Sindiós martes, 2 de septiembre de 2008

Una idea antigua, que acabó siendo algo casi por completo distinto de su germen habitual, unida a un puñado de cosas que no tenían nada que ver con ella. Un argentino con complejo de Dios, una gótica tierna y una selección de lo que podéis encontrar en mi Ipod.




—Vaya bosta de discos que me ponés, rubia —solía protestar Dios, repantingado en mi cama, cada vez que sonaba un nuevo grupo por los altavoces de mi cuarto—, no sé cómo podés aguantar semejante bola de antiguallas.
—Green Day no son viejos, son clásicos —y si no era Green Day eran los White Stripes, o Kannon, el caso era dejar bien claro que su gusto en música era mejor que el mío—, y haz el favor de quitar las botas de encima de mi almohada.
Era un tipo extraño. Si le insistías lo bastante como para que accediese a hablarte, en el recreo del instituto, o en las mesas del fondo de la clase, se refería a sí mismo como Dios. Argentino tenía que ser. Para los demás, los pocos que le tratábamos, o sea, prácticamente los profesores, sus padres y yo, en realidad se llamaba Gerardo. Su familia emigró cuando la segunda crisis económica, y aunque llevaba un montón de años ya aquí, los bastantes como para que su acento y su vocabulario fueran una mezcla extraña e incoherente, jamás había hecho amigos. Era un manojo de angustia adolescente, envuelto en su largo abrigo negro para disimular unos kilos de más, una maraña de pelo enredado tapándole la cara y el acné y rímel en los ojos. Sus curiosas atribuciones teológicas tampoco le ayudaban a caer simpático, claro. Yo a mis quince años no es que fuera la imagen de la estabilidad emocional, y también era lo suficiente pintas como para haber cogido fama de rara y siniestra, pero a su lado parecía tan sociable como la jefa de las animadoras la semana antes de la elección de la reina del baile. Si esas cosas se hicieran fuera de las películas, quiero decir. Y, llevada por la ternura de encontrarme a alguien aún más marginado que yo, me tomé como proyecto personal el hacerme su amiga y trabajar en arrancarle un poco de su costra. Pronto quedó claro que era un proyecto a largo plazo.

