Datos Incómodos lunes, 12 de mayo de 2008

Haciendo balance de sus fallos y sus aciertos, uno de los relatos de los que estoy más orgulloso de todos los que he hecho para el taller de escritura, la primera vez que escuché una exclamación de uno de mis compañeros tras terminar de leer en voz alta. Espero que vuelva a pasar de vez en cuando.

Resulta que acababa de tragarme Fantasmas, de Palahniuk, y me tiré cada página del libro pensando "yo quiero hacer mi siguiente cuento como uno de éstos. Menos como el de los intestinos. Quedaría mal si vomito leyendo mi propio relato".


Datos Incómodos
 
    Mónica despierta en una habitación de hospital de la que han quitado todos los espejos, incluso el del baño. No reconoce donde está. El sol de primavera que entra por la ventana la ciega y la débil brisa que agita las cortinas de plástico hace que le escueza la cara bajo los vendajes.
    Una forma borrosa dice:
    –¡Hija, qué alegría!
    Mónica intenta contestar pero tiene tubos saliendo por la boca y apenas puede gruñir.
    La forma dice:
    –No trates de hablar, voy a por un médico –y se levanta de lo que podría ser un sillón para desaparecer del estrecho campo de visión que le queda a Mónica, tan imposible mover su cabeza como un bloque de granito. El cansancio que le produce el mero hecho de intentarlo pone fin a su primer día de vuelta en el reino de los vivos.

    –Has tenido mucha suerte –el joven cirujano maxilofacial sonríe como si fuera a hacerle entrega de un talón de esos gigantes de la tele, el premio lleno de ceros de un concurso de máxima audiencia–. La reconstrucción ha sido difícil pero hemos conseguido salvarte el mentón y parte de la dentadura. Recuperarás casi toda la visión del ojo izquierdo. Conservas la movilidad en brazos y manos. La pérdida de memoria está limitada al accidente en sí y es perfectamente normal en esta clase de traumas. El ochenta y siete por ciento de las víctimas de un accidente de tráfico a esa velocidad mueren en el acto o en las primeras veinticuatro horas.
    –El doctor tiene razón, ha sido un milagro –le intenta reconfortar su madre, retorciéndose compulsivamente las manos–. La estadística estaba en tu contra.
    –Raúl jamás corre tanto –Mónica también sabe algo de estadísticas. Se encargaba, en un trabajo que ya no podrá volver a hacer, de presentarlas en interminables reuniones y ruedas de prensa, distraídos los asistentes por su cara de niña buena y su cuerpo de mujer mala, tras haber torturado implacablemente las cifras hasta que gritaran lo que se quisiera que dijeran. Un trece por ciento de probabilidades de vivir significaba casi nueve entre diez de no tener que sufrir el dolor de enterrar al amor de tu vida.

    Él era un buen chico, alto y vivaz, siempre observándolo todo con los ojos muy abiertos, sus gestos tan rápidos como su risa, sus palabras tan amables como su mirada. Siempre ayudaba a llevar los carritos de bebé de las señoras que se esforzaban en subir o bajar solas las escaleras del metro. El día cinco de cada mes le mandaba un SMS a su novia, celebrando el día en que empezaron a salir: a veces un chiste, a veces la letra de una canción, pero jamás se repetía. Siempre comprobaba dos veces si tenía las llaves en el bolsillo antes de salir de casa. Se ruborizaba cada vez que ella traía algún nuevo plan para darle picante a su vida sexual, rara vez se enfadaba por mucho que le insistiera en alguna práctica a la que se negara en principio y casi siempre acababa claudicando. Raúl era cariñoso. Era prudente. Y al volante jamás sobrepasaba el límite de velocidad, aún cuando Mónica se enfadaba porque les adelantaban todos los domingueros de la autovía.
    Ocho años contigo, mi amor, cómo podré soportar tu ausencia, piensa, pero dice:
    –¿Quién ha sido, madre? ¿Quién ha matado a mi novio?

