la misma cara de asco que cuando le retamos a comerse una cucharada sopera de Blandiblub, y temí que, como aquella vez, le diera por vomitar. No debí de ser el único que se dio cuenta, porque vi por el rabillo del ojo como una muchacha de pelo de estropajo y cazadora vaquera se iba aproximando disimuladamente, orbitando cada vez más en su dirección. Por el pasillo del otro lado también se acercaba un joven alto, vestido con traje como si llegara de trabajar. Triangulé sus dos trayectorias y, efectivamente, se cruzaban en la esquina donde mi tocayo ya estaba cogiendo los dos estuches a por los que habíamos venido. Nuestro señuelo no había funcionado así cogí aire para toser…
¡RRRRAASSSSSS!, sonó un estruendo de plástico rompiéndose como si el Barco Pirata de los Clicks hubiera decidido que la mejor forma de conquistar el Fuerte Playmobil fuera embestir contra la puerta, destrozar la empalizada y maricón el último. Si ambos juguetes estuvieran hechos a tamaño real. Así de exagerado me sonó a mí, al menos.
Toda la planta giró la cabeza para mirar más o menos hacia las estanterías del software de Amiga. Se me atravesó la bocanada de aire en la garganta cuando comprobé que, efectivamente, era el Gutiérrez arrancando envoltorios y abriendo cajas con las dos manos. Afortunadamente me dio un ataque de tos tal que me doblé en dos intentando recuperar el control del diafragma. Un par de dependientas vinieron a ver si estaba bien y en el consiguiente revuelo mis colegas aprovecharon para largarse ambos, mientras toda la gente me miraba haciendo apuestas mentales sobre si me iba a morir allí mismo, en la planta dos. Luego diría que todo había sido un truco para alejar la atención de mis amigos y que lo había hecho para salvarles el culo. Mis cojones. Por poco me quedo en el sitio.
—¿En qué coño estabas pensando? —le grité luego al Gutiérrez de vuelta al barrio— ¿Estás tonto o le escupes a los aviones?
—Que son juegos de Amiga, hostia, y el Guzmán me los paga a cuatrocientas pelas, ciento y pico para cada uno. Lo que pasa es que me di cuenta de que éstos, como son más caros, llevan unas pegatinas de las que pitan en la puerta, y se las tenía que quitar. Pero, mira, tres tengo.
Si el Gutiérrez decía que nos los pagaban a cuatrocientas pesetas quería decir que probablemente fuera a seiscientas y nos estuviera timando cuarenta duros, pero aún así ya era más dinero del que podía conseguir en semana y pico de pasar hambre en los recreos. Me mordí el labio inferior debatiéndome entre seguir con el puteo o darle un abrazo cuando me interrumpió el otro Sergio, temblando como un flan.
—Yo también la he cagado, quería seguir con el plan como tú nos habías dicho pero me he puesto nervioso y se me ha olvidado soltar mis juegos. Aquí tengo los dos, ¿intento volver a dejarlos?
Nuestras risas histéricas anunciaron la victoria de la avaricia sobre el sentido común.
El siguiente par de meses el precio de las blusas de señora debió de subir un tres por ciento para compensar las pérdidas de todo lo que nos mangábamos. Como no queríamos que se quedaran con nuestras caras decidimos ir rotando la planta en la cual trabajábamos y, como resultado, robamos cosas de lo más inútiles y variopintas. Como inútil se demostró el famoso Barcode Battler que me llevó por el camino del mal; jamás me aceptó código de barras alguno y acabó arrinconado en el armario, harto ya de los cuatro personajes que traía y los molestos ruiditos electrónicos en que se traducía el supuesto festival de hostias. Igual de absurdo fue un imán de herradura que tuve la mala idea de guardar en el mismo bolsillo que dos cintas de audio que se borraron al instante, pero que me llamó la atención porque era rojo y negro, superbonito. O una armónica que sonaba a uñas rascando una pizarra y sabía a herrumbre y a sangre, de tanto que me cortaba los labios al usarla. O un cactus pequeñito, aunque la gracia de éste fue el reto que me supuso sacarlo más o menos escondido en el bolsillo de atrás del pantalón sin pincharme el culo. Aunque tanto botín al azar también me expuso a estímulos que de otra forma jamás hubiera recibido. Como la cinta de Siniestro Total, que me enseñó lo que era el rock. O la de Modestia Aparte, que hizo que otro colega y yo nos acabáramos apuntando al Conservatorio, convencidos de que no había nada más mojabragas que un tío que tocara un solo de saxo en una azotea a la luz de la luna. Mangué tantos módulos de rol que no tuve que volver a inventarme una partida de La Guerra de las Galaxias en mi vida. Y aunque mis padres tardaron muchísimo en comprarnos un vídeo, me llevé con los cambios tantas revistas guarras que prácticamente dupliqué mi vocabulario a base de Climáx y Cartas Privadas de Pen que, por cierto, fueron una de mis primeras aproximaciones al relato corto. Estábamos desbocados, habíamos perdido el norte, éramos como unos yonkis que necesitan ir aumentando la dosis de adrenalina poco a poco para seguir sintiendo las cosquillas en la boca del estómago. Cosquillas que daban sentido a nuestros sábados por la tarde, cuando se nos aceleraba el pulso y adquiríamos visión de túnel, totalmente concentrados en la tarea a mano, en nosotros y en lo que nos rodeaba. Ese leve mareo que nos daba una razón para anticipar y maquinar y planear de lunes a viernes y esas carcajadas de puro nervio cuando hacíamos el recuento de nuestras ganancias el domingo. Éramos unos fugitivos, como el Equipo A, huyendo de la ley. Éramos unos genios de la improvisación, como McGyver. Éramos los putos amos.
