Vida exterior domingo, 24 de octubre de 2010

Un relato un poco malo, obscenamente exacto pero que tenía que ser escrito. A veces hay que sacar algo que tienes atrancado en la cabeza, simplemente para dejar sitio a lo que viene detrás. Yo sólo digo que es lo primero que escribo en dos años. Curioso como todo encaja, ¿eh?



Le vino la inspiración mientras todo el mundo bailaba en las gradas. El estadio estaba abarrotado de gente que alucinaba con la guiri que se agitaba espasmódicamente en el escenario, mientras cantaba himnos generacionales de diez años atrás. Y él se paró de repente, la cabeza ladeada en mitad de la monótona oscilación a lado a lado que adoptan todos los tíos que aún están sobrios y son demasiado conscientes como para bailar de verdad. Había sido un destello instantáneo, una revelación súbita, y de un segundo a otro todas las conexiones estaban claras en su mente. Tema, personajes, puntos de giro, hasta diálogo del que sentencia, la típica escena chula digna de ser citada. Toda la historia delante de sus ojos.
—Cari, ¿te pasa algo? Te has quedado muy serio… —dijo ella a su lado, un poco ausente, sin dejar de mirar de reojo el espectáculo.
—No, no, estoy bien, no te preocupes —le dio un beso en el pelo y la dejó disfrutar.
Porque, ¿para qué distraerla del que era el concierto de su vida? Llevaba meses dando la lata, estudiándose las canciones, rogándole a él que fuera a hacer cola a la puerta de la FNAC para comprar las entradas, aunque fuera invierno y estuvieran bajo cero, porque ella no estaba en Madrid esos días. Los nervios que tenía en el Metro camino de Villaverde, las anécdotas que le contó en el bar mientras hacían tiempo hasta que abrieran las puertas, sobre el grupo y sus canciones y su adolescencia en el pueblo, cuando se hizo fan absoluta de ellos. Era el concierto de su vida y él era feliz viendo cómo se le iluminaba la expresión apenas el primer músico salió de camerinos y empezó a afinar el bajo. Déjala disfrutar y no le des la lata con tus cosas justo ahora…
Porque, además, ¿cómo explicárselas? ¿Cómo podría entender ella lo que es ser escritor? O incluso aspirante a escritor, de los que nunca han llegado a nada. Esa maraña de argumentos a medias, retazos de personajes, situaciones absurdas y diálogos tartamudeantes que tenía siempre en la cabeza. Bocetos de historias que se pasean por la mente de tanto en tanto, cuando estás medio adormilado en el Cercanías camino del curro, y que repentinamente se combinan con una anécdota del periódico que tienes sobre las piernas y se convierten en otra cosa más definida, más concreta, mejor. Ella no sabía de esas cosas y la conversación la aburriría. Una vez él trató de explicarle después del cine por qué la peli la había cagado con la estructura en tres actos. Ella empezó a meterse con él por friki en apenas tres frases. Le duró el enfado lo menos tres días.
Así que no salió en busca de una libreta, ni arrancó la aplicación de tomar notas del móvil, nada que pudiera hacerla ver que tenía la cabeza en otra cosa, nada que la disgustara. Pasó hora y media moviendo el pie distraídamente y sonriéndola cuando tocaba, mientras sus pensamientos zumbaban como las balas. Era un milagro del subconsciente pero estaba todo allí, todo encajaba. Una historia vaga con la que jugaba desde hacía años: un laboratorio, adolescentes que construían robots para defender a la Humanidad de a saber qué, presentar al grupo desde el punto de vista de alguien que lo abandonaba, por dar una vuelta de tuerca al tópico de que se hiciera mediante el consabido novato. Y ahora todo tenía otro sentido. Por qué hacían lo que hacían, qué sacaban de ello. El arco de los personajes. El tema de la historia. El traidor que volvía a ellos y les ayudaba justo en el clímax. La moraleja. La última frase. Y todo giraba sobre un concepto universal, la aceptación por parte de los demás. Eran putos superhéroes manga metiéndole hostias al fantasma de tu abuela y era una historia con sentimientos. Cuarenta y ocho páginas, un dibujante jovencillo, con influencia de animación, y salía un álbum de historieta, perfecto para el mercado francés. Si triunfaba incluso podía convertirse en el inicio de una franquicia. Sin duda, era lo mejor que nunca hubiera casi escrito.
En el concierto todos flipaban, pero ninguno lo hacía por el mismo motivo que él.