    Al principio nadie sabe lo que decir. Mónica insiste, si el golpe ha sido tan brutal y el conductor no corría, es que algún otro vehículo les ha embestido. Ella lo intenta una y otra vez pero no puede recordar nada más allá de subir al coche y dirigirse a la carretera camino de Barcelona, un viaje de fin de semana como tantos otros.
    –No te esfuerces, hija, no merece la pena. Déjalo estar –le suplica su madre. Pero Mónica no es de ésas. El agente de policía que le toma declaración hace muchas preguntas pero no responde ninguna. En comisaría pronto aprenden a dejar sus llamadas en espera, sometiéndola a una cruel dosis de música de ascensor hasta que se desespera y cuelga.
    –Quiero saber quién chocó con nosotros –repite a su familia–, me han enseñado las fotos del siniestro, he visto nuestro coche reducido a un amasijo no más grande que mi maleta pequeña. Alguien mató a Raúl.
    –No sabemos quién fue –concede su madre, suspirando.
    –Se puede averiguar.
    –La policía no sabe nada, por lo que han deducido tuvo que ser un camión pero se dio a la fuga, cuando os encontraron ya no había nadie. No sabemos quién es y tú tampoco debes buscarlo. No vuelvas a preguntarnos, por favor.
    Y no lo hace. Tampoco parece necesario. El sesenta y tres por ciento de los accidentes que ocurren en autovías radiales quedan grabados en vídeo por cámaras de vigilancia de tráfico. Es sólo cuestión de conseguir las cintas. La policía directamente le cuelga ya el teléfono y han incluido los números desde los que suele llamar en una lista negra para que no logre pasar más allá de la centralita. En Tráfico son menos bruscos pero también le niegan cualquier tipo de acceso a las grabaciones. Mónica no tarda en darse cuenta de que consigue mejores resultados acudiendo en persona. Hay algo en las cicatrices que le atraviesan el rostro y en el agujero debajo de la nariz donde solía haber una boca que hace que los funcionarios con los que habla estén incómodos en su presencia y hagan lo que sea por no tener que seguir mirándola, tragando saliva y respirando por la boca como quien huele algo desagradable. Buscan y buscan en sus ordenadores pero no consiguen ningún vídeo. Una orden judicial no servirá de nada, sencillamente tuvieron la mala suerte de chocar en la única curva de la A-2 entre Madrid y Zaragoza que queda sin monitorizar.

    Pone anuncios en los diarios, manda correos electrónicos buscando testigos, se mete en todos los foros que se le ocurren de Internet buscando al elusivo conductor asesino. Todos los días comprueba su correo con la esperanza de obtener un dato fiable entre la montaña de bromas crueles y gente bienintencionada que se confunde de día, de coche o de carretera. Tras separar el polvo de la paja, día tras día, nadie sabe nada.

    –Hija, deberías buscar un novio nuevo –dice su madre–. Yo quería a Raúl y lo sabes, pero llevas meses encerrándote en ti misma. Lee estos folletos que nos dieron en el hospital. Dicen que sólo el catorce por ciento de los pacientes que pasan por una intervención de cirugía reconstructiva permanecen solteros tras el post-operatorio. Eres joven. No creas que no puedes encontrar a alguien que vea más allá de la superficie.
    Lo que Mónica descubre, tras un breve vistazo a las fuentes de dicha estadística, análisis para el que su familia carece de capacidad, es que el ochenta y dos por ciento de los sujetos con final feliz de la muestra mantenían una relación de más de tres años con la misma pareja con la que siguieron después. Y que, de todas las chicas que estaban solas y consiguieron empezar con alguien después de la operación, el noventa y dos por ciento sufrían deformidades de menor gravedad que la suya. Y ocho de cada diez monstruosidades como ella al final ligaron con ciegos.
    Los números no mienten. Pero hay que saber qué preguntarles.
    –Mamá, tienes razón, pero necesito que me ayuden a buscar –responde Mónica unos días después, antes de salir de casa por primera vez en semanas, una carpeta llena de recortes de periódico con direcciones de videntes bajo el brazo. Su madre no dice nada que pueda indicar rechazo, pero se lleva involuntariamente una mano al pecho, tocando a través de la camisa su pequeño crucifijo de plata.

    Cada vez que invariablemente ve sobresaltarse a uno de los adivinos cuando le abren la puerta de su consulta y le miran a la cara no puede evitar pensar que debería de ser más difícil sorprender a un vidente. La mayoría se recompone rápido, fingiendo pasar más tiempo del normal alisando arrugas imaginarias de sus túnicas, y casi todos dicen poder encontrar al conductor del camión. Cartas astrales llenas de líneas hechas a lápiz, péndulos bailando sobre mapas, oraciones a los ángeles o al diablo, pasa por todo. Para nada. La primera vez que obtiene una dirección, aún siendo imprecisa, hace uso del juego de llaves de la casa de Raúl que aún conserva, se cuela por la noche, un fin de semana que sabe que no hay nadie, y roba la pistola de su padre, Guardia Civil de toda la vida, aquella misma pistola que a veces le enseñaba su novio para impresionarla cuando eran mucho más jóvenes y aún se impresionaba con esas cosas. La décima vez que sigue una pista falsa ya casi ha perdido la esperanza de poder llegar a usarla.
    –Seré sincero contigo –le dice un chico flaco que se gana la vida escudriñando los reflejos del interior de una enorme bola de cristal–, ninguno de nosotros podemos encontrar a ése que buscas. Éste es tu camino y lo tendrás que recorrer tú sola o jamás hallarlo. No gastes más tu dinero –y empuja de vuelta los billetes que ella había puesto sobre la mesa– y simplemente acepta esta predicción: sal la Noche de los Muertos, disfrázate para que los espíritus no te reconozcan y deja que te ocurran cosas. Es una fecha poderosa. Y veo para ti un punto de inflexión, ahí ya divisarás a lo lejos dónde te lleva esto.
    La noche de Halloween está cerca y la ciudad se llena de fiestas. La familia de Mónica está encantada en volver a verla interesada por salir y divertirse y la ayudan a escoger un vestido bonito para la ocasión: lleno de encajes negros, vaporoso por unos sitios y ajustado donde debe serlo, conjuntado con una máscara que le cubre toda la cara. Cuando entra sola en las discotecas, casi oculta entre el humo del tabaco, arropada por el ruido de la música de moda, silueteada por fogonazos repentinos de luces de colores que no paran de moverse, se siente por un momento la chica que era. Nota las miradas de los chicos y, afortunadamente, todas ellas se dirigen a un punto dos palmos por debajo de su cabeza.
    Baila durante horas pero no acepta ninguna bebida; no quiere retirar su careta ni un segundo. Deja que la toquen un poco el culo pero no permite que intenten besarla. No fuma ni esnifa ni toma pastillas. Hoy no necesita ninguna sustancia para estar eufórica, un poco mareada, desinhibida. La misma vida la emborracha. Y en un solo instante su espíritu tropieza, repentinamente sobria, al ver, cambiada su bata azul por una cazadora de cuero y los pelos de punta, a su cirujano con unos amigos entre la multitud. Y se da cuenta de que pese todos los callejones sin salida a los que ha llegado en sus indagaciones, jamás se le ocurrió conseguir los resultados de la autopsia de su novio.