Por supuesto, no tardamos en cagarla. Igual que Chicho Terremoto, que se retiró del baloncesto cuando vio que podía ganar cualquier partido sin dificultad y se dedicó al tenis o a la esgrima, nosotros también necesitábamos aumentar el peligro y cada vez nos llevábamos más cosas, vigilábamos menos y estábamos más convencidos de nuestra inteligencia e invulnerabilidad, los críos que se la dan con queso a todos los adultos, como el Club de los Cinco. Total, que nos descuidamos. No recuerdo qué andábamos haciendo aquel día en la última planta, la de los saldos y los muebles de jardín. Empezaba ya a hacer calor en la calle y en El Corte Inglés tenían el aire acondicionado siempre puesto, así que era ya nuestra opción por defecto para cualquier rato muerto, nos íbamos una planta más arriba que la última vez y a por lo que hubiera. Supuestamente le volvía a tocar pringar a Sergio Peña, que estaba rebuscando en un cajón lleno de discos de vinilo. Gutiérrez y yo cada uno a un lado de la sección, preparados por si alguien demostraba estar fijándose en nosotros. El Peña escogió un LP, a saber con qué criterio, y empezó a deslizarse con sonrisa bobalicona camino de los ascensores.
Podría muy bien haber sido culpa mía, que con un ojo controlaba quien venía por las escaleras pero con el otro me flipaba con una vidriera llena de instrumentos musicales que ni siquiera sé por qué estaban allí. Pero fue cosa de Gutiérrez, porque fue por su lado por donde escuché a una de las vigilantes, con su uniforme verde, su gorra de plato y su porra, gritar:
—¡Hey, chaval!
El Peña y yo alzamos la cabeza como el típico perrillo de las praderas, inmovilizados por un segundo. A lo lejos vi al Gutiérrez que miraba hacia atrás con cara de culpable y se iba pitando escaleras abajo. Cabrón traidor y avaricioso. A saber qué objeto brillante le habría llamado la atención por aquel lado de la planta. Sergio soltó el disco de clásica que llevaba en las manos y el estruendo que hizo al caer contra el suelo fue como el disparo que anuncia la salida de una carrera. Corrió como yo pensé que sólo podían correr el Correcaminos o Speedy Gonzales, con los pies hechos un borrón circular, levantando nubes de polvo del suelo. La de seguridad salió detrás suya mientras el resto de cajeros de las cercanías se daban cuenta de la situación y se colocaban entre los diversos mostradores dispuestos a cortarle el paso a mi amigo. Éste derrapaba, cambiaba de dirección, se agachó para esquivar el abrazo de uno de los enchaquetados que se creía que lo tenía ya a su alcance, esquivó a uno, dos, tres empleados y en el sprint final de su carrera, una carrera realmente criminal, pasó en primera posición por una especie de pórtico metálico y se perdió de mi vista tras unos setos artificiales que tenían como decoración.
Los dos guardias que aún lo perseguían se pararon junto a esa salida recuperando el aliento y uno de ellos dijo tranquilamente:
—Sabes que te has metido en el buffet del restaurante, ¿verdad?
—Ajá —respondió débilmente la voz del Peña desde dentro.
—Pues ven, anda, que no hay otra salida.
Apareció entre las risitas de los espectadores, arrastrando los pies y mirando a las baldosas mientras los vigilantes lo acompañaban hacia las oficinas. Yo me fui rápidamente, no porque pensara que me podía arrastrar en su caída sino por desaparecer antes de que alzara la cara y tuviera que sostener su mirada. En el cuartillo que usaban para estos menesteres le asustaron un poco, él se hartó a llorar y le dijeron que se lo contara todo a su madre, antes de que el jefe de seguridad fuera a llamarla en persona, que sería peor el puteo si ella no estaba enterada. El alma cándida les hizo caso y de vuelta a casa cantó como un mirlo. El domingo a primera hora corriendo a confesarse a la Iglesia, dos meses castigado, y de todo esto me tuve que enterar por los rumores, porque jamás volvió a juntarse con nosotros.
Rota la confianza y roto el grupo, no volví a usar cómplices para dar un golpe. El Gutiérrez se pasó a los porros de verdad y a las tías, que se veían atraídas por su pose de delincuente malote, así que no sé si siguió siendo un chorizo. Supongo que sí. Yo lo intenté unas cuantas veces más, pero como con desgana, y al final me enganchó uno de los guardias de la puerta con un suplemento de Robotech debajo del brazo. Como era un poco más listo que mi tocayo dejé que me ficharan pero no dije nada a mis padres, que me hubieran vuelto la cara del revés de una hostia, así que mi peor castigo fue simplemente la vergüenza que pasé. No pude volver a entrar a El Corte Inglés en años y pensé durante mucho mucho tiempo que jamás podría trabajar allí o ser elegido Presidente del Gobierno, porque un rival político podría airear mi historial delictivo y arruinar así mi reputación como cargo público. El Pelayo también dejó por esas fechas de cambiar juegos originales y venía con los mismos disquetes cutrongos que manejábamos los demás pero jamás me atreví a preguntarle. La primera vez que me dio uno de ésos me limité a mirarle a la cara y a girar levemente la cabeza, como esperando una explicación. Él se encogió de hombros y ahí lo dejamos estar. Al fin y al cabo seguía habiendo honor entre ladrones.
Madrid, 01/05/2008
Nombres cambiados para proteger a los culpables. :D