Éramos compañeros desde principios de curso pero no me tomé la molestia de conocerle hasta una mañana aburrida en clase de Educación Sexual. Curioso cómo se puede coger la materia más interesante para un grupo de chavales hasta las orejas de hormonas y convertirla en la asignatura más soporífera de todo el año. Era la última hora antes del almuerzo y el grupo de graciosos de la tercera fila estaba demasiado aburrido y hambriento hasta para hacer chistes cerdos, como de costumbre. La profesora desgranaba pesadamente las características de la última pandemia del siglo XXI, el síndrome de Inactividad Cerebral Neonatal. Que el grupo de riesgo fueran los fetos durante el embarazo en lugar de gays, drogadictos o negros, y por lo tanto no se pudiera dudar de la inocencia de sus víctimas, le daba un halo de tragedia mediática que había llevado al Primer Mundo poco menos que a la histeria. A los países subdesarrollados supongo que les daría más igual, si algo sobraba allí eran niños que se muriesen.
—El cuadro sintomático es bastante uniforme en todos los casos. Las funciones corticales superiores, causantes de todos los movimientos voluntarios, de las capacidades intelectuales, etc. empiezan a desarrollarse normalmente durante el cuarto o el quinto mes del embarazo, donde el feto ya es capaz de cerrar los puños, agitarse si la madre está en una postura que le molesta, dar patadas, etc.
El tono de la profesora era tan tedioso como el tema para unos chavales que estaban a muchos años de pensar en tener niños y a los que solo les interesaba la forma de hacerlos. En la mesa que tenía a mi lado había murmullo, un par de empollones apuntaban en un folio cada vez que la maestra repetía una de sus coletillas y se jugaban los deberes de esa tarde a una de ellas. Parecía que el que apostaba por "etcétera" iba ganando.
-Como iba diciendo, Gutiérrez que le veo, en los niños afectados se detecta un subdesarrollo de las regiones cerebrales implicadas, principalmente la corteza prefrontal, que según sigue su crecimiento se traduce en una falta de actividad cerebral casi completa en todas las regiones, salvo las asociadas al sistema nervioso autónomo, tanto el subsistema simpático como el parasimpático. Por eso los niños no sufren disfunciones en sus capacidades vegetativas, como la respiración, la digestión, regulación de temperatura, etc., y son capaces de alcanzar satisfactoriamente el momento del parto. Sin embargo, y por eso la Inactividad Cerebral Neonatal es llamada a veces con el sobrenombre de síndrome de Nenuco, son incapaces de ningún otro tipo de actividad. No lloran, no se mueven y si los acuestan bocabajo morirán antes que intentar girarse. A todos los efectos son el equivalente de un paciente en estado de coma profundo y a pesar de todas las investigaciones al respecto, aún no se ha conseguido estimular a ninguno de los afectados.
Los niños de Primero ya corrían por el patio camino del comedor. Yo dibujaba calaveras sonrientes en el cuaderno, para que me ayudaran a matar el tiempo. Dentro del aula todos miraban con disimulo el reloj, capaces de golpear hasta a la muerte a aquel que se atreviera a hacer alguna pregunta y prolongar nuestra agonía unos minutos más.
—Los síntomas, efectivamente, están claros pero distamos mucho de poder decir lo mismo respecto a la causa. Al principio se especuló con un desorden de tipo genético, aunque fue rápidamente descartado dada la forma repentina en que se dieron los primeros casos registrados hace aproximadamente veinte años y el ritmo creciente de propagación, si podemos llamarlo así, con la cual sigue apareciendo. Un hecho realmente desconcertante es la capacidad de contagio transespecie, ya que actualmente se han detectado casos en toda clase de animales de cierto nivel de complejidad cerebral, principalmente mamíferos. Esto hace que sea necesario un catalizador de eficacia y capacidad de adaptación desconocidos hasta ahora. Los últimos estudios teorizan sobre la intervención de un vector infeccioso basado en priones, que son unos organismos que...
—No tenés ni idea, gil —rezongó Gerardo, sentado un par de mesas por delante de mí, en el mismo tono con el que yo me quitaba de encima al típico ligón que pretendía impresionarme con cuatro datos sobre los Clash que había mirado en la red diez minutos antes. O sea, como si él supiera algo que nadie más conocía. Y, qué puedo decir, mi curiosidad innata hizo el resto.