    Perdóname por hacer esto, Raúl, piensa mientras se acerca al orgasmo, aumentando la violencia de sus movimientos, haciendo crujir la camilla sobre la que cabalga a su médico, su máscara la única parte de su disfraz que no está tirada en el suelo de la morgue. Jamás te puse los cuernos, espero que lo supieras. Pero esto lo hago por vengarte, piensa, lo hago por ti. Tengo un plan, y funciona. 
    –Quiero saber quién eres –jadea el médico y ella sonríe. Pronto, piensa. No es difícil ligarse a un tío si sigues estando buena. No es difícil dejarle que hable de él y de su trabajo si haces como que te impresiona su salario. No es difícil darle morbo si le dices que tu cara está prohibida pero que puede hacer con tu cuerpo lo que quiera. No es difícil hacerte la gótica y susurrarle guarradas que le prometes practicar con él si os puede colar en el depósito de cadáveres, sitio en el que siempre has querido hacerlo. Nada de eso es difícil, las probabilidades de tirárselo eran de noventa y nueve entre cien, lo difícil es soportar su grito de horror cuando, después de que él se haya corrido dentro de ti, te apresuras a llegar a la puerta, con tu máscara en una mano y el preservativo rebosante en la otra.
    –Te has tirado a una paciente y lo puedo demostrar. Da igual si no crees que hayas hecho nada malo, sabes que el público lo verá de otra forma –no necesita amenazarle mucho para conseguir hacer un trato. Dos minutos con su usuario en el ordenador de su despacho y la impresora escupe una copia de la autopsia que se queda ella, los papeles por el condón, ése es el trato–. Esto es importante –dice Mónica golpeando los folios contra el marco de la puerta al marcharse–, me lo dijo la única persona que ha sido honesta conmigo en todo este tiempo. Lo vio en mi aura.

    El informe usa palabras técnicas pero en líneas generales es fácil de entender. Traumatismos masivos en cabeza, tórax y abdomen. Ésa parte era sencilla de suponer. El desgarro del pene es el inicio de la sorpresa. Hallado semen sobre el cuerpo, sobre su acompañante, en el salpicadero, en el asiento. Hallado el miembro en el suelo del vehículo con marcas de dientes correspondientes a la segunda víctima, M.E.P. Arrancado de cuajo de un mordisco, se horroriza Mónica, cerrada su mandíbula por la fuerza del impacto. Y entonces recuerda. Recuerda como siempre quiso hacerle sexo oral a su chico mientras conducía. Recuerda como él nunca se dejó, porque le daba miedo perder el control del coche. Y recuerda como al final ella siempre se salía con la suya.
    Mónica tiene en el cajón de su mesita de noche una pistola robada. El noventa y tres por ciento de las personas en circunstancias similares cometería suicidio.

Madrid, 01/02/2008


No intenté imitar a Chuck, entre otras cosas porque no puedo, pero sí que quise tomar algunos de los rasgos que más me impresionan de él. Un estilo a bocajarro. Algo de provocación fácil. Una historia que perturbe, para sostener la provocación. Mostrar partes poco amables de nosotros mismos. Una protagonista en busca de la verdad, que para su desgracia al final encuentra, y una serie de secundarios que se definen por su posición respecto a ésta, tanto los que mienten, por distintas razones, como el que paradójicamente resulta el único honesto. Alguna frase de las que sentencian. Y el acompañamiento constante de un contrapunto absurdo que intenté reforzara un poco el tema, en este caso las dichosas cifras y porcentajes, haciéndome eco de aquello que siempre creo que dijo Churchill aunque fuera Mark Twain, there are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics.

También se me colaron una lógica algo laxa y algún bloque de información torpemente confinado en su propio párrafo, para que se note, pero qué le vamos a hacer. ¡Seguimos trabajando en ello!

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