—Media hora —pensó, ya en la calle—, le pediré sólo media hora.
Ella estaba en éxtasis, cogida de su brazo, camino del Metro, ligeros antes de que cerrara. En la otra mano llevaba en una bolsa la camiseta oficial de la gira, un regalo espontáneo de él que la había hecho hasta llorar delante de los tíos del merchandising. Ahora tocaba disfrutar del paseo a la luz de las farolas, volver a casa, sacar una botella y un par de copas de vino y luego que ella le demostrara toda su gratitud en la cama. Un par de polvazos de los que se recuerdan con una sonrisa. Pero él antes necesitaba media hora.
—Ya sé que mañana se vuelve a su ciudad —seguía razonando en silencio, mientras ella quizás le hablaba—, pero para cuando se largue se me habrá olvidado la mitad. Sólo necesito media hora, que se entretenga con cualquier cosa en mi piso mientras vuelo al ordenador y tomo apuntes de todo. No me fío de irme a dormir, que ya me ha pasado otras veces, y las putas ideas parece que se ofenden. Ya puedes haber estado rumiándolas diez años, si las pierdes un día no vuelven jamás. Más orgullosas que las tías.
—Oye, ¿me estás escuchando? —interrumpió ella su hilo de pensamientos.
—Sí, claro, perdona…
—Estás un poco raro esta noche, pero hoy no se te puede tener en cuenta nada—ella sonreía exultante mientras rebuscaba algo en su bolso—. Ya verás cuando vaya el lunes a la facultad con la camiseta del concierto, se van a morir de envidia…
—Perdona, ¿qué haces? —ella se paralizó con un cigarro aún sin encender en los labios— ¿Pero tú no lo habías dejado? Tanto infierno que pasamos con la leche del mono para esto, para que te pongas a fumar ahora en mi puta cara, como si no pasara nada.
De esa forma tan tonta, todo se fue a la mierda.

Hubo lágrimas en la calle. Hubo lágrimas en el metro. Hubo malas caras que no se cambiaron a regulares ni cuando estuvieron a solas. Reproches, silencios, cagadas pasadas que tomaron nueva vida, munición para una nueva guerra. Y tabaco. Para bien, para mal, que si adicción, que si respeto. Sabes que yo no lo soporto. Lo que sé es que eres gilipollas. Si me quisieras no volverías. Si me quisieras tú no te importaría una mierda. Gritos, cabreos, espaldas frías. Una relación a distancia es tensa por definición, y cada discusión parece que puede ser la última cuando hay una cuenta atrás para resolverla. Tic, toc, mi autobús sale en quince horas. ¿Tendremos cojones a entendernos para entonces?
Cuando el tiempo es tan escaso, ¿cómo iba él a pedir media hora para sus cosas?

No cortaron por semejante gilipollez, claro. En mitad de la noche él se sintió menos furioso y la abrazó por la espalda, y la despertó a base de besitos en la nuca. Lloraron un poco más, se pidieron perdón e hicieron el amor lentamente ateridos de frío bajo el edredón a las cinco de la mañana. Al día siguiente, él la sacó a pasear, y la invitó a almorzar en un restaurante de barrio que les gustaba. Cuando se despedían en la estación, minutos antes de que se fuera, ella volvía a decir que había sido el mejor concierto de toda su vida. Pero ambos sentían un sabor amargo debajo de la lengua cuando se pronunciaba esa frase. Sabor a ceniza. Recuerdos de un día que debería haber sido genial pero se había unido a la colección de veces que casi terminaban. Una Historia reescrita que nadie se creía. 1984 ocurriendo en medio de su relación.
Por la tarde volvió solo a su piso. Ya no se acordaba del guión que le había explotado en la cabeza el día anterior. Nada, ni una página. Sólo quedaban palabras que se deshacían cuando las examinaba, restos de pensamientos que ya no tenían ningún sentido. Jamás volvería a saber por qué esos chavales vivían en una isla y le tiraban bolas de energía a constructos de ectoplasma ni por qué le tenía que importar una mierda eso a nadie. Así que se sacó una cerveza de la nevera y pasó el resto del día a Play y pajas.

Al final cortaron por otra gilipollez, claro. O igual no fue por eso. Una relación a distancia es tremendamente absorbente, y trabajar, colgarse de la novia por teléfono, llevar una casa y andar todos los fines de semana en una ciudad u otra no deja tiempo para mucho. No deja tiempo para mantener muchos amigos, no deja tiempo para hobbies, no deja tiempo para escribir, no deja tiempo para ser persona. No deja tiempo para hacer mucho más que intentar hacer feliz a tu pareja. Quizás sea ésa una receta segura para el desastre. Quizás nadie hubiera podido hacer bien todas las cosas que él hizo mal.
Pero después de unos meses de pulular apenado por la vida, de emborracharse y ser rechazado por tipas absurdas en cualquier bar, de encontrarse a sí mismo y perderse dos veces a la semana, un día abrió el procesador de textos y, tras horas resistiéndose a dejar de hacerle caso a todas las tonterías con las que le distraía Internet, se enfrentó a la hoja virtual en blanco. Iba a sacar una historia de aquella puta noche. Por sus santísimos cojones.

Madrid, 23/10/10