Al principio, cuando le abordé en los pasillos a la salida del almuerzo, no hacía más que mirar detrás de mí buscando a mis cómplices, los que se estarían partiendo el culo al verle tartamudear hablando con una chica mona. Cuando se convenció de que nadie nos estaba grabando para colgarlo por ahí y vio que nuestro paseo nos llevaba a las gradas de la cancha de baloncesto, en lugar de a un rincón solitario donde cuatro macarras pudieran estar esperando para pegarle una paliza, se relajó un poco. Tras media hora de forzar una charla trivial, más monólogo por mi parte que otra cosa, y dedicarle mis mejores sonrisas de inocente lolita en celo se decidió a contarme su historia.
—Al principio sólo estaba yo. Esa parte sí la habéis pillado bacán —me explicó observando atentamente mi reacción—. No sabría decir cuánto tiempo, ni creo que tenga sentido ese concepto, lo que seguro que no sé es cómo empezó todo ni por qué. Es difícil poner límites a las cosas si no existe ninguna aparte de vos. Así que para contrastar, creé el universo.
—Ajá —me moría de ganas de comentar que si lo hizo en siete días eso explicaba la chapuza pero me mordí la lengua. Una leche iba a quedarme sin el resto del relato por hacer un chiste a destiempo.
—El problema es que al principio era lindo, sí, pero predecible. Como un reloj de cuerda, ¿comprendés? Lo diseñás y lo ponés en marcha, os maravillás un tiempo de lo bien que funciona y se acabó. A partir de ahí es retedioso. Así que le di un poquito de caos de la mejor manera que se me ocurrió. O sea, sólo había algo que no podía pronosticar de antemano y ése era yo mismo. Así que hice la vida e hice que buscara siempre crecer y multiplicarse y le insuflé una minúscula porción de mi misma esencia. Eso le daba el libre albedrío que os hace tan especiales a mis ojos. La recagué, por supuesto.
Porque cada nuevo ser viviente se apoderaba de un pedacito de mí y eso no me preocupaba, me creía un pozo insondable. Y según os hicisteis más complejos necesitabais un poco más de espíritu pero me fascinabais demasiado para sopesar las consecuencias. Para cuando apareció el hombre, ¡oh, pucha!, me podría haber quedado viéndoos millones de años. Que es lo que hice. Regil de mí.
Hacíais tantas cosas. Civilizaciones subían y bajaban. ¡Descubrimientos de las leyes naturales, algunas buscadas por mí y otras en las que ni había reparado! Y el fútbol... qué decir del fútbol. Me quedé pasmado mientras crecíais y crecíais, y fuisteis millones y luego cientos de millones y miles de millones, todos escarbando en mi alma, robando vuestro pedazo de divinidad para colocároslo dentro del pecho. Para cuando me di cuenta de que yo no era infinito ya fue demasiado tarde. Las almas de los fallecidos volvían a mí con sus historias, pero nacéis muchos más que morís todos los días, el balance cada vez andaba más descompensado, más al carajo. Traté de evitar la transferencia pero erais muchos y mis facultades andaban ya muy mermadas. Era como espantar con las manos una plaga de langostas. Y empezaron a nacer los primeros de vosotros sin alma, porque no pudieron quitármela o porque simplemente en ese momento no había para ellos. Ésos son vuestros famosos bebitos Nenucos. Quise exterminaros con un meteorito o girando unos grados el eje de la Tierra pero no tuve las fuerzas suficientes para vencer la inercia de tanta vida, y sólo me quedó la huida para evitar la aniquilación. Así que escondí la mayor parte de mis potestades y conocimientos donde espero que no las habréis podido encontrar, no podrían caber todas en un cerebro de los vuestros, y me encarné en el siguiente niño que se estaba formando en el vientre de su mamá. Y aquí estoy. Entre vosotros. Con cuerpo de animal. Humillado por los que me lo deben todo.
Pero tengo un plan, ¿sabés? Pretendo laburar en una central nuclear, la más grande que haya, y apretaré el botón rojo y la haré reventar. Moriréis cientos de millones y absorberé todas vuestras almas y, antes de que me las volváis a robar, con ellas fundiré los polos o algo así y nos aniquilaré a todos. Ya me preocuparé de no repetir los mismos errores con lo próximo que cree.
—Es un plan horroroso —interrumpí al fin—. Dudo mucho de que pudiera morir tanta gente ni mucho menos y, además, estoy bastante segura de que se necesitan buenas notas para entrar en una universidad que tenga la carrera que sea que te deje trabajar de eso. Y no vas por buen camino, la verdad.

Creo que fue el hecho de que criticara su estrategia en vez de dudar de su fábula lo que hizo que aceptara mi compañía y, con el tiempo, la buscara incluso. Nos pasábamos horas en mi habitación escuchando rock de la época de mis padres, él tirado en cualquier sitio mientras yo ocupaba mi tiempo haciendo cualquier cosa, pintando unas cajas para guardar mis cosas o tejiendo unos patucos para el niño que iba a tener mi hermana. Y filosofábamos durante horas.
—¿Cuál es el sentido de la vida, Gerardo?
—¿La mía o la de vos?
—Me da igual, la tuya mismo.
—Ah, ni idea, linda. Nunca lo supe.
—¿Y la nuestra?
—Pues tener historias, vivir cosas y unirlas en relatos, y luego moriros y contármelos, a ver si así me ayudáis a comprender por qué existo yo.
—Eres un gilipollas, ¿de verdad me dices que sólo servimos para hacerte de teatrillo?
—Bueno —sonreía malicioso—, tampoco es que sirváis para hacer ninguna otra cosa bien.
—Tú tampoco eres tan perfecto. Podrías haber creado el color negro un poco más oscuro, que esas camisetas que llevas disimulan un poco que estás gordo, pero no lo suficiente.
Entonces es cuando él se enfurruñaba y se cruzaba de brazos mirando al techo. Pero no hacía ademán de irse. Sólo se callaba y esperaba a que yo volviera a hablarle, arrepentida.
—Gerard...
—¿Qué?
—Tu problema es que no tienes sentido del humor.
—Pucha que no —y con un chiste ya volvía a congraciarse conmigo—, ¿vos viste lo que hice con el ornitorrinco? Tu problema sin embargo, mina, es que vas de rebelde y luego no lo sos. ¿Qué hacés ahí tricotando?
—Ser rebelde consiste en protestar por lo que no te gusta, no por todo —respondí encogiéndome ligeramente de hombros—. A mí se me da bien esto, me hace mazo de ilusión tener un sobrinete y, además —sonreí mostrándole unas pequeñas botas de punto con ataúdes y murciélagos bordados—, ¿alguna vez habías visto algo tan mono?

Divertirnos en casa era una cosa. Sacarlo a la calle, sin embargo, me costaba bastante más esfuerzo. Pillé el truco para que dejara de remolonear cuando me di cuenta de que si le ofrecía compartir los auriculares de mi reproductor de música, un casco en su oído y el otro en el mío, eso nos obligaba a caminar tan juntos que nuestras caderas se rozaban de vez en cuando. Entonces fruncía el ceño, en gesto de concentración, y podía caminar en silencio durante horas, con los brazos cruzados. Y ya no protestaba ni aunque le pusiera a Billy Bragg. Era realmente entrañable.
—Se me ha ocurrido otra idea —me dijo la última vez que me acompañó al centro comercial, a mirar cosas para mi sobrino—, a ver qué te parece. Un virus de diseño. Propagado por el aire. Que mute constantemente. ¿Cómo lo ves?
—Lo veo factible pero caro —respondí—. Porque a alguien tendrás que contratar para que te lo haga. Y que esté tan zumbado como tú.
—Bah —movió la mano como apartando a un lado mis pegas—, siempre hay algún empollón deprimido por ahí porque la gente no le hace caso. En lo de la plata sigo trabajando, eso sí es verdad.
—¿Por qué lo haces?
—¿El qué?
—Lo de querer el exterminio. Porque también me matarías a mí —giré bruscamente mientras le obligaba a pararse, mirándole directamente a los ojos, segura de que le impresionaría mi mirada azul, de que estaría pensando en ese momento lo largas que eran mis pestañas—. ¿Serías capaz de matarme a mí también, Gerardo?
—Euh... esto... che... —se sonrojó mientras apartaba la vista, para mi satisfacción—, sabés que no me queda otro remedio. A saber qué pasaría si me muriese mientras tanto y vosotros siguieseis aquí, ni siquiera yo tengo idea. Pero no te debes preocupar, vos vendrías conmigo, te tendría dentro de mí para siempre, tu historia no se olvidaría jamás.
Satisfecha, dejé flotar la frase en la tensión del ambiente volviendo repentinamente mi atención hacia los escaparates y acercándome a mirar, como si no hubiera pasado nada.
—No entiendo por qué tenemos que hacer estas boludeces —resopló molesto lanzándome el auricular que llevaba—, que venga la gil de tu hermana a mirar cunitas, lerda.
—Sabes que no la dejan casi tiempo en su oficina, con todo lo que tiene que terminar antes de cogerse la baja, y mi cuñado sigue en Laussanne hasta dentro de dos semanas. Pero no te quejes, que no voy a hacer que nos acompañes a la clínica para las pruebas mañana.
Por el reflejo en el cristal pude ver claramente como la perspectiva de librarse de mi agobio por un día lo enfurruñaba aún más.

La siguiente vez que hablé con él yo no podía dejar de llorar. Le colgué el teléfono entre sollozos y le esperé temblando de rabia en un banco del parque mientras anochecía, agarrando un cigarrillo con las dos manos para que no se me cayera y la música a todo volumen para intentar no escuchar mis pensamientos.
Vino corriendo, la preocupación dibujada en su cara. En cuanto llegó se arrodilló enfrente de mí, con una mano en mi pierna y su frente tocando la mía, sin darse cuenta de lo íntimo de nuestra postura. Me quitó la música suavemente y preguntó en voz baja:
—¿Está todo bien?
Pero era obvio que no. Intenté decirle lo que pasaba pero no podía pronunciar palabra, sólo negar con la cabeza y llorar y sorber mocos y dejar que el rímel bajara por mis mejillas.
—¿Es la hermana? —insistió Gerardo— ¿Ha salido todo bien?
Un pellizco helado me agarró las tripas y en un solo movimiento me levanté del banco y me refugié en sus brazos, sollozando, tiritando, buscando consuelo. Su melena me cubría la cabeza y el olor a cuero y a humo de su gabardina me envolvía.
—Es mi sobrino —susurré protegida en su mundo, aislada del exterior por un instante—, han salido los tests... Es un Nenuco.
Se me quebró la voz pero no hacía falta decir nada más. Noté como el abrazo de Gerardo se hizo más fuerte, sus manos en mi espalda, su cabeza sobre la mía, protegiéndome.
-Oh, pobrecita mía —me consoló—, pobrecita... Lo siento tanto.
Los segundos pasaban con ritmo geológico, un momento caliente y húmedo detenido en el tiempo, nuestra postura inmóvil salvo por los sutiles ademanes con los que mi cuerpo se acoplaba aún más al suyo, ocupando cada recoveco entre nosotros, huyendo de lo que había fuera, frío, soledad y miseria.
Y entre dos latidos de mi corazón Gerardo se movió. Su respiración se aceleró, su mano se deslizó bajando lentamente por mi espalda y giró levemente sus caderas, dejándome sentir en mi cintura su erección palpitando apretada contra su muslo. Levanté la cara mirándole con la que debió de ser la expresión más desvalida del mundo y pude apreciar sus pupilas dilatadas, sus labios entreabiertos, la punta de su lengua descansando contra sus dientes. Su mano se movió aún más, abandonando la espalda para reposar en mi culo. Cerré los ojos mientras nuestras bocas se acercaban y pude sentir su aliento tibio mezclándose con el mío cuando susurró:
—Lo siento mucho, es todo culpa mía.
—¿Qué?
—Es culpa mía, nunca quise que pasara esto, lo arreglaré cuando vuelva a ser Dios...
—¡Vete a la mierda! -estallé apartándole de un empujón— ¡Vete a la puta mierda!
Gerardo me miró confundido, ni siquiera se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Pero eso sólo logró enfurecerme aún más.
—¿No puedes dejar tus gilipolleces ni por un momento? —le seguí gritando con todas mis fuerzas sin importarme quién nos pudiera escuchar— Creía que eras distinto pero no... Eres como todos. Chorradas en la cabeza, mentiras estúpidas en la boca y la polla siempre tiesa. No es momento para seguir haciéndote el importante y compensar tus complejos, hostia, vamos a matar a un niño, ¿no lo ves? No es momento, hostia...
—Pero, rubia, yo no quería... —intentó disculparse, rozándome el hombro con sus dedos, sin atreverse a acercarse más— Si me escuchás...
—No quiero volver a escucharte nunca —siseé entre dientes apartándole de un manotazo y dándole la espalda para irme y no volver a verle más—, ni te atrevas a intentarlo...

Lo que pasó entonces lo sentisteis todos, aunque nadie sepa qué fue exactamente. Nadie salvo yo. Gerardo se fue en silencio y yo seguí llorando de vuelta a casa, la pena por lo ocurrido con mi hermana mezclada con la ira que sentía hacia él, la decepción que me había causado, el enfado por mi propia estupidez, por haber llegado a eso con la persona que más se preocupaba por mí en el mundo. Apenas había entrado al portal cuando lo sentí en mis tripas, como si me arrancaran lo que tengo dentro y me llenaran de agua helada, todo el calor huyendo de mi cuerpo, dándome cuenta de repente de que estaba sola, siempre sola, de que siempre lo estaría, aunque me rodease de gente, que moriría sola. Y supe qué es lo que estaba pasando antes de que llegara el día siguiente, las llamadas, los rumores en el instituto, las preguntas en comisaría. Supe que Gerardo se había matado, que lo encontraría alguien desnudo en la bañera, el agua roja de tanta sangre, las venas de las muñecas cortadas a lo largo, no a lo ancho, “bajando la calle, no cruzando el paso de cebra”, como habíamos dicho en broma tantas veces antes.

Dios se mató porque no quise follármelo.

No es mi culpa y jamás lo sentiré así. Fue él el estúpido, fue él el que no comprendió, el que fue torpe y no soportó mi reacción, no pudo vivir con mi rechazo ni siquiera una tarde, hasta que volviera a llamarle. Puto niñato emo. Supongo que con esto se confirman mis sospechas de que vivíamos en un universo machista, pobrecillo. Vosotros echaréis de menos ese trozo de vuestra alma que no sabíais ni que existía hasta que os faltó, la parte que os unía a los demás, que os hacía tener ganas de inventar fantasías, de crear cosas bonitas, que os permitía tener empatía por quién teníais al lado, sentiros felices, amar a los demás. Esa parte que murió con Dios, que nos seguía uniendo a todos, que os ha dejado vacíos, apáticos, que ha convertido vuestra vida en simple supervivencia insulsa. Pero yo echaré de menos también a ese tipo estúpido y malhumorado con ese acento tan horrible que hizo una tontería sin llegar a saber jamás lo mucho que le quería.
La sociedad ha tropezado pero aún no ha caído. Muchos padres han abandonado a sus hijos, muchas parejas han dejado de verse sin decirse siquiera adiós, los hospitales y las iglesias están vacíos, millones de personas han muerto de hambre en sus camas por no encontrar una razón para levantarse de ellas por la mañana. Pero algunos sobrevivimos. Las radios están calladas, nadie ha sido capaz de volver a cantar desde que Dios murió. Pero yo no me rindo. Nos hemos quedado sin metas, sin sentido para nuestras vidas, vagamos sin rumbo. Pero es sólo cuestión de encontrar un nuevo destino. No hace falta que nos lo imponga un ser superior, podemos hacerlo crecer desde dentro de nosotros. Somos adultos. Y yo tengo mi música y no dejaré de escucharla hasta que sea capaz de crear algo nuevo yo también, de tararear un nuevo tema, de ayudar a volver a sentirnos humanos. Y, como chilla Sid Vicious en mis auriculares, lo haré a mi manera.


Madrid, 29/02/2008




¿Hubiéseis preferido la versión donde, simplemente, todo era mentira? ¿Os gusta ese rollo novela rosa de la erección en el muslo? ¿No son los calcetines de calaveritas la cosa más mona del mundo